Hugo Solano C.. 17 octubre, 2016

Unos ocho kilómetros al norte de la entrada al volcán Irazú, en San Gerardo Norte de Santa Rosa, Oreamuno, el volcán Turrialba se ve majestuoso y sus erupciones son vigorosas.

Turistas como la húngara Mirce Andra dijo que llegó a nuestro país atraída por el volcán y calificó como maravilloso el espectáculo que vio el jueves pasado, cuando participó en una excursión al Irazú, sin imaginar que cerca de la entrada a ese parque nacional vería el Turrialba en erupción.

Lo que para ella era fascinante tenía otro significado para Lucrecia Méndez Morales, quien vive con su esposo en la finca lechera Villa Argentina.

Ella nació en esa región y el jueves estaba en su trabajo limpiando el establo techado donde las vacas comían pacas de heno.

Esta madre de tres jóvenes explicó que ella y su marido empiezan la jornada laboral a la medianoche, cuando se levantan y se dirigen a ordeñar vacas con otros peones.

Dice que es tanta la ceniza que ha caído en los últimos días que pasan con los ojos irritados, y picazón de garganta y de nariz.

Ella y su esposo tienen 13 años de laborar en esa lechería; antes lo hacían en fincas cercanas.

Explicó que en su casa optaron por no barrer, porque la ceniza se levantaba por todo lado, y más bien lavan con agua los pisos.

“Mantengo todo tapado, porque las cosas se llenan de ceniza. Hay que estar sacudiendo hasta las cobijas, porque se mete por cualquier rendija”, añadió.

La ropa que lava la tiende dentro de la casa y, aunque dura más en secarse, es la única manera de librarse de ese material.

Todo huele a ceniza y hasta la comida les sabe a eso.

Las erupciones ocurren en horarios variados, a veces a la 1 a. m., cuando están ordeñando vacas, y otras veces cae ceniza todo el día.

“Los palos y la montaña se ven grises. Se siente raro; las vacas se llenan de ceniza”.

Su esperanza es que la actividad del volcán no pase a más.

A sus 44 años, dice que no conoce San José, al igual que muchos de quienes viven en ese poblado de unas 200 personas.

Una vez al mes salen del pueblo a realizar compras y lo hacen en Cot o en Cartago.

Con ella coincide Eliécer Sánchez, encargado de la finca vecina, llamada Villa Emilia. Dice que cada vez que el volcán hace erupción, algo cae ahí.

“A veces, me levanto en la madrugada y ya ha caído”.

La lluvia los favorece. La tarde del miércoles, el aguacero fue providencial, porque las precipitaciones lavaron a fondo el zacate.

Cuando las lluvias son débiles, más bien se forma una masa de ceniza en el pasto que las vacas no pueden comer, explicó.

Los días en que no llueve, los peones tienen que soplar con máquinas el zacate para disipar la ceniza. Desde que el volcán entró en erupción, esas máquinas también se usan en los cultivos de papa, higos, chiverres y otros.

Roberto Gómez, de la finca San Gerardo, dijo que ellos están a merced del viento, de su dirección e intensidad. “A veces, las ráfagas lanzan el material volcánico a San Juan de Chicuá; otras veces, a San Gerardo, y en ocasiones, cambia de dirección varias veces durante el día”.

Nuevos hábitos. Para él, las erupciones cambiaron la dinámica de trabajo en las fincas.

Unos fosos donde toma agua el ganado, fueron lo primero que techaron para que no caiga ceniza.

Desde principio de este año, ya en todas las fincas saben que los controles veterinarios deben ser más estrictos con el ganado, en su mayoría jersey, propio de los hatos de esa región.

Los trabajadores lavan regularmente los ojos, nariz y lomo al ganado, como les recomendaron los técnicos del Servicio Nacional de Salud Animal (Senasa ).

El año pasado, en la finca San Gerardo murieron unos seis animales. A una de las reses se le encontró en la autopsia exceso de ingesta de ceniza.

Los finqueros Roberto y Adrián Gómez,este último de la finca El Roble, reforzaron la alimentación del ganado con suplementos con forrajes probióticos y aditamentos, para evitar más muertes.

Todos esos insumos, que antes no debían darle al ganado, encarecen la actividad.

También les aqueja la zozobra de no saber cómo va a evolucionar la actividad del volcán y hasta dónde les será llevadero seguir con sus actividades.

Coinciden en que la producción de leche ha caído en un 25%.

En dos de esas fincas dan empleo a unas 55 personas que viven en los alrededores. El único camino que conduce a dichas fincas se ha visto socavado en muchos tramos por las lluvias y, aunque los peones hacen canales a los lados con palas y tractores para que el agua corra, la calle posee tramos casi intransitables.

A tales fincas entran los camiones de empresas a recoger leche,y otros a dejar pacas de heno y suministros veterinarios.

La Muncipalidad de Oreamuno y la Comisión Nacional de Emergencias (CNE) ayudaron, tiempo atrás, a reparar el camino, pero las lluvias han dañado ciertos tramos. Los lugareños piden aplicar asfalto en algunas cuestas y en curvas con forma de codo que están muy dañadas.

“Los peones le dan cierto mantenimiento, pero urge el asfalto”, dijo el finquero Adrián Gómez.

Añadió que, por el mal estado del camino, el acarreo de materiales les resulta costosísimo. “A veces, sale más caro el flete que las pacas”, explicó.

Control veterinario. Yamil Ramírez, veterinario, examinaba el jueves a varias reses en la finca San Gerardo.

Explicó que en la zona hay cinco lecherías con más de 630 cabezas de ganado, las cuales atienden con más regularidad desde que comenzó a caer ceniza.

Sobre la muerte de ganado el año pasado, dijo que se debió a la ingesta de ceniza.

En la finca El Roble, de Adrián Gómez, los animales han sufrido trastornos como renqueras, dificultades de digestión y algunas vacas preñadas no desarrollan y reabsorben el feto.

“Todo eso es caro, hay que darle atención a cada res y eso eleva los costos; se les deben limpiar los ojos para evitar que queden ciegas y el hocico, para que la ceniza no se lo queme y puedan comer.

Según dijo, la vaca come con dos fines: para mantenerse a sí misma y producir leche, por lo que, si consume poco, usa la energía para sobrevivir y baja el rendimiento lechero.

Hojas cubiertas. En cuanto a los cultivos de papa, que son los que prevalecen en la zona, la ceniza tapa las hojas de las plantas, y como estas se desarrollan con la luz del día, el proceso de fotosíntesis se detiene, se marchitan, baja el crecimiento del tubérculo y hay menor rendimiento.

Si llueve mientras cae ceniza, se forma la lluvia ácida, que quema los cultivos y los daña.

En los sembradíos de higos, la ceniza provoca la caída de hojas en los arbustos, lo que incide en una baja en el rendimiento. “Al no haber hojas, no se completa el ciclo y no nacen los higos”, dijo Gómez, quien vende ese producto para postres en Cartago.

Este año cayó a la mitad la producción en los 700 árboles de higo que tiene. También mermó la producción de chiverre.