
Cuidar a una persona adulta mayor suele asumirse como un acto natural, casi automático. Pero en la práctica, es una de las responsabilidades más exigentes —física y emocionalmente— que puede asumir una familia. Y, muchas veces, recae en una sola persona.
En Costa Rica, esa realidad tiene rostro femenino: el 76,1% de las personas cuidadoras son mujeres, según la Encuesta Nacional de Cuidados del INEC.
Detrás de esa cifra hay historias silenciosas de cansancio acumulado, rutinas que no se detienen y una idea profundamente instalada: que cuidar bien implica hacerlo todo, sin quejarse y sin pedir ayuda.
Pero esa lógica, lejos de sostener, desgasta.
El desgaste que no siempre se ve
El llamado “síndrome del cuidador quemado” no aparece de un día para otro. Se construye con el tiempo: en el agotamiento constante, la irritabilidad, la dificultad para dormir o la sensación de no tener un momento propio.
Cuando el cuidado se concentra en una sola persona, el impacto no es solo físico. También afecta la salud emocional y, con ello, la calidad de atención que recibe el adulto mayor.
“Debemos entender que cuidar a quien nos cuidó no tiene por qué ser una labor solitaria ni de sacrificio total. Pedir apoyo no es fallar, es asegurar que el adulto mayor reciba la mejor versión de nosotros”. Verónica Monestel, directora de Bello Horizonte Centro de Salud.
La carga invisible del “yo puedo con todo”
En muchas familias, pedir ayuda se siente incómodo. Como si fuera una señal de debilidad o falta de compromiso.
Sin embargo, el aislamiento en el cuido aumenta el estrés y eleva los niveles de cortisol, lo que puede derivar en problemas emocionales como ansiedad o depresión.
Repartir la responsabilidad no solo alivia la carga. También enriquece la experiencia del adulto mayor, que puede relacionarse con más miembros de su entorno y mantener una vida social más activa.
Cuidar mejor también implica dejar de hacerlo en soledad.

Cómo repartir la carga sin culpa
Más que buena intención, el equilibrio requiere acuerdos claros. Estas son algunas acciones concretas que pueden hacer la diferencia:
Definir responsabilidades. Desde citas médicas hasta rutinas diarias, todo debe organizarse y distribuirse.
Entender que no todos aportan de la misma forma. Quien no puede asumir el cuido directo puede encargarse de compras, trámites o apoyo económico.
Establecer tiempos de descanso reales. El cuidador principal necesita días libres completos. No negociables.
Buscar apoyo externo cuando sea necesario. Centros diurnos, personal de asistencia o residencias pueden convertirse en aliados para sostener el proceso a largo plazo.
El derecho a descansar
Hay una idea que vale la pena sostener: descansar no es un lujo, es parte del cuidado. Cuando quien cuida tiene espacio para recuperarse, el vínculo se vuelve más paciente, más humano, más sostenible.
“El derecho a descansar permite que el cuidador recupere su identidad y regrese con energía renovada para ofrecer un trato digno”, señala Monestel.
Y quizás ahí está el cambio de mirada que muchas familias necesitan hacer: No se trata de poder con todo. Se trata de cuidar bien, en conjunto y en el tiempo.
