Ovidio Muñoz. 11 enero
Ilustración de Juan Carlos Alpízar.
Ilustración de Juan Carlos Alpízar.

Viajé al sur en noviembre y llevé un libro comprado en Expo 10, la “biblioteca salvaje” de Ronald Chinchilla, cantor de tangos y rancheras en La Bohemia, el bar josefino donde se cruzan la calle 5 y la avenida 12 y Nancy me alegra la noche con sus tragos.

A veces parece que uno va hacia algún lugar sin compañía, pero en realidad lleva al lado nombres y sitios que le son familiares. Además, nadie está solo si tiene un libro que le cuente historias en voz baja.

El libro es el mejor amigo del hombre, sobre todo del que busca, no me interpreten mal, dulces placeres solitarios.

Fui al sur, decía, pero no al de Borges, cuyo territorio limita por todo lado con la interrogante que Juan Dahlmann deja en el aire cuando sale armado a la llanura.

Yo fui a los llanos de Osa solo armado con las palabras de un libro y el deseo de conocer Finca 6, pero antes pasé por Palmar Norte, donde me recibió la tarde con un ruido que reconocí y cuya fuente busqué sin encontrarla en el primer intento.

Seguí el ruido por la calle, en medio del calor, y subí la mirada hasta lo más alto de unos árboles donde descubrí la sorpresa tricolor de varias parejas de lapas.

Las lapas son las abanderadas de la selva, una exageración de belleza con la cola muy larga.

Aprendí en Palmar Norte que allí la lluvia abre algunos días y a veces también los cierra y que los sapos cantan a las noches con voces de charco y oscurana.

Entre palmares y monte vi correr hacia el mar al río cuya grandeza cabe en dos cortas palabras borucas: di cri.

Di cri suena, ¿ya lo oyeron?, a Diquís, y quiere decir agua grande.

El Térraba es el di cri, nuestro río más extenso, hijo crecido del General y el Coto Brus y primo cercano del Sierpe, con el que abraza eternamente el humedal.

Y pasé de Palmar Norte a Palmar Sur, en cuyo parque encontré frenada la locomotora del tiempo entre enigmas ancestrales.

En medio del bosque de palmas se abre un claro y el camino lleva a Finca 6, donde se tiñe de flores un achiote y las esferas, a la vista o enterradas, hablan la lengua común de lo que aún desconocemos.

Por aquí pasaron los huaqueros, que cazaron con ambición águilas de oro. Por aquí andan ahora, escasos, los turistas. Por aquí cruzan aún, como un recuerdo en movimiento, los racimos de banano en fila jalados por un hombre sudoroso.

Donde hubo un cementerio la tierra entrega todavía cerámica en pedazos. Bajo el zacate se esconden montículos y muros hasta donde bajan los arqueólogos, viajeros frecuentes al pasado.

Perdimos para siempre el nombre original de estos lugares. Ahora se les llama por números, herencia de la United Fruit, que dejó atrás casas de alto que se le plantan como pueden al descuido.

Si dos palabras cuentan la grandiosidad del Térraba, con tres intentaré un retrato de esta tierra plana de bellas redondeces: agua, piedra, pluma.

Recuerdo, escribo, y pienso ya en el regreso a donde la marea tiene las llaves de caminos a algunas playas y encalló la ballena más grande y hermosa de este mundo.

Desde el inicio, antes de todo, en el libro que llevé conmigo brilló la frase que me inspira. Hablándome suave y amorosamente la primera página me reveló una verdad de ocho palabras: “La vida es más ancha que la historia”.