
Hablar de segundas oportunidades no siempre es cómodo. Muchas veces implica aceptar errores, asumir culpas y mirar de frente decisiones del pasado. No todas las historias de transformación nacen desde la fortaleza; algunas, como la de Karina Fischel, surgen desde la fractura más profunda.
Hoy, Karina es una mujer admirada por su trabajo como mentora, conferencista y promotora del bienestar integral. Acompaña a otras mujeres en procesos de autoconocimiento, empoderamiento y sanación emocional. Sin embargo, detrás de esa versión consciente y segura existe una historia marcada por el dolor y la reconstrucción.
Una infidelidad provocó el quiebre de su familia, un divorcio, la pérdida de su estabilidad emocional y el derrumbe de su imagen. Fue un punto de inflexión que la obligó a detenerse, a interiorizar y buscar respuestas desde su infancia, a cuestionarse y a iniciar un proceso profundo de sanación. Lejos de esconder esa etapa, Karina decidió atravesarla con honestidad, comprender sus heridas y transformar esa experiencia en una oportunidad de crecimiento.
En esta entrevista, Karina habla sin máscaras sobre el error, la culpa, el proceso de autoconocimiento, el perdón, la reconstrucción, el éxito y la nueva Karina. Su testimonio no busca justificar, sino mostrar que incluso desde los momentos más oscuros es posible resignificar la vida y volver a empezar.
El quiebre que lo cambió todo

¿En qué momento siente que su vida se rompe tal y como la conocía?
Siento que mi vida se rompe en el momento en que dejo de reconocerme a mí misma. La infidelidad fue el detonante, pero el verdadero quiebre fue interno. Ahí me di cuenta de que llevaba mucho tiempo desconectada de quién era, de lo que sentía y de lo que necesitaba.
Cuando todo sale a la luz, no solo pierdo a mi pareja, también pierdo la estructura que sostenía mi vida: mi familia, mi rutina, mis certezas. Me quedé sola con mis decisiones y con una culpa que pesaba muchísimo. Todos me juzgaban, le había dado vuelva a mi esposo y eso desde cualquier punto de vista era terrible.
¿Cómo vivió emocionalmente ese momento de pérdida y señalamiento?
Fue una etapa muy dura. La culpa era hacia mí misma. Me juzgaba constantemente y sentía que había fallado como mujer, como madre y como persona.
Además, está el juicio externo, que duele, pero el juicio interno es todavía más cruel. Me costaba levantarme, mirarme al espejo y aceptar en quién me había convertido. Vivía con una sensación constante de vacío y vergüenza.
Tocando fondo: cuando el cuerpo y el alma colapsan

¿Hubo un momento en el que sintió que había tocado fondo emocionalmente?
Sí, absolutamente. Hubo un momento en el que mi cuerpo empezó a reflejar todo lo que yo estaba callando. Dejé de reconocerme. Me veía al espejo y no sabía quién era esa mujer.
Yo siempre había sido una persona activa, amaba el ejercicio, era una mamá presente, con energía. De pronto estaba apagada, descuidada, sin ganas de nada. Mi cuerpo estaba cansado, mi mente saturada y mi alma completamente vacía. Ese fue mi fondo.
Había días en los que no salía de la casa, en los que todo me pesaba. Me sentía derrotada, sin rumbo, con una sensación constante de fracaso. No era solo tristeza, era una desconexión profunda conmigo misma.
Ese fondo fue doloroso, pero también fue honesto. Fue el momento en el que entendí que ya no podía seguir fingiendo fortaleza, que necesitaba ayuda y que no podía seguir huyendo de mí.
La vergüenza y el juicio: cargar con una etiqueta

¿Cómo se vive la vergüenza y el juicio, tanto externo como interno, después de una situación tan expuesta?
La vergüenza fue una de las cargas más pesadas. No solo por lo que otros podían pensar, sino por lo que yo pensaba de mí misma. Me sentía señalada, pero sobre todo me sentía indigna.
Había una voz interna que me repetía constantemente que había fallado como mujer, como madre, como persona. Me juzgaba con una dureza brutal. El juicio externo duele, pero el interno destruye.
Me aislé mucho. Sentía que no merecía comprensión ni acompañamiento, que tenía que cargar sola con las consecuencias. El silencio se volvió mi refugio, pero también mi cárcel.
Con el tiempo entendí que la vergüenza se alimenta del silencio. Cuando una se atreve a hablar, a decir “me equivoqué” y “me duele”, la vergüenza empieza a perder poder. Pero llegar ahí toma tiempo, mucha valentía y mucha compasión.
El inicio del autoconocimiento

¿Cuándo decide dejar de huir del dolor y empezar a mirarlo de frente?
Llega un punto en el que el dolor se vuelve tan intenso que ya no se puede ignorar. Entendí que seguir huyendo solo me estaba destruyendo más.
Ese fue el momento en que decidí pedir ayuda y empezar un proceso de autoconocimiento. Fue incómodo, confrontativo y profundamente revelador. Tuve que hacerme preguntas que nunca antes me había hecho y aceptar respuestas que no siempre me gustaron.
¿Qué descubrió en este momento?
Descubrí a una niña herida por una situación que se dio con una maestra cuando estaba en quinto grado, vi a una Karina niña muy herida. En ese momento no comprendía las razones por las que esa maestra me sacó de una obra de teatro que era mi sueño y me puso a servir frescos, mi sueño era actuar y ella no solo no me permitió participar sino que rompió un sueño de forma cruel.
¿Qué aprendió durante ese proceso de sanación personal?
Aprendí que sanar no es un camino recto ni rápido. Hay días de claridad y otros de retroceso. Entendí que debía tener paciencia conmigo misma y dejar de exigirme “estar bien” todo el tiempo.
También aprendí a responsabilizarme de mis acciones sin castigarme eternamente por ellas. Asumir responsabilidad no es lo mismo que vivir en culpa. Ese fue uno de los aprendizajes más importantes.
Yo estuve internada por cuatro meses en una clínica para recuperar mi estabilidad emocional, ahí, aislada de todo y de todos, me encontré con mis heridas, comprendí que el rechazo que recibí cuando estaba en quinto grado de la escuela había hecho una grieta en mi alma y que necesitaba sanarla.
El perdón propio: el paso más difícil

¿Cómo fue el proceso de perdonarse?
Fue el proceso más largo y más duro de todos. Yo podía entender racionalmente muchas cosas, pero emocionalmente me castigaba sin piedad. Sentía que no merecía perdón.
Durante mucho tiempo creí que cargar con la culpa era parte de asumir la responsabilidad. Hasta que entendí que vivir castigándome no reparaba nada, solo me mantenía atrapada en el dolor.
El perdón propio llegó cuando empecé a mirarme con más humanidad. Cuando entendí que me equivoqué, sí, pero que eso no definía toda mi historia ni todo mi valor como persona.
Perdonarme no fue justificarme, fue aceptar lo que pasó, aprender de ello y decidir no volver a actuar desde el mismo lugar.
Cuando logré mirarme con más compasión, pude abrirme al perdón mutuo. Entendí que todos actuamos desde nuestras heridas y carencias. Eso no justifica, pero sí explica y permite sanar.
¿Cómo fue el proceso de volver a construir su familia después de la ruptura?
Fue un proceso lento y consciente. Nada se dio por sentado. Hubo conversaciones difíciles, silencios incómodos y momentos de mucha vulnerabilidad.
Aprendimos a comunicarnos de otra manera, a escucharnos sin defensas y a reconstruir la confianza desde hechos, no solo desde palabras. Fue un trabajo constante, pero profundamente transformador para todos.

Recuerdo, y no puedo evitar llorar, cuando mi hijo menor llegó a verme a la clínica y me abrazó… un abrazo que no olvido. Antes de eso, mis tres hijos habían tomado la decisión de alejarse de mí, vivían con su papá y no querían saber de mí, ese fue un dolor tan grande que ahora no tengo idea de cómo lo soporté. Tiempo después de la visita de mi hijo menor, llegó el del medio y el mayor, ahí cuando los vi nuevamente después de 2 anos y 4 meses de no saber de ellos, sentí que mi corazón empezaba a latir de nuevo. Por ellos quería sanarme, salir adelante.
¿Qué papel tuvo la fe y la espiritualidad durante este proceso de reconstrucción personal?
La espiritualidad fue mi único sostén cuando sentía que ya no quedaba nada dentro de mí. No hablo de una fe bonita o cómoda, hablo de una fe que aparece cuando uno está completamente roto, cuando ya no hay fuerza, ni control, ni respuestas.
Yo venía muy mal emocionalmente. Me sentía vacía, perdida, desconectada de todo lo que alguna vez me dio sentido. Hubo días en los que literalmente no podía levantarme de la cama, no quería ver a nadie, no tenía energía ni para pensar. En ese estado, la espiritualidad no fue una elección consciente; fue una rendición.
Recuerdo claramente un día en el que me tiré al piso de mi casa. Llevaba semanas sin salir, sin responder mensajes, sin hablar con casi nadie. Ahí no estaba pidiendo soluciones, estaba pidiendo sostén. Fue un momento de quiebre total. Sentí que Dios me tocó, no desde el juicio ni desde el castigo, sino desde una presencia que me decía: “aquí estoy, aunque usted no se sostenga”.
Esa experiencia no me quitó el dolor, pero me permitió atravesarlo sin sentirme sola. La fe me dio la fuerza que yo no tenía para empezar, poco a poco, a reconstruirme.
¿Cómo se reconstruye un vínculo después de una ruptura tan profunda?
Con mucha paciencia y mucha verdad. Entendimos que el amor no podía sostenerse solo desde la emoción. Necesitábamos comunicación real, compromiso y acciones coherentes. Aprendimos a hablarnos distinto, a escucharnos sin defendernos y a reconstruir la confianza poco a poco.
Hoy el vínculo es más consciente. No perfecto, pero sí honesto. Se sostiene desde la elección diaria, no desde la costumbre.

¿Por qué cree que la culpa pesa tanto en las mujeres?
Porque socialmente se nos exige perfección. Ser buenas madres, buenas parejas, buenas profesionales, buenas hijas. Cuando fallamos en algo, la culpa es devastadora.
Nos juzgamos con una dureza que no aplicamos a otros. Por eso es tan importante trabajar la compasión y entender que nadie es solo su peor error.
¿Cómo se acerca finalmente a su esposo?
Franco es un ser humano extraordinario; después del tema de la infidelidad, él obviamente se aleja de mí, nos divorciamos y yo no logro saber nada de él por mucho tiempo, sin embargo, luego de mi proceso yo lo busco, no pensando en volver a construir la relación, era más bien buscando un perdón, él claramente no quería ni escuchar mi nombre.
Teníamos una relación de papás de los chicos, las cosas poquito a poco se fueron dando, cuando eso sucedió yo ya era otra mujer, fue un acercamiento muy orgánico.
Nos conocíamos prácticamente de toda la vida, él me había pedido que fuéramos novios estando en la escuela, es decir nos conocemos desde niños, era como volver a mi lugar seguro, un lugar que amaba y de donde nunca debí salir.
La nueva Karina

¿Quién es la Karina que emerge después de todo este proceso?
Sin duda una mujer mucho más consciente, honesta conmigo misma y alineada con mis valores. Ya no busco validación externa como antes.
Aprendí a poner límites, a escuchar mi intuición y a entender que el amor propio no es egoísmo, sino responsabilidad emocional. Esa nueva versión nace del dolor, pero también de una decisión firme de crecer.
¿Cómo se transforma su historia personal en una vocación profesional como coach?
Mi historia se convirtió en propósito cuando entendí que no era solo mía. Muchas mujeres viven procesos similares, llenos de culpa, miedo y silencio.
Decidí formarme, prepararme y acompañar a otras personas desde un lugar auténtico, no desde la teoría, sino desde la experiencia vivida y sanada. Hoy mi trabajo tiene sentido porque nace de un proceso real, de la experiencia, del error y de la sanación. Me preparé muchísimo, estudié del tema, saqué una maestría, recibí capacitaciones, me certifiqué, fue un proceso de mucho aprendizaje.
Acompañar a otras mujeres es también una forma de honrar mi propio proceso.
¿Qué le diría a una mujer que hoy se siente perdida, culpable o rota?
Le diría que no es el final, aunque así lo sienta. Que el dolor no la define y que siempre existe la posibilidad de resignificar la historia.
Buscar ayuda no es debilidad, es valentía. Y mirarse de frente, con honestidad y compasión, puede convertirse en el primer paso hacia una vida más consciente y plena.
Les diría que no están solas y que el dolor no es el final de la historia. Incluso desde los momentos más oscuros es posible resignificar la vida.
Franco y yo nos volvemos a casar, yo recupero a mi familia pero de una forma diferente, ahora para mí todo es distinto, valoro mucho que los cinco estemos en la mesa, valoro un beso, un abrazo, soy una nueva mujer y amo la familia que hoy tengo.
Franco A. Pacheco: “perdonar no es olvidar, es elegir volver a construir”

Asumir la paternidad en soledad, sostener a los hijos en medio del quiebre familiar y decidir, años después, abrirle la puerta al perdón. Desde una mirada honesta y sin heroicidades, Franco A. Pacheco habla de las segundas oportunidades, del dolor profundo y del valor de reencontrarse cuando hay verdadero arrepentimiento.
Hablar de segundas oportunidades suele romantizarse. Se habla de perdón como un acto casi automático, de reencuentros como finales felices y de resiliencia como una virtud innata. Sin embargo, cuando se escucha la historia de Franco A. Pacheco, esposo de Karina Fischel, esa narrativa se desarma para dar paso a una versión mucho más cruda, humana y compleja: la del hombre que tuvo que sostener a sus hijos en medio del caos, asumir un rol que no esperaba y tomar decisiones difíciles sin garantía de recompensa.
Cuando todo se rompe y no hay tiempo para caer
El quiebre familiar llegó de forma abrupta. La infidelidad de Karina Fischel no solo rompió la relación de pareja, sino que detonó un proceso mucho más profundo: el desmoronamiento emocional de ella y la fractura del núcleo familiar. En ese contexto, Franco se encontró de pronto en un lugar inesperado.
Él era un empresario que sabía ser padre pero la que se encargaba mucho del día a día de los chicos era Karina Fischel.
Los hijos —de 10, 12 y 14 años— tomaron una decisión contundente: no querían vivir con su madre. No fue una reacción impulsiva ni inducida por el padre; fue, como luego entendería Franco con ayuda profesional, un mecanismo de defensa. Los niños no podían sostener la imagen de una madre profundamente distinta a la que conocían, errática, ausente y emocionalmente inestable.
“Mientras Karina atravesaba su crisis, yo tuve que asumir la crianza completa. Pasé de ser el proveedor a convertirme en madre y padre a la vez, en edades particularmente complejas. Reuniones escolares, tareas, permisos, graduaciones, adolescencias en ebullición. Todo mientras procesaba mi propio dolor. No había espacio para el colapso. Había que sostener”, recuerda Franco A. Pacheco.

La paternidad en soledad y el miedo a fallar
El empresario recuerda esa etapa como intensa, agotadora y profundamente amorosa. El estrés no venía solo del volumen de responsabilidades, sino del miedo constante a no hacerlo bien. A que la herida familiar marcara de forma irreversible a sus hijos.
La figura materna había sido siempre fuerte y presente, y de pronto esa ausencia pesaba. Él tuvo que ocupar un rol que no conocía del todo, aprender sobre la marcha y hacerlo sin resentimiento, porque sabía que los hijos necesitaban estabilidad, no reproches.
La decisión de los hijos fue firme y progresiva. No se fueron los tres al mismo tiempo. Fueron y vinieron, hasta que entendieron que necesitaban un lugar fijo, una rutina clara y un espacio seguro. Cuando finalmente decidieron vivir con su padre de manera definitiva, la realidad legal se impuso con toda su dureza.
El sistema, el juzgado y una Navidad rota
“Recuerdo un 21 de diciembre, tuve que llevar a los chicos al juzgado para que declararan ante un juez que querían vivir conmigo de forma voluntaria, que no los había secuestrado. Era Navidad. Eran niños. Y era una escena que ningún padre quiere atravesar”, recuerda Franco A. Pacheco.
El proceso fue profesional, pero emocionalmente devastador. Entrevistas individuales, horas de espera, decisiones que no corresponden a la infancia. Ese mismo día, Karina presentó una denuncia por secuestro. Franco tuvo incluso una orden de captura activa.
La paradoja era brutal: mientras él sostenía legalmente y emocionalmente a sus hijos, debía defenderse de acusaciones que nacían del mismo desorden emocional que había intentado contener.

El silencio como forma de protección
Después del divorcio, Franco tomó una decisión radical: cortar toda comunicación con Karina. No desde el rencor, sino desde la protección. Durante dos años no supo nada de ella. La única interacción era un mensaje frío y escueto cuando salía del país con los hijos, tal como lo exigía la custodia.
Cada intento de conversación abría una herida, un portillo que amenazaba con desestabilizar lo poco que ya estaba en pie. El silencio se volvió una barrera necesaria.
El día que ella volvió… y no era la misma
“Cuando Karina apareció un día en mi oficina, la vi y la verdad no sentí compasión inmediata. Sentí cansancio, pereza, incluso enojo. La vi demacrada, frágil, muy lejos de la mujer que había sido”, recordó Franco.
Ella lloró, habló de infelicidad, pidió ayuda para recuperar a sus hijos. Él fue claro, incluso duro. Le recordó que ella misma había pedido que no se involucrara, que era su proceso con los hijos. Y entonces, dijo algo que cambiaría el rumbo de la historia: le habló de adicción.
No como acusación, sino como diagnóstico. De una conducta autodestructiva, de un escape que no resolvía el vacío existencial que ella arrastraba desde antes. Ese día no hubo reconciliación, pero sí un quiebre interno.
El respeto por quien toca fondo
Días después, Karina tomó la decisión de internarse. Reconoció que estaba mal. Que había tocado fondo. Y ahí, recién ahí, Franco sintió compasión.
No una compasión ingenua, sino un respeto profundo por quien se atreve a mirarse sin excusas. Franco, que se reconoce a sí mismo como una persona con una personalidad altamente adictiva, entiende el valor inmenso de aceptar ayuda.
Para él, ese fue el verdadero punto de inflexión. No las palabras, no las promesas, sino la acción concreta de buscar sanación.
El arrepentimiento real y la reconstrucción
Con el tiempo, Franco empezó a ver una Karina distinta. Más consciente, más presente, más fuerte. No una versión maquillada, sino una transformación real.

El reencuentro no fue inmediato ni público. Empezaron a verse en silencio, con cautela. El pasado pesaba, pero el presente mostraba coherencia. Para Franco, el arrepentimiento verdadero se reconoce en los cambios sostenidos, no en los discursos.
Hoy habla de Karina con orgullo. La reconoce como una mejor persona, una mujer más valiosa, más sólida que antes. Y no desde la idealización, sino desde la experiencia compartida.
Perdonar no borra el dolor, pero libera
“Creo en el perdón como una decisión consciente. Como una forma de liberarse del resentimiento y de permitir que algo nuevo nazca.
Si nuestra historia sirve para ayudar a otras personas, considero que todo lo vivido habrá valido la pena. Al principio dudé de exponerla públicamente, pero entendí que visibilizar estos procesos también puede sanar a otros”, dice el ahora esposo de Karina.
Porque las segundas oportunidades no son actos mágicos. Son elecciones difíciles, sostenidas en el tiempo, que solo funcionan cuando hay responsabilidad, conciencia y verdad.
