
Hace mucho que no nos sentamos a conversar. Si no has reparado en ello, será porque tus emojis con el pulgar levantado, las manitas de autómata y los besos de corazón te hacen creer que más bien nunca, como ahora, nos habíamos comunicado tanto.
Hace rato que no escucho tu voz al otro lado del auricular. ¿Te acordás cuando dialogábamos por teléfono, en tiempo real? Existía un aparato en cada casa, y para hablar desde parques y esquinas había que andar con un buen puño de monedas e insertarlas en la ranura, con tan mala pata que a veces pasaban directo y va de nuevo, hasta que el chunche se las tragaba.
En cambio, la versión digital de los entes que somos ha reducido asombrosamente las distancias y ahora nos basta con un celular para dar la vuelta al mundo, en menos de lo que canta un gallo. Sin embargo ya no nos sentamos a conversar, como antes. Ya no tomamos café ni departimos durante horas como acostumbrábamos.
“Mirá, los regueros que hacés, ya te chorreaste, tonto”. “Dejame, es parte del ritual”. “¡Cuál ritual!”. Bromas y regaños, amorosas burlas, risas y lágrimas, felicidad y complicidad al tenor de cada día. ¿Será que, a nuestra edad, la vida nos va transformando en piezas de museo, no por viejos, sino por solitarios? ¿En cuántos grupos de whatsapp estamos inscritos? Ahora agregamos y presumimos con decenas de amigos cibernéticos, lo mismo en el vecindario que en el resto del mundo, gracias a la maravilla tecnológica de la inmediatez.
Es el ciberespacio, la conquista del universo.
No obstante, ocurre que las nuevas formas de decir “te quiero” y “me gusta”, se volvieron digitales, pero desprovistas de la interacción personal, del respeto al otro, de la sinceridad, de las miradas de afecto, de la ternura y las pupilas humedecidas. Ni qué decir de la intimidad en aquellos itinerarios de atracción y fusión entre sábanas por parajes repetidos, pero a la vez inéditos. Anhelantes y urgentes, juntábamos los cuerpos y comulgaban nuestras almas en la geografía de la piel. Si me deslizaba lentamente entre tu falda, la cercanía del aliento, el arrullo y el susurro, parecían renovar nuestra identificación plena y trascendental.
No es por tu culpa. No es por mi culpa.
Simplemente, el mundo cambió. Atrincheradas en la distancia, las personas ya no nos miramos a los ojos, ni nos tomamos de las manos, ni amamos, ni nos acariciamos.
Consumidores y usuarios, ávidos del feisbuc, del netflix y de otros dioses paganos teledirigidos, hemos resignado el protagonismo del diario vivir y, arrellanados en sillones de primera fila, seguimos embobados con gaseosa y palomitas el curso de vidas ajenas, sin percatarnos de que, en realidad, hemos cedido las líneas de nuestros propios libretos a los fantasmas cibernéticos en que nos han convertido, magos de la ubicuidad, presentes en todas partes, pero etéreos.
No somos más los viejos lobos de mar que, guiados por las estrellas, oteaban el horizonte. Si te envío un corazón rojo que late mágicamente, me respondés con el dibujillo de las manitas levantadas, vanamente expresivas. Pienso en los arqueólogos del futuro. Cuando les toque descifrar la colección de símbolos de nuestra cultura, plantearán sesudas hipótesis acerca de las formas y estilos de vida en el siglo XXI, y se sorprenderán de cuán fugaz se nos pasó la existencia, ensimismados con el apéndice electrónico que nos llegó a importar tanto, en detrimento de lo palpable y verdadero. Será entonces en una próxima generación en la que, picados por la curiosidad, los científicos del mañana diseccionarán memes y emojis en sus laboratorios con el mismo rigor de sus homólogos del pasado, aquellos que lograron escudriñar el enigma, casi insondable, de las formas rupestres en las Cuevas de Altamira.