Ovidio Muñoz. 22 febrero

Supe que no vivía en un barrio común cuando presencié un acto de escapismo al revés.

Tirado en una acera, un borracho sostenía en las manos la mitad de una pierna y luchaba para colocársela de nuevo.

La pierna era de palo, pero yo no lo sabía y la imagen quedó colgada de mi sorpresa infantil.

En mi barrio los borrachos daban a menudo espectáculos variados, pero aquel superó a todos. Mantuve los ojos puestos en el viejo, en sus muecas, en la batalla contra la madera tosca sin la cual era incapaz de levantarse como monumento vivo al trago.

De pronto alguien le echó una mano con la pierna y el hombre, ya completo, se levantó y se fue, cojeando como siempre, hasta perderse en la esquina donde empezaba la cuesta.

Crecí en un barrio donde fui feliz en las pozas en las que también se bañaba el sol y cerca de las cuales aterrizaban las libélulas de alas de vidrio a las que los güilas llamábamos gallegos.

Presencié el asfaltado de las calles y aún hoy el olor del asfalto fresco me lleva a los días de escuela y potreros amplios como el mundo, sembrados con cuajiniquiles.

En el barrio nada me asombró tanto como el circo, cuyas atracciones desfilaron una tarde por el pueblo anunciadas por la voz muchas veces repetida de un hombre invisible.

Ilustración Dominick Baltodano
Ilustración Dominick Baltodano

Con el circo llegaron Lupita, la niña de hule, King Kong y un rey destronado, es decir, un viejo león en una jaula capaz de despertar más lástima que miedo.

La carpa se alzó a un costado del parque, en el terreno vacío en el cual estuvo alguna vez la primera escuela, en el centro del cantón.

Me llevaron al circo una noche a la cual el tiempo no ha logrado modificarle la etiqueta: inolvidable.

Descubrí que la niña de hule era una contorsionista mexicana que vendía sus fotos al final de la función, King Kong (¡qué desilusión!) una proyección barata sobre una pantalla blanca y el pobre y viejo león un carnívoro sin dientes.

Circulaba el rumor de que en el circo cambiaban perros por entradas porque el rey de la selva necesitaba comer y los chiquillos deseaban un lugar bajo la carpa.

Permítanme un desvío. Aquel león fue el segundo animal exótico que conocí; el tercero fue un elefante que enseñaba la trompa entre los barrotes del encierro en el cual viajaba hasta el sur del país una tarde del noventa y cinco.

Fue en el lugar menos pensado para toparse a un elefante: en una presa interminable que, debido a un accidente, nos obligó a detenernos durante horas en los páramos del cerro de la Muerte.

Bien, volvamos al barrio. El primer animal extraño que habita mi anecdotario fue un perico ligero, que es como hace ya mucho les decíamos a los perezosos.

Ese perico se mueve en mi memoria como un bicho rarísimo que avanza de cabeza entre un matorral de un sitio ahora inexistente y cada vez más distante al que prefiero reconstruir, a mi gusto, con palabras, papel y tinta, para no verlo desde la realidad.

Lo nombro para que no se diluya su esencia y porque sé que el barrio de hoy es si acaso un reflejo del de ayer. Son recuerdos los ríos represados con sacos de gangoche llenos de arena, la cuesta de barro colorado, el perfume en mayo de los cafetales en flor y el aroma entre agrio y dulzón de los jacarandas.

Todo es distinto. O casi todo, porque yo mantengo esto invariable: soy un hijo orgulloso de un barrio del sur. El hombre que soy sería otro sin ese condimento.