Roberto García H.. 25 febrero
Ilustración: Juan Carlos Alpízar
Ilustración: Juan Carlos Alpízar

Apenas despunta el día, salgo a caminar. Es uno de los propósitos de año nuevo que persiste en mi voluntad, a ver si acaso retomo el hábito y la sensación de bienestar que producen el ejercicio, la naciente acuarela del paisaje, el estímulo del pensamiento y las cavilaciones que uno entreteje mientras transita, expuesto, eso sí, al abrupto tropezón en alguna trampa de nuestras vías de alcantarillas sin tapa, señales maltrechas y picos de metal sobre el relieve lunar de las aceras que provocan más de una caída o, mínimo, el mal rato de golpearse el dedo chiquitillo de un pie e iniciar la inmediata reacción con un bailoteo a lo Michael Jackson, como el meme aquel de un carajillo charlatán quien, por medio de un petardo, provoca el impacto de un tarro en sus testículos y al retorcerse del ardor, ejecuta a la perfección los movimientos del Rey del Pop.

Casi siempre me cruzo con un personaje de mi vecindad. Es un hombre mayor que deambula por las calles con el fardo de la noche en la piel. Entre tanto, al ritmo de las horas lentas, el sol calienta la mañana hacia el cenit y después del mediodía sobreviene el atardecer, cuando las tonalidades del entorno urbano adquieren inusitados matices y la luz vespertina alarga las sombras de los caminantes, rumbo a la oscuridad. Cada vez que paso a su lado, percibo el cansancio que le agobia, su acelerado deterioro, su infinita tristeza, el efecto de sus malas noches y, sin embargo…

--Buenos días, ¿cómo está?

--Buenos días, ¿bien y usted?

--Bien, muchas gracias.

Él es el primero en saludar. Sea de pie o sentado en un cartón al borde del asfalto, me mira con rostro amable y balbucea su “buenos días” pleno de sinceridad. Quizás a usted le parezca normal el saludo cotidiano de cualquier semejante; no obstante, si lo piensa bien, coincidirá conmigo en que ya casi nadie saluda, sino que por el contrario las personas nos entrecruzamos con semblantes endurecidos, aires de indiferencia y de pronto hasta desconfianza.

No sé si tendrá familia, quizás sí, pero es evidente que es un ser desterrado de su hogar. En otras oportunidades lo veo conversando con dos o tres de sus congéneres que llevan botellitas en las bolsas de sus pantalones raídos, ocasiones en las que se vuelven festivos, menos él, quien, a pesar de todo, denota serenidad. Yo respondo al saludo y ellos replican bulliciosos desde la otra acera, mientras mi amigo del silencio me mira con su luminosa tristeza. Es una persona tan gentil que temo lastimar su dignidad y por eso me inhibo de preguntarle qué podría yo ofrecerle.

Cada vez lo encuentro más deteriorado, tan similar a los espectros que retrató hace muchos años el cineasta Carlos Freer Valle en La cultura del guaro, un documental de 1975, emblemático y desgarrador. El filme es obra de Carlos, un gran amigo personal desde nuestros tiempos de las utopías y, para el caso de este relato, un creador cinematográfico de exquisita sensibilidad. Freer plasmó en el celuloide a personajes alcohólicos en blanco y negro, pero en negativo, de modo que quienes se observan en pantalla son los fantasmas grises, temblorosos y perdurables del documental. El personaje de mi barrio se me parece muchísimo a ellos, pues a simple vista uno palpa el desgaste de su organismo y cómo su orfandad interior se retrata paulatinamente en los pliegues de la piel. Yo diría que es uno de esos aparecidos que, vaya usted a saber por efecto de cuál conjuro, se desprendió del viejo filme que dormita desde hace tanto en la filmoteca del Centro de Cine.

En La cultura del guaro, el doctor Abel Pacheco de la Espriella, a la sazón director del Hospital Nacional Psiquiátrico, explica con detalle las causas de la enfermedad y asegura, con rigor científico, que las víctimas del alcoholismo beben con la absoluta certeza de que se van a hundir en un abismo. Porque el alcoholismo es un flagelo que nos toca a todas las personas, pues no hay familia en la que uno o varios de sus miembros no hayan padecido o sufran los embates de esa tempestad.

Al personaje casi anónimo de esta narración lo conozco desde hace varios años, a pesar de que nunca nadie nos presentó. Cada vez que paso a su lado, percibo el cansancio que le agobia, su acelerado envejecimiento, la tristeza en su mirada, el suplicio de sus malas noches y, sin embargo, intuyo en él la tenue luz de una esperanza. Me mira con timidez y expresa: “Buenos días, ¿cómo está?”. “Bien, ¿y usted?”, respondo. “Bien, gracias”, agrega él con educación y decencia… Siempre, invariablemente, es él quien saluda primero.