
Los fines de semana, la ruta que atraviesa San Ramón de La Unión cambia de ritmo.
Desde temprano, empiezan a pasar ciclistas. Algunos van en grupo, otros solos. Suben con constancia, con esa mezcla de esfuerzo y costumbre que tienen quienes repiten un trayecto muchas veces. También hay caminantes. Gente que conoce el camino y gente que apenas lo está descubriendo. Casi todos van hacia el mismo punto de referencia: El Pizote.
En medio de ese trayecto, casi sin aviso, aparece un lugar donde muchos terminan deteniéndose.
No es grande. No tiene pretensiones de destino turístico. Está frente a la Guardia Rural, en una calle principal que no suele figurar en rutas gastronómicas. Y, sin embargo, ahí ocurre algo.

Cafetearte el Cuyeo no nació para ser lo que es hoy. Tal vez por eso se siente distinto.
Antes del café
El espacio tiene una historia que no empieza con tazas ni métodos.
Hace más de 25 años, el local fue construido con otra intención: dar clases de arte. La idea venía de Vanessa Díaz Chinchilla, artista y profesora de artes plásticas, que imaginaba ahí una academia. El proyecto llegó a estar listo, pero la vida obligó a hacer una pausa: un embarazo la alejó del trabajo con vitrales —por el uso de plomo— y el lugar terminó alquilándose como casa durante años.
La idea quedó ahí, latente.
Cuando decidieron retomarla, ya no era solo su proyecto: era un proyecto de pareja. Vanessa seguía con la intención de abrir la academia, y en medio de ese proceso, Orlando José Chanto Corrales —su esposo— lanzó una idea que cambiaría el rumbo: ¿por qué no ofrecer café y repostería a los estudiantes de la academia?

No era un plan de negocio elaborado. Era casi una ocurrencia. Pero fue suficiente.
Aprender a hacer café
Lo que empezó como un complemento comenzó a crecer.
Se capacitaron, probaron recetas, ajustaron procesos. Vanessa asumió la repostería y la parte administrativa; Orlando se fue metiendo en el mundo del café desde la práctica, sumando conocimiento técnico, con el apoyo de conocedores del tema como el barista y maestro tostador Manuel Dinarte.

Con el tiempo, el café dejó de ser un acompañamiento y se convirtió en el centro. Empezaron a trabajar con café de especialidad, a establecer relaciones directas con productores, a aprender sobre tueste y perfiles.
Hoy manejan las variedades geisha y catuai, con procesos como natural, lavado y honey, definidos incluso por distintas zonas de una misma finca ubicada en Cargral de Acosta, justamente liderada por una mujer, la productora Adriana Fallas.

Lo que llega a la taza no es casual. Es el resultado de muchas decisiones.
Abrir en pandemia
Cafetearte el Cuyeo abrió formalmente en febrero de 2022, en un momento en que todo todavía estaba marcado por la incertidumbre.
Había restricciones, cambios constantes, días en los que se podía abrir y otros en los que no. No era el mejor escenario para empezar.
Pero abrieron igual.
¿Me regala limonada?
En Costa Rica, pedir algo “regalado” es casi una muletilla. Uno lo dice, pero sabe que al final lo va a pagar.
En el Cuyeo, al menos cuando se trata de limonada, no siempre es así.

La costumbre empezó antes de que el lugar abriera formalmente. Durante la pandemia, mientras el espacio todavía estaba en remodelación, la pulpería cercana cerró y quienes subían caminando o en bicicleta no tenían dónde comprar agua.
Adentro había lo básico: agua y limones traídos de la finca. Y como todavía no podían vender, hicieron lo más simple: ofrecerla.
Sin mayor intención que resolver el momento, la limonada se volvió parte del lugar. La gente empezó a recordarlo, a regresar, a preguntar directamente si había. Y la respuesta se mantuvo igual: sí, hay limonada.

Con el tiempo, se convirtió en una parada casi obligatoria para quienes recorren la ruta. Muchos llegan primero por ese vaso frío después del esfuerzo, y terminan quedándose a desayunar o almorzar.
Para Chanto, esa limonada dice mucho más de lo que parece. Es, de alguna forma, una extensión del lugar: algo sencillo, directo, sin adornos innecesarios, pero que reconforta. Como el café. Como la comida. Como el tiempo que se pasa aquí.
Un ritmo distinto
El Cuyeo no funciona como muchas cafeterías.
Aquí no hay prisa. Nadie está apurando la mesa ni llevando la cuenta sin que se la pidan. La lógica es otra.

“Es un lugar donde no hay restricción de tiempo”, explica Chanto. “Si se quedan, para mí perfecto”.
El ambiente se parece más a visitar a alguien que a consumir en un local. La gente conversa, se conoce, se queda más de lo previsto. Algunos llegan por la comida —tradicional, casera, bien hecha— y descubren el café. Otros llegan por el café y se quedan por la conversación.
Hay clientes que empezaron pidiendo un café negro y hoy llegan sabiendo exactamente qué quieren: un honey en Vandola, un natural en Aeropress.
No es solo consumo. Es aprendizaje.
Café y territorio
El Cuyeo está profundamente conectado con su entorno.
La finca familiar no es un elemento decorativo: es parte real de lo que se sirve. De ahí vienen los lácteos, los quesos, parte de la identidad del menú. La historia de la familia —ligada a la ganadería y al trabajo de campo— sigue presente en cada detalle.
Esa conexión también se comparte.
Desde la cafetería salen caminatas guiadas que recorren la zona, pero no como un tour convencional ni como una actividad para “tachar” en una lista. Son recorridos de unos cinco kilómetros que se hacen sin prisa, en dos o tres horas, con pausas constantes para observar y conversar .

El camino inicia ahí mismo, en el Cuyeo, y se adentra en El Cerrito, el entorno donde Orlando ha vivido prácticamente toda su vida. A lo largo del trayecto, la caminata se convierte en una especie de relato en movimiento: se cuenta cómo se formó la comunidad, quiénes la habitan, cómo se ha trabajado la tierra.
Hay paradas que no están marcadas en ningún mapa. Si aparece un ave, se saca un telescopio y se observa. Si el clima lo permite, se entra a ver el río que cruza una de las fincas. En temporada lluviosa, los hongos brotan en los árboles y también se vuelven parte del recorrido.
La caminata incluye visitas a fincas vecinas. En una, se conoce de cerca cómo funciona la producción de huevos: gallinas cuidadas con detalle, alimentadas con verduras frescas. En otra, se ven caballos. Y en la finca familiar, el recorrido se conecta con la tradición lechera: vacas, ordeño, y el origen de los lácteos que luego llegan a la mesa del Cuyeo .
No es solo caminar. Es entender de dónde viene lo que se come, lo que se toma, y el lugar en el que uno está parado.
Una pausa que se queda
Cafetearte el Cuyeo no busca parecer otra cosa. No intenta replicar el modelo de una cafetería urbana ni competir con él. Se apoya en lo que tiene: comunidad, historia, territorio y acceso directo a buen café.

Y en ese equilibrio logra convertir una parada en el camino, en un lugar al que se quiere volver.
La novedad
El café en piedra es uno de los métodos más particulares que se pueden encontrar en el Cuyeo. Se prepara utilizando un cono hecho de piedra volcánica, cuyos microporos permiten filtrar el café lentamente, logrando una taza limpia pero con mayor intensidad de sabor. El resultado se sitúa en un punto intermedio: conserva la claridad de un café filtrado, pero con la profundidad y cuerpo que recuerda a una prensa francesa. Más que una novedad, es una forma distinta de entender el café, donde el proceso mismo —lento, visible, preciso— se vuelve parte de la experiencia y transforma la manera en que se perciben los matices en cada sorbo.
