
Desde antes de las diez de la mañana, el Parque Central comenzó a llenarse poco a poco. Algunas mujeres se sentaban en las gradas de la Catedral o alrededor del kiosco para terminar de pintar sus pancartas, escribir una última frase o ajustar su vestuario. Otras llegaban con sus amigas o con sus hijas pequeñas.


El parque se fue llenando de color, de conversaciones, de abrazos entre mujeres que tal vez no se conocían, pero compartían una misma convicción.

Pronto comenzaron a escucharse las primeras consignas. Las palabras justicia, respeto e igualdad se repetían una y otra vez, hasta que la Avenida Segunda empezó a moverse como un río de gente.




Mujeres de todas las edades caminaron juntas: madres que cargaban a sus hijas en los hombros, adolescentes que marchaban por primera vez, mujeres mayores que han sostenido estas luchas por años. Durante varias horas, ese tramo de la ciudad se sintió distinto, como si las calles fueran un espacio seguro.
Las pancartas contaban muchas historias:algunas denunciaban violaciones, abusos y femicidios. Otras hablaban del miedo cotidiano con el que muchas mujeres siguen viviendo.















Había mensajes de mujeres indígenas, colectivos de mujeres trans, carteles que exigían derechos en lugar de flores y también nombres de mujeres que ya no están.


Caminamos por las que murieron víctimas de la violencia. Por las que no pueden hacerlo. Por las que siguen enfrentando desigualdades todos los días. Y también por las que vienen detrás: las niñas que caminaban de la mano de sus madres, mirando alrededor, aprendiendo que las calles también pueden ser un lugar para exigir justicia.


La caminata terminó en la Plaza de la Democracia, donde distintos colectivos se reunieron entre cantos y consignas. Ahí, entre miles de pancartas levantadas, quedó claro que el 8 de marzo no es solo una fecha en el calendario. Es un recordatorio de lo que falta por cambiar y de la fuerza que aparece cuando miles de mujeres deciden caminar juntas.

