Yuri Lorena Jiménez. 19 mayo
Mauren Cristina y su papá, Abelardo 'Lalo' Fonseca. Foto/Abelardo Fonseca
Mauren Cristina y su papá, Abelardo 'Lalo' Fonseca. Foto/Abelardo Fonseca

Unos 10 años atrás, durante una gira de varios días a Monteverde, el productor audiovisual Óscar Cruz, el conductor Óscar Hidalgo y quien escribe viajamos acompañados por el fotógrafo Abelardo Fonseca, célebremente conocido en gremio periodístico como Lalo.

Lalo nunca ha sido un compañero más, desde que lo conozco, hace más de 20 años, detecté que se trata de una de esas personas que despliegan un aura de buen humor, energía, siempre presto a una carcajada y mucho más a conceder un favor a quien se lo pida, si está en sus manos.

Pronto lo asumí como todo un personaje en la Redacción de La Nación pero nunca habíamos tenido la oportunidad de conversar largo y tendido sobre nuestras vidas.

Durante esa gira, por supuesto, tomé la delantera y desde que salimos de Tibás armé mi molólogo de humor y ya luego nos pusimos filosóficos y finalmente terminamos por preguntarnos los unos a los otros por temas familiares y demás.

Lalo se había reído la mayor parte del camino, fiel a su esencia, y nosotros también de él y con él. Aquello era como un festín de anécdotas mientras el carro avanzaba el montón de kilómetros primero entre las presas del Gran Area Metropolitana (GAM) y luego las maltrechas carreteras con huecos, obstáculos, arreglos en la vía... en fin, lo que pudo haber sido un ejercicio de paciencia se convirtió en una charanga maravillosa que demoró horas.

Nunca voy a olvidar que, ya llegando a Monteverde, en medio de una lluvia demencial y unos hostiles nubarrones, le pregunté si era casado, divorciado, hijos, etc. Lalo nos tiró un baldazo helado, que sin embargo narró sin inmutarse, más bien con ese brillo en sus ojillos verdeamarillos, y nadando, aún, en contentera.

– Ah sí, yo tengo las dos chiquitas, hombres no tuve.

– ¿Chiquitas o muchachas ya, cuántos años tienen?– pregunté yo

– Bueno es que la mayor es básicamente una chiquita, es la chiquita de la casa. La menor, María del Milagro, nació cuatro años después de ella, pero es que Mauren, la mayor, tuvo un problema cuando nació y le diagnosticaron primero Parálisis Cerebral Infantil (PCI), retardo mental y ya a los tres meses una atrofia severa en el sistema muscular... entonces para todos, es la bebé de la familia.

Mauren hallaba la felicidad absoluta en su mundo de sencillez: ver la serie Heidi por horas y horas, tomarse hasta cuatro tazas de café al día, y enloquecerse por un par de huevos revueltos. Foto Abelardo Fonseca
Mauren hallaba la felicidad absoluta en su mundo de sencillez: ver la serie Heidi por horas y horas, tomarse hasta cuatro tazas de café al día, y enloquecerse por un par de huevos revueltos. Foto Abelardo Fonseca

La charanga paró, súbitamente, mientras él seguía contando la situación con gran naturalidad.

Mauren tenía para ese momento unos 28 años. Hasta entonces y hasta el día de su muerte, el pasado 30 de abril, jamás pudo esbozar una sola palabra. Ni una. No pudo moverse por sí misma jamás. Lalo seguía contándonos, con la normalidad de quien asumió su rutina diaria como una imposición de Natura de la que ni él ni su esposa Cristina renegaron jamás.

Pero mientras él seguía hablando, yo recordaba cómo unos años antes, este hombre de contextura maciza, vecino de Tres Ríos, bohemio, bailarín por excelencia –literalmente el rey de la fiesta– se había quedado desempleado cuando el periódico Al Día disminuyó su planilla, en el 2009. En realidad, Lalo empezó en medios de comunicación como chofer en La República en el 89; pronto empezó a travesear con la fotografía y rápidamente lo contrataron en esa área. Diez años después, en el 99, pasó a integrar la tropa de fotógrafos de Al Día.

Como ocurre en todas las empresas cuando hay despidos, hubo solidaridad y conmiseración por los caídos. Recuerdo perfectamente a Lalo rodeado de compas que le deseaban la mejor de las suertes y, si bien es cierto mantenía un gesto sombrío y entendible, decía con una gran certeza: “Por mí no se preocupen, algo haré. Yo le hago a todo, ustedes saben, tengo salud y ya lo demás llega solo”.

Pasaron meses y un buen día, nos encontramos a Lalo en la Redacción de La Nación, como fotógrafo de planta. Felicidad total. Pronto, además, fue ascendido a jefe. Más contentera.

Lo que la gran mayoría de compañeros no sabíamos era que, si alguien tenía todos los números de la rifa para entrar en angustia y pánico por la situación de su hija Mauren, amén del resto de obligaciones normales, ese era Lalo. Como es lógico, la condición de su hija mayor requería gastos diarios, empezando por los onerosos pañales desechables y terminando por algunos medicamentos que de pronto no tenía la Caja y eran imperativos para la calidad de vida de la muchacha.

Ahí, en el carro en el que ahora imperaba un silencio sepulcral mientras Lalo desplegaba su historia, mi mente insistía en recordar al Lalo ya en Nación, quien hasta donde yo recuerdo jamás había sucumbido al estado de estrés que nos exacerba el carácter en medio del corre corre, a veces demencial, que se vive en una sala de redacción.

Me empecé a sentir muy mal al recordar episodios en los que yo misma había maltratado a uno que otro compañero por alguna bobada, mientras en casa me esperaban mis hijos sanos, robustos, fregadores, la rutina diaria de casi cualquier familia.

Pero no la de Lalo.

Todos escuchamos los detalles de cómo él, quien se había divorciado de su esposa en santa paz, había tenido que incurrir en una nueva erogación al cambiarse de casa, pero lo hizo a unas cuantas cuadras para ir, un día sí y otro también, a ver cómo empezaba el día su “chiquita” e igual lo hacía cuando terminaba su jornada laboral... o cuando regresaba tras todo el día en la calle, buscando hasta debajo de las piedras un oficio que le permitiera a su familia medio subsistir.

Aquel monólogo, sin embargo, estaba desprolijo de pesimismo o tristeza. Lalo nos contó porque le preguntamos, pero en medio de todo intercalaba las historias que protagonizaba Mauren, como eje de la familia pero, sobre todo, por el vínculo tan impresionante que tenía con él, con su adorado papá.

“Vieran la bandida, la casa está en una servidumbre, entonces ella escucha mis pasos (de sus sentidos, Mauren mantenía el oído y la vista) y ya donde voy entrando yo, desde la puerta la oigo donde está tratando de hacer ruidos con la garganta, de la emoción de ver que ya voy yo a abrazarla... ¡es una bandida, vieran! Y ya entro yo y bueno, aunque no puede mover ni un músculo es que hasta que se siente que se quiere salir del cuerpito para abrazarme y chirotear y así... diay, lógicamente ella no puede, pero vean, a mí con solo la mirada ella me lo dice todo, ella jamás ha podido hablar, y nunca va a poder, entonces yo siempre digo que Mauren me ama con los ojos... ¡vieran cómo le brillan donde me ve!”, insistió Lalo en aquella ya moribunda y lejana tarde, mientras yo me tragaba los sollozos de verlo a él todo feliz, con la mirada radiante y muerto de risa mientras nos contaba lo que, para muchos, habría sido una tragedia de vida.

Los otros dos compañeros de viaje tampoco sabían qué decir. Pero, como lo comentaríamos luego, largamente, mientras Lalo andaba haciendo fotos, lo que respiramos en ese carro en el epílogo del viaje fue un dechado de dignidad, coraje y alegría que solo se podía tildar de una forma: el amor en su estado más puro.

***

Si antes ya queríamos a Lalo, después de aquella gira mi admiración por él se agigantó. A veces lo veía mustio ante un carrerón en pleno cierre o algo así, pero de nuevo, jamás de los jamases perdió, al día de hoy, la ecuanimidad ni los buenos modales.

A veces lo veía retirarse, pasadas las 10 de la noche y me era inevitable pensar en su chiquita esperándolo, tras verlo salir soplado a ver si la agarraba despierta.

Los años pasaron y nada cambió mucho, hasta finales de este abril, cuando circuló en la Redacción la noticia de que la hija de Lalo había caído en una crisis.

Doña Cristina Camacho se prodigó en cuerpo y alma en el cuido de su hija. Foto Abelardo Fonseca
Doña Cristina Camacho se prodigó en cuerpo y alma en el cuido de su hija. Foto Abelardo Fonseca

El último día de abril, ya entrada la noche y con las primeras y esperanzadoras lluvias que a veces mojan el espíritu y otras lo adoban, Mauren entró en su agonía final. A las 6:30 de la noche de ese martes, finalmente cruzó el umbral en un salón del Hospital Max Peralta, acompañada de Abelardo, Lalo, su padre, quien desde el domingo había recibido el permiso de su jefe para permanecer junto a su hijita desde el lunes, en vista de lo que ya se sabía, era una partida inminente.

Cuando se recompuso un poco, unas horas después de la partida de Mauren, Lalo hizo un hermoso post en su cuenta de Facebook. Acompañado de una foto de ambos, el texto comunicaba la partida de su adorada hija y, al mismo tiempo, nos reconfortó a sus muchos amigos al agregar esta frase: “Yo no estoy sufriendo ni la quinta parte de lo que sufrió mi hijita en el último año. Vuela en paz mi amor, ya no hay más dolor”.

Han pasado unas semanas y no he tenido cara para hablar con Lalo. Pero desde que supe de la muerte de su hija, mis manos quisieron correr al teclado para compartirles esta historia de amor, teñida de un gran dolor físico para la protagonista, Mauren, pero que a todas luces fue aplacado en mucho por una medicina universal, la del amor más puro.

La luz en la dificultad. Abelardo Fonseca volcó todo su amor y su arte en una sesión de fotos que le hizo a su hija 10 años atrás, y que se publicó en las páginas de la Revista Dominical. Foto Abelardo Fonseca
La luz en la dificultad. Abelardo Fonseca volcó todo su amor y su arte en una sesión de fotos que le hizo a su hija 10 años atrás, y que se publicó en las páginas de la Revista Dominical. Foto Abelardo Fonseca

Por fin me llené de valor y nos sentamos con un café esta semana, buscamos una hora de cero tránsito en la cafetería del diario y entonces Lalo empezó a desgranar, siempre con risas y sus ojos brillantes, algunas anécdotas de su bebé, como la fascinación-obsesión que tuvo desde siempre por la serie de Heidi, la que primero veía en la programación nacional y luego, con la llegada de los dvd’s, lo primero que hizo Lalo fue comprarle la colección completa y ni para qué. Con los años, la familia creó códigos y cuando Mauren les hacía ojitos mirando hacia el lugar donde se guardaban los discos de la serie, ya sabían que la muchacha se iba de maratón, embelesada con los paisajes, la pequeña niña corriendo por las montañas de Los Alpes, jugando con las cabras... nunca lo sabremos, pero cuando Lalo me contó esa anécdota me imaginé a Mauren soñando despierta... con ser Heidi.

También me contó que en las fiestas de cumpleaños de todos los familiares, Mauren tomaba el lugar principal frente a la candela, a la hora de que el homenajeado iba a soplar. Entonces, ella hacía un pequeño amago, apenas perceptible, el otro soplaba y los invitados les aplaudían a rabiar a ambos, mientras ella destilaba todo el amor que podía, con ojos sonrientes, sintiéndose la reina del momento.

Poco a poco fuimos aterrizando en los últimos días de la hija, en los momentos más fuertes, en cómo hizo Lalo para ir soltando al amor de su vida.

Siempre sereno, el compañero de decenas de batallas periodísticas que hemos hecho juntos, esta vez estaba del otro lado, hablando para mi grabadora encendida, con la periodista pero, mucho más que eso, con la amiga del alma.

Entonces me contó que desde el 5 de mayo del año pasado Mauren había empezado con una tos espantosa, aunque prácticamente estaba paralizada por completo, siempre pudo deglutir y entonces su felicidad era la comida, en especial el café y el huevo tierno, los que no le podían faltar. “Cristina (la exesposa de Lalo y por supuesto, el otro ángel total en esta historia) siempre le cocinaba y le daba la comidita, ella o el que estuviera, siempre nos sobró apoyo ¡y vieras cómo comía la bandida!... pero ya a principios de mayo, cuando la llevamos de emergencia porque simplemente no le entraba la comida, nos dijeron que por la atrofia de ella se le habían movido o desacomodado los órganos y entonces la comida no le pasaba de la garganta, si no que cogía para todos lados... entonces le pusieron una sonda en la nariz y nos advirtieron que no podía tomar pero ni una sola gota de agua. A los días, le pasaron la sonda para el estómago pero ese fue el momento en que nuestra chiquita dejó de ser ella, se apagó, una de sus grandes ilusiones era comer y ahora no podía, pero además tenía dolores, nosotros sabíamos y era terrible la impotencia porque no sabíamos qué le dolía, fueron días espantosos... todavía a principios de año siempre bromeábamos todos con ella, cuando nos juntábamos en familia, y decíamos que íbamos a envejecer todos juntos”, rememora Lalo, con voz queda y mientras un asombroso aguacero revienta en el techo y apenas nos deja conversar.

La tarde del martes 30, Mauren empezó su transición... y Lalo empezó a percibir que su hija estaba “por horas”, como dicen. Tipo 5 de la tarde notó que respiraba con dificultad y llamó a Cristina, la mamá, para que se desplazara urgente al hospital. Ahí sí Lalo perdió toda compostura, hasta les rogó a los médicos que hicieran lo que fuera para mantenerla con un hilito de vida con el fin de que la mamá pudiera despedirse de su hija. No lo lograron.

En el hospital les prodigaron privacidad, con un biombo, y entonces el padre se fundió en un abrazo con su bebé eterna mientras ella se encontraba en sus últimos estertores... en ese punto de la “entrevista” Lalo, ese hombrón inquebrantable, simplemente se despedaza y yo con él. Entre las lágrimas de ambos, me contó cuáles fueron sus últimas palabras para su adorada Mauren: “Yo la abrazaba, le decía mi amor ya, ya descansa mi vida, es suficiente, nos diste 39 hermosos años de vida, anda vuela mi reina, ya sin ataduras, andá, sé feliz, merecés ser feliz, nosotros vamos a estar bien, usted ha sido muy valiente, váyase tranquila”, me dice Lalo mientras se enjuga el copioso llanto con un pañuelo.

Mauren y Lalo. Días felices. Foto Abelardo Fonseca
Mauren y Lalo. Días felices. Foto Abelardo Fonseca

Y sigue, poco antes de regresar a nuestros escritorios, los dos con los ojos enrojecidos, a continuar con el trabajo... y pues con la vida, porque así es como es.

“Ahí sí ya me desahogué con ella, ya fallecida estuve una hora exacta, solo con ella, abrazándola, tocándole el pelito... no tengo ningún reclamo, solo agradecimiento para mi familia, cuando llegaron me dijeron que me desentendiera de todo... Yuri yo te voy a decir –me reitera, atacado en llanto– este dolor no es nada, con mucho gusto y amor aceptamos este dolor, es como honrarla a ella, esto va a ser pasajero y con los años se va a ir alivianando.... ¿pero sabe qué me alivianó a mí desde el día siguiente, ya cuando estábamos preparando el funeral y eso? Que ese día tuve la certeza total de que el día que yo me muera, sea en un día o en 30 años, ese día me la voy a encontrar a ella, me va a estar esperando y nos vamos a reunir sin nada, caminando, sin silla de ruedas, sin dolor, y nos vamos a abrazar y nos vamos a besar y vamos a repetir el ritual de todas las noches durante tantos años, a ella le encantaba verme llegar y ya después nos abrazábamos y yo le decía: 'Ve mi amor, nos agarramos las manitas, nos abrazamos, nos damos un besito, cerramos los ojitos y nos dormimos... muchas veces nos quedábamos dormidos así, y en eso me despertaba yo y estaba ella ceñida viéndome así, con esos ojotes divinos que tenía... amándome con los ojos”....

Mauren Cristina Fonseca Camacho falleció a los 39 años. Cuando nació, los médicos aseguraron que no pasaría de 12.
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