
Comienza como un lejano susurro en la noche. Si uno se asomara a la esquina, podría verlo venir como puede ver venir la cortina de lluvia del aguacero. Una mezcla caótica de ruido y de furia, que se presenta antes de mojarnos. Y comienza a oírsele fuerte y claro. Solo tú eres grande, mi señor, samaa lojaaa rabasaya chuma kanda, solo en ti el trono, el poder y la gloria. Y se torna nuevamente en un murmullo nocturno que se va alejando, evohé, evohé.
Horas después, pero en sentido contrario, y ya de día, verá una mujer grande, rubia como una valkiria y amplia como una matrona romana, avanzar decidida en el inicio de su rutina diaria. Cibeles cuyo impulso reemplaza el carro y los leones por una pareja de french poodles que tiran entusiastas de ella, que tira a su vez de las correas con una mano, mientras en la otra exhibe, como un gallardete, una civilizada bolsa, por aquello.
Y casi a la misma hora, dos viejos sinvergüenzas, que han visto su vida venida a menos por los despropósitos de la juventud y las sevicias de la naturaleza, subirán despaciosamente las gradas de la iglesia para asistir a la misa diaria, en la que tratarán de expiar las culpas del mundo que van dejando y de ganar las indulgencias del mundo celestial futuro al que aspiran.
Como futuro es el mundo terrenal que aspiran a encarnar esas bandadas de adolescentes que, en uniformes multiformes, se desgranan en grupitos, parejas e individuos solitarios, avanzando con dudosa resolución a la academia. Empeñados en enfatizar su diversidad por encima de la uniformidad, con prendas, perforaciones, audífonos, teléfonos y pelos de colores, caminan hacia ese futuro con el paso del pato cansado que, sin haber ido, ya parece estar de vuelta.
Como de vuelta está cada semana el arquetípico doncito, que con casi un siglo a cuestas y un chonete, regresa recurrentemente a vender sus ayotes, anaranjados como frutas de un cuadro de Zurbarán. Aldeano Ulises que, contra el criterio de su esposa y su familia, sostiene un pésimo negocio en el que los cuatro cincos de la venta pagan por las vaciladas con los otros trameros y las conversas con la fiel feligresía, que no tienen precio.
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Como sí lo tiene el tiempo de las jóvenes mujeres que se entrecruzan, transitando presurosas a sus quehaceres. Para recibir a los niños del jardín de infantes, o abrir el consultorio odontológico o recibir a las primeras clientas deseosas de reducir la masa de su humanidad. Mujeres con propósito y convicción, dispuestas a comerse el trabajo, el día y el mundo, y todo aquello que se les ponga por delante.
Porque ya hace un rato pasaron por los ritos teatrales de la escenificación de dramas. Representaciones que aún se ven, protagonizadas, por ejemplo, por la joven pareja que, contra el sentido común, viaja en moto bajo la lluvia pertinaz, solo para detenerse abruptamente, descender y, aun bajo la lluvia, iniciar el virulento intercambio de reproches.
No me toque; empeñé la cadena y el teléfono de mi hermano para poder comprarle algo y me trata como un culo. Y así un buen rato, hasta que la lluvia y el cansancio y la rutina los devuelven a donde empezaron.
Solo que se salvan del escarnio porque actúan lejos de la gavilla de mafufos que aprovecha esa misma lluvia para, guarecida bajo los aleros, calentarse al calor de la brasa, contar historias, reírse al por mayor e incomodar a las conocidas que, para su mala fortuna, se atraviesan con ellos mientras van a Dios sabe dónde. Disfrutarán de la tregua que les concede la escasa disposición de la fuerza pública a apersonarse bajo el aguacero para ennotarse y disponerse a recuperar, una vez cese la lluvia, sus respetables ocupaciones como ciclistas o patinadores.
Pero esta corte de los milagros, curiosamente, no parece tener perros, como el resto de la ciudadanía respetable. Perros diversos, en razas y en números. Perros que proliferan y que parecen cumplir las funciones que uno atribuiría a las personas cercanas, a familia, la pareja, las amigas. Perros mirados y mimados, que se dejan querer, que no rezongan, ni refunfuñan, ni reclaman, ni pelean. Perros que se dejan manejar. Que no muerden la mano que les da de comer. Perros dóciles, sucedáneos de cariño, que pretenden llenar vaya usted a saber qué vacío. Y que juegan en su espacio particular, su parque, más nutrido y visitado que el parque de la par, que es el de los niños.
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Niños que, afortunadamente, aún siguen ahí, cada vez en menor número, pero que continúan representando lo mejor de nosotros mismos: el vivir despreocupado, el sentirse querido, el afrontar la vida con ese asombro perpetuo que asoma a sus ojos, grandes como platos. Niños que juegan y ríen, que ríen y juegan, y que apuntan con el dedo a un futuro mejor para todos. Y cuyas risas se van amortiguando conforme avanza el día, para convertirse en otro susurro en la noche.