Revista Dominical

Tinta Fresca: Héroes imperfectos

Puesta en escena de gente buena que intenta ser feliz. Y lo logra

Acera arriba y calle abajo, Mati barre y junta obsesivamente basurillas, hojas sueltas y otras minucias. Si uno se cruza con ella, responde con un gruñido el “buenos días” y arrastra sus chancletas en el pavimento, señal inequívoca de su mal humor. Viste enagua larga, blusa floreada desteñida y luce un peinado que no le va, como aquellas novias que salían en las páginas sociales de los periódicos de papel. Mas, en lo esencial, con escoba o sin escoba, Mati es buena gente.

Antes chofer de bus, ahora pirata en la feria del agricultor y laboriosa hormiga en “polimandados”, Tobías es un “radio city” que da cuenta a quien preste oídos -y a quien no también- de los acontecimientos del vecindario; quién se alzó de tanda y a cuál cristiano puso la doña de patitas en la calle. Tobías es servicial por naturaleza y noble de espíritu, un caballero de triste figura por sus trapitos humildes, pero, sobre todo, Tobías es un auténtico Quijote de solidaridad. Si aún viviera, lo atestiguaría Manuelita. Entrada la noche, cuando ella venía del trabajo, Tobías subía la escalinata del bus, la alzaba en vilo y bajaba con su vecina en brazos y la depositaba en el portal de la vivienda, porque las piernas artríticas de la noble anciana ya no daban, hasta que, una tarde cualquiera, su corazón dejó de palpitar mientras laboraba, quizás, la mejor manera de morir.

Quincho y Toñito son mecánicos. Uno de motores, el otro de enderezado y pintura. Entre ellos se raspan socarronamente los nervios a punta de fisga y choteo, según les va yendo, jornada tras jornada, con sus respectivos colores futboleros; manudo el primero, morado el segundo. Casi siempre los lunes protagonizan una discusión matutina que suele interrumpir un inusitado canto: “Ya llegó la negra, la de la empanada, la traigo de pollo, la traigo empacada”. Con un timbre de voz que podría envidiar la mismísima Chavela Vargas, una mujer de otro barrio, alta y morena, pregona la sabrosura de sus empanadas con distinta suerte en las ventas, según los apetitos y el bolsillo de la vecindad.

Muy temprano, Jovita atisba religiosamente a dos de sus amigas, quienes pasan por ella y se dirigen a la misa diaria en el hogar de los misioneros capuchinos. A la vuelta, dispone de sus pocos trastos para ofrecer café y pan con mantequilla a los olvidados que van quedando. Nadie pide que lo haga, ni pretende negociar con Dios su salvación. Simplemente, Jovita es así. Igual que María Alicia, quien hospeda a muy buen precio a varios trabajadores que salen al amanecer a buscarse la vida con cafecito chorreado y algún mendrugo en el buche.

Otro vecino es el galán jubilado que acostumbra asolear su espalda de rescatista, mientras informa con detalle a los voceadores del “huevo fresco, huevo grande”, y a los fantasmas de un desvencijado pickup azul, dónde están los compradores y los patios llenos de chunches, latas viejas y computadoras en desuso, materia prima que cargan, funden y convierten en billetes para vivir. Asimismo, a media semana, antes de que pase el camión recolector de la basura, pululan los buzos urbanos, antiguos náufragos del mar de las gaviotas negras, como llama el escritor Fernando Contreras al extinto botadero de Río Azul en Única mirando al mar, su célebre novela.

Este es un vecindario como tantos de la geografía urbana en el país de las lluvias. Basta con dar una vuelta a la manzana y verificar venturas y desventuras de los héroes imperfectos de la cotidianidad. Protagonistas en un escenario sin luz cenital, conforman un elenco de soñadores que se apañan día a día con la suerte, gozan y lloran con sus estertores de risa franca y lágrimas de verdad. Al pie de la letra, siguen las líneas del guion de Dios, pan y trabajo. Y están contentos, aunque no se enteran, porque, quizás, como escribió el filósofo francés Blaise Pascal: “Estando siempre dispuestos a ser felices, es inevitable no serlo alguna vez”.