Ovidio Muñoz. Hace 1 día
Ilustración Willian Sánchez
Ilustración Willian Sánchez

En una esquina del Bronx hay una casa blanca, pequeña, de puertas y ventanas verdes que parece trasplantada desde otro siglo.

Parece y es así.

Di con ella sin buscarla y resultó una sorpresa agradable entre las frías torres de apartamentos. Buscábamos la calle que lleva al Jardín Botánico, pero nos desviamos y fue cuando nos vimos de repente frente a aquella vivienda singular.

Una placa respondió las primeras preguntas. Le había pertenecido a Edgar Allan Poe, que la ocupó cuando el Bronx era aún un sitio retirado en el que se podía beber y escribir “en paz”. A la casa la rodea una reja baja en la cual otro letrero da los horarios de visita. Aquel día estaba cerrada.

Al frente hay un parque estrecho y una biblioteca de la que se escapan voces infantiles. Son escolares, todos han leído alguno de los tantos cuentos de Poe y ahora dibujan lo que recuerdan.

Colorean los textos oscuros del escritor atormentado desde la seguridad de una infancia sosegada. Después de un rato seguimos hacia el jardín, donde crecían flores de vidrio gigantescas.

Como todo el mundo ha pasado por Nueva York alguna vez es sencillo encontrar en la ciudad rincones donde dejó huella alguna estrella de la actualidad.

Antes de toparme con Poe en el Bronx ya me había ocurrido con Truman Capote en Manhattan, en el otoño del 2004, al bajar del tren en la estación donde se levantaban las Torres Gemelas.

La parada había sido rehabilitada aunque había aún un cráter enorme. Cuando casi alcanzaba la calle vi una serie de letreros muy grandes e impresas en ellos frases sobre la ciudad dichas por artistas. Tenían el fin de ser bálsamo para el dolor colectivo causado por el terror y todavìa dudo que alguna vez lo consiguieran.

Olvidé las frases de Lennon y de Borges, en cambio memoricé de inmediato la de Capote, que me pareció luminosa en la grisura otoñal. “Nueva York es un témpano de diamante que flota en las aguas de un río”. Quizás Capote estaba influenciado por los diamantes de Tiffanys, donde los visitantes de medio mundo babeamos frente a las gemas como lo hacía Holly Golightly, que en la joyería se sentía a salvo de todas las desgracias posibles.

Nueva York es una ciudad generosa en cuanto a las sorpresas que ofrece a quienes se lanzan a recorrerla.

Botellas gigantes como arrojadas al mar por cíclopes, millonarios que viajan en metro, huellas de los glaciares en las piedras de Central Park. Gioconda Belli la llamó, con gran acierto, bella bruja fascinante, cambiante camaleòn.

Lo que en otras partes puede sonar a ficción es aquí la realidad cotidiana. En eso se parece a América Latina. Por eso reaccioné con naturalidad ante la historia de Claudio, un peluquero del Harlem hispano.

Claudio había emigrado desde Italia muy joven, empujado por la guerra, y se instaló en Nueva York.

Un dia, me dijo en su bella peluquería con fachada de acero y repleta de recuerdos, por esa puerta entró un toro furioso. Después de los desastres la bestia salió por donde había entrado y se perdió en el vecindario. Contó todo con tanta belleza que resultó agradable a pesar de haber sido lo contrario.

Pero es que aquí nada es extraño y las sorpresas son a veces del tamaño de una casa como la de Poe, a la que únicamente le hacía falta un gato negro para ofrecer al mismo tiempo lo real y lo ficticio.