Ovidio Muñoz. 9 mayo

Sobre Kelly creek hay un puentecito que se mira todo el tiempo en el agua como un Narciso caribesureño enamorado de sus verdes.

Lleva al parque nacional Cahuita, tierra de arrecifes, agua de tortugas.

El parque se extiende al este del creek, al oeste están el pueblo, playa Negra, playa Grande y más allá de allá, ¿lo ven?, Limón.

Cerca del puente, digamos a cuadra y media, hay una casa-fuente de la que brotan calipsos todo el tiempo porque a Walter Ferguson le gusta oír a sus hijos.

En la portada del disco “Babylon”, don Walter está de pie sobre el puente sencillo de Kelly creek y pasea la mirada por el mar.

Tengo ese disco, me lo dio la periodista Yazmín Ross un día de hace muchos años. Fue Yazmín, quien ya no está entre nosotros, la que me regaló el disco y me abrió así las puertas al mundo de Segundo, como llaman cariñosamente a don Walter en Cahuita.

Yazmín me habló de los malabares que hicieron para grabar, cómo transformaron en estudio el cuarto de una cabina y cómo hicieron para protegerlo del ruido exterior y evitar que se colaran las loras, la bulla de la calle.

Ilustración Juan Carlos Alpízar
Ilustración Juan Carlos Alpízar

Antes de los discos compactos, los calipsos de Segundo recorrían el mundo en casetes. Él los grababa en su grabadora y los vendía a los turistas. Ninguna pieza salió igual dos veces y en algunas gritan chiquillos y cantan los gallos.

El maestro del calipso acaba de cruzar el puente que lleva a los cien años. Un siglo se dice fácil, pero ha corrido mucha agua por Kelly creek desde aquel mayo del diecinueve, cuando un niño de cuatro años llegó con sus padres hasta la Cahuita recién fundada.

En una ocasión, camino al parque nacional, vi a don Walter descansando en la sala de su casa.

Maestro, dije desde el portón.

Él, como si saliera de golpe de un sueño ligero, levantó la cabeza.

Is the door open?, preguntó.

No, el portón estaba cerrado, no había cerca nadie para abrirlo y aquella vez no pude entrar.

Ya antes había hablado con él y lo he hecho después.

Me ha contado cómo aprendió a tocar, ha revivido recuerdos de un pueblo que solo existe ya en su memoria y en los libros. Todo eso lo agradezco.

Cuando Yazmín Ross me presentó los calipsos de don Walter me regaló dos discos en los que ella había trabajado –“Dr. Bombodee” y “Babylon”– y desde entonces la música de Walter Ferguson caribeñea mi casa con frecuencia. Es otra forma de chinearme.

Los calipseros son alquimistas: convierten en vacilón las penas que les duelen.

Los calipsos son un boleto a Cahuita, un paseo por el sendero del parque a las cuatro de la tarde.

Digo a menudo que entre las muchas cosas por las que me gusta tanto el pueblo hay una particular y es que sus días duran cuarenta horas. O quizás más.

Hice la prueba. Una vez entré al parque a las diez de la mañana, caminé, leí, dormí, me bañé en el mar, vi el reloj y eran las diez y media.

Cahuita es dueña de un tiempo propio.

Incluso el ritmo al que se mueve es distinto. La vida va sin prisas, cadenciosamente. La vida en Cahuita es oleaje, calma turquesa, aguacero en techo de zinc.

En Cahuita, mi Cahuita, la vida parece seguir el ritmo de los calipsos hechos a mano y voz por Walter Ferguson, el buai que aprendió a ponerle sonidos bellos a un mundo no siempre amable con una guitarra prestada en la pulpería de los Tabash.

Hay razones para celebrar. El calipsero mayor, the master of calypso, nuestro gran Segundo dura ya un siglo,