Revista Dominical

Saprissa en el corazón: así es la vida de un ultra morado

Esteban Morales divide los días entre su oficio, la paternidad y rendirle culto al equipo de sus amores, en cuya barra milita desde hace más de veinte años para vivir el fútbol en primera fila

Ayer no solo ganó Saprissa, sino que resucitó. “Yo solo quería estar ahí”, dice Esteban Morales, desde su casa en Palmares, al pensar en cómo su equipo remontó, contra todos los pronósticos, un marcador de 2-0 que lo hizo clasificar a la siguiente ronda del torneo de fútbol local.

“En mi casa estamos todos emocionadísimos”, cuenta, refiriéndose a su esposa (también miembro de la Ultra), y sus dos hijas. “Lo que más quería era estar ahí, en medio de todos, apoyando al equipo”.

Últimamente Esteban no logra ir tanto al estadio. Entre su trabajo en un lavacar, la distancia que involucra su residencia en Palmares con relación a Tibás y la crianza de sus dos pequeñas hijas, el tiempo se le ha recortado “pero el amor por el equipo sigue intacto”.

Aunque creció en Heredia, Esteban es un morado de toda la vida. Tiene 34 años, es geógrafo y al fútbol llegó por las mejengas casuales de su barrio y al Saprissa llegó por azar.

De hecho, lo recuerda perfectamente.

Corría 1998 cuando por primera vez visitó el estadio Ricardo Saprissa para un partido contra San Ramón. Aunque su papá era moradísimo, nunca iban al estadio por los aprietos económicos. Fue un día que, de casualidad, el carnicero del mercado de Heredia le sobraba un espacio en platea. Su padre se emocionó tantísimo porque, en aquellos años, se podían llevar menores de edad al estadio siempre y cuando fuesen acompañados.

Aquel partido lo ganó Saprissa por cinco goles y aún, tantos años después, Esteban no sale del asombro de lo que vio a sus diez años. “Yo estaba en platea este con mi padre y en ese tiempo La Ultra ya tenía tres años. Me quedé como loco cuando vi la barra, me gustó la forma en la que animaban al equipo porque en ese tiempo no teníamos televisión por cable y uno se empapaba poco de lo que existía afuera. No había internet ni redes sociales, entonces todo se sentía diferente y nunca había creído que podía existir algo así”.

La barra del Saprissa, la primera del país, inició en abril de 1995, después de que el dirigente Enrique Artiñano trajera a uno de los cruzados, como se conocía a los integrantes de la barra de la Universidad Católica de Chile, para que guiara el proceso de construir una agrupación similar para el equipo tibaseño.

Así empezó un proceso único en Latinoamérica: no hay otro caso registrado en el que el club haya creado la barra a partir de su propia institución. Han pasado 27 años de historia y Esteban conoció La Ultra con apenas 3 años de fundación.

“Yo me quedé asombrado y dije ‘wow’. Desde ese día me enamoré de la barra, de cómo ellos alentaban. Mi tata me dijo: ‘usted puede ir cuando usted quiera, solo recuerde el camino que estamos haciendo de ida y de vuelta a la casa, pero usted puede ir’. Y del dicho al hecho: desde 1999 voy a la cancha, solo o con mis amigos, hasta el día de hoy. Llevo 22 años militando”.

Como su padre no podía pagar las entradas para ir al estadio, Esteban se las ingenió: hacía fila en el estadio, se acercaba a algún adulto de por ahí y le rogaba para que dijera que iban juntos. Los menores podían entrar gratis, siempre y cuando fueran acompañados.

Así se la jugó por años, domingo-miércoles-domingo, acompañando a Saprissa a levantar trofeos y en las tristezas que también da el fútbol.

“Ha sido una vida soñada. El primer jugador en cancha que me deslumbró fue Paté (Walter Centeno). Fue el más grande de mi generación. Estaba joven cuando empecé a ir, lo vi y lo acompañé hasta su retiro. Vivir eso desde la barra es único”, cuenta con entusiasmo.

—¿Cómo has hecho para acompañar durante tantos años al equipo?

—Cuando Saprissa juega ahí vamos. He ido a toda Centroamérica, a México, a todo lado. A lo largo de mi vida ha sido eso: inventar cosas, faltar al trabajo, a exámenes, no ir al colegio.. Se escucha irresponsable, pero uno se las ingenia. “Las cosas que hice por vos no las hice por nadie”, como dice la canción. Uno deja todo. Este año he ido un poco menos al estadio, pero por años he ido a la temporada completa.

—¿Cómo has acomodado tu vida diaria para poder acompañar tanto al equipo?

Las vacaciones comunes de cualquier empleado para mí son diferentes. Llevo seis años administrando un lavacar en Heredia y, al igual que en cualquier trabajo, yo llego y cumplo el año y los días de vacaciones los voy quemando poco a poco para Saprissa. Este año fui a México a ver el partido contra Pumas; si tengo cinco días libres se las dedico a Saprissa. A mi pareja la conocí en el estadio, imaginate. Este es como el mundo de uno. Hemos ido juntos a pretemporadas fuera del país y todo.

—¿Cómo fue que se conocieron?

—Estábamos en un partido. Estaba calentando Saprissa, la vi y me le acerqué a hablarle. Compartimos nuestro contacto y seguimos hablando, comenzamos la relación y ya llevamos diez años. Fue curiosamente en Alajuela, pero no en un partido contra la Liga sino contra Carmelita.

—¿Cómo hiciste para entrar a La Ultra?

—Tiene un proceso porque yo vi la barra y me enamoré, entonces empiezo a asistir al estadio, pero diay, soy un chamaco X, un carajillo, entonces viene ese proceso. Allá como en el 2001, cuando yo estaba en el colegio, detecté a una muchacha en gradería. Ella estaba en mi mismo colegio, en quinto año y ya eran varias veces que la había visto en el estadio.

“Yo a esto le llamo militancia en la barra. Yo quería integrarme más en el grupo, entonces le digo ‘hola’, la conozco y le digo que me lleve a las reuniones y me dice que bueno, que el viernes hay reunión. Dicho y hecho. Me llevó a la reunión de los de Heredia. Llegué, me acogió y me llevó como un chiquito frente a la gente y conocí a todos. En esa agrupación estuve como 5 meses, luego se deshizo y se crearon Los Cruzados en el 2002, y después más subgrupos.

—Aprovechando que decís esto, hay cierta confusión porque recientemente se habla mucho del término ‘peña’. ¿Qué son las peñas? ¿Pertenecen a La Ultra?

—Son eso: subgrupos. La Ultra tiene su forma organizacional. Está La Ultra que tiene como tentáculos o subgrupos, según las localidades en que viven los aficionados. Hay reglamentos en las peñas, hay estatutos y reglas en las cuales uno se desempeña. Hay posiciones políticas, hay líder, grupos de trabajo, secciones, como la parte musical. La banda de los morados, de la que soy parte, tiene seis años. Yo toco la murga, el bombo.

—¿Cuáles son las responsabilidades, las reglas ahí adentro?

—Estar comprometido con la agrupación es ir a la cancha, reunirnos, haciendo actividades, hacer trabajo social, ensayos de banda, arreglamos instrumentos. Todo eso tiene trabajo y a eso yo le llamo militancia. En la parte económica se hacen rifas para generar fondos para salir adelante con el grupo, comprar instrumentos, aportar para comprar globos, serpentinas, bombas de humo y tener ambiente lindo en el estadio. Es algo que la gente no ve.

“Ya son 22 años adentro, pasando por el cole, la U y la parte laboral y todo el mundo cree que le pagan a uno por eso o que le regalan entradas. Para nada: yo me pago mi anualidad, yo le aporto a la agrupación para que le dé al club. Es un trabajo 24-7. Es más que una familia, es demasiado trabajo.

—¿Cómo lo toma tu familia?

—Mi pareja mermó un poco de la barra para criar a las chiquillas, por supuesto, tomó mucho el rol de madre. La pequeñita nuestra tiene seis meses, entonces este año he ido un poco menos a los partidos. La otra pequeña entró a materno, entonces también hay más tiempo para invertirle. Este año dejé de ser el líder de la banda, renuncié al liderato porque ya estaba como loco de tener mil grupos en Whatsapp.

—¿Cómo sentís que es la relación de La Ultra con la dirigencia del equipo?

— De parte mía lo que veo es que la barra existe por puro amor al club. La relación está pero fatal y aún más después del veto del febrero 2020. En un partido contra Alajuela la directiva vetó a La Ultra. No nos dejan meter instrumentos, pero aún así la barra está presente.

El tema con la dirigencia es conflictivo. A lo que Esteban se refiere fue a un comunicado lanzado en ese momento por parte de la directiva morada.

Basta buscar periódicos de aquel momento para encontrar el detalle: “El Deportivo Saprissa informa que tras los incidentes ocurridos en el sector sur del estadio Ricardo Saprissa durante el clásico nacional, el Monstruo vetó a la barra conocida como ‘La Ultra’ y ampliará el sector a sur familiar”, se lee en la edición de La Nación de aquel momento.

En esa coyuntura, Juan Carlos Rojas, presidente del Deportivo Saprissa, dio fuertes declaraciones después de que algunos miembros de la barra se enfrentaran a la policía. “Ya es suficiente. Esto es inaceptable y va totalmente en contra de nuestros esfuerzos y valores de tener el estadio más familiar de la región”.

“Nos debemos a las familias, a los niños y jóvenes, que quieren ir al Saprissa a disfrutar de manera cómoda y segura un partido de fútbol. Vamos a ser muy firmes en luchar por esta visión, y hoy damos un paso histórico hacia dicho objetivo”, dijo Rojas en ese momento.

“No es desgastada la relación”, retoma en la conversación Esteban. “Es que más bien no hay relación”.

—¿Por qué lo decís?

—La organización de la barra no tiene nada hablado con la directiva. Para volver a los estadios, nosotros construimos un documento, una tesis con plan de seguridad, con un estatuto interno de la barra, es algo de calidad, formal. Lo intentamos presentar a Saprissa y hubo un acercamiento muy leve, pero hasta el día de hoy no nos han vuelto a decir nada.

—¿Cómo te hace sentir eso?

—Eso nos ahueva, nos pone tristes porque nos gustaría entrar a la gradería con color e instrumentos, pero hasta el momento en que no se siente la junta a hablar con La Ultra no se va a llegar a nada. Se está generando un cambio de mente en la barra, pero Saprissa no quiere hacer por dónde. Eliminar a la ultra no es posible, es una organización de 27 años que no la van a hacer desaparecer. Es algo inculcado en la cultura costarricense.

”En redes sociales hablan de maleantes, pero la barra ha querido limpiar la imagen no solo en medios sino a lo interno, alejando a cierta gente, vetando personas. Yo soy geógrafo, hay economistas, profesores, historiadores... Gente demasiado inteligente con demasiadas capacidades y hemos buscado acercamientos con Fuerza Pública para demostrar lo que en verdad somos.

”En la ultra hay trans, gays, gente mayor, niños... El club dice que quiere que el estadio sea familiar y La Ultra es una familia. Si usted me va a ver al estadio voy a estar con mis hijas. Somos la familia del Saprissa”.

Después del veto del 2020, la pandemia provocó estadios vacíos para evitar contagios de covid-19. Esteban cuenta que la ultra continuó sus reuniones, haciendo desde sesiones virtuales hasta fiestas de navidad. Hasta noviembre del 2021 regresó la apertura a los estadios y la adrenalina que siente Esteban de apoyar a su equipo, aunque no ingrese formalmente con la barra con la que milita.

Para la elaboración de este texto, se le solicitó al Deportivo Saprissa un vocero para comentar la situación, pero el departamento de prensa informó que solo remitirían esta respuesta: “durante la pandemia, en el año 2020, fue aprobada la Ley Contra la Violencia y el Racismo en el Deporte, la cual prohíbe a los clubes de fútbol destinar espacios específicos a las barras bravas. En este contexto, el Deportivo Saprissa se mantendrá respetuoso de la legislación nacional”.

—¿Qué es lo que más te llena de ser parte de La Ultra, aunque la relación con la dirigencia esté así?

—No sé cómo explicarlo... Es puro amor a Saprissa, amor al fútbol y que uno nace con esa cultura. Es una procesión ser un hincha, ser barra, tocar en los estadios... No es lo mismo que el aficionado común que va a ver el partido sentado. Nosotros tenemos un antes y un después del partido, vivir la previa , ir a la cancha con los amigos, tocar adentro... Así es como yo lo veo.

“Ayer (el día del partido de la remontada) no pude ir y fue una sufridera para ver si clasificábamos. Uno hasta se enferma de la preocupación. La gente me dice: ‘¿cómo se va a enfermar por eso? Qué va, me da gastritis. En un clásico siento ese hueco en el estómago antes del partido, pero el éxtasis que se siente a la salida de un campeonato solo así se vive.

—¿Cuál ha sido el momento más feliz que te ha dado Saprissa?

—Diría que el mundial de clubes o la 30. Ambos los viví demasiado fuerte, aunque recuerdo cuando ganamos la 23 que salí de gradería sur hasta platea: me le tiré a Hernán Medford encima y alcé el trofeo con él. Es inolvidable porque esos instantes hacen que todo esto valga la pena.

En escala de grises

En el 2014, el diario español El País tituló fuertemente un reportaje como Las barras bravas del fútbol, semilla de las maras en Costa Rica.

El texto comenzaba diciendo: “drogas, tatuajes discretos, robos, asaltos, extorsiones, amenazas, violencia con armas de fuego y puñales, pleitos callejeros, lealtad, lenguaje corporal y manual, cantos y estructura compartimentada por zonas con células dependientes de un mando superior y con un objetivo en común. La descripción parece remitir al aparato que rige a las maras 13 o Salvatrucha y a la 18, que atizan la inseguridad y la criminalidad en El Salvador, Guatemala y Honduras. Pero la realidad es que refleja el mecanismo operacional de las barras bravas del fútbol de la Primera División de Costa Rica”, se leía.

En la publicación, el reportero entrevistó a Juan José Andrade, entonces director general de la Fuerza Pública , quien decía que las barras “ya tienen algunos rasgos (de las maras). Hay algunas semejanzas que podríamos decir que pretenden imitar. Me parece que podrían estar emulando, aunque el nivel de estructura (de las barras) todavía no llega al de las maras”.

En el texto también se indicaba que por temor a represalias, una compañía de transporte público ha debido ceder sus autobuses para trasladar a integrantes de las barras a los estadios, en cuyos alrededores ocurren asaltos, robos y otros delitos.

“Primero, comparar esas dos cosas es un poco absurdo”, analiza Onésimo Rodríguez, profesor y antropólogo que se ha dedicado a estudiar el fenómeno de las barras bravas por 20 años. “Es un absurdo porque, por contexto, provienen de fenómenos sociopolíticos diferentes. No podés comparar la realidad salvadoreña con Costa Rica, pero ante todo las pandillas del triángulo norte de Centroamérica con el fútbol. Tienen fines y ambiciones diferentes, organizaciones diferentes. Y no lo digo por discriminar a ningún grupo, sino que provienen de espacios distintos”, explica.

“Las pandillas maras se crean en Estados Unidos, son transnacionales y llegan a ese triángulo norte. Comparar no significa homologar, sino contratar. No tiene sentido cuando salen publicaciones de este tipo”, agrega.

La Ultra Morada estuvo ayer en las afueras del Estadio Ricardo Saprissa. Facebook.

En estas dos décadas de investigación, la labor lo llevó a relacionarse con integrantes como Esteban, así como de otras barras de equipos.

—¿Cómo se interesó usted en las barras?

—Yo empecé en esto desde el 2002 para mi tesis de maestría y siempre lo he estudiado. Ahora está por publicarse un libro sobre organización política en barras de fútbol. Yo siempre he sido muy aficionado al fútbol y en aquel momento (2002) hubo una gran cantidad de noticias referentes a las barras, todas relacionadas con el accionar violento en la palestra mediática.

—Tras tantos años de estudio, ¿hay una forma de describir lo que es una barra?

—Son grupos muy heterogéneos. La población los piensa como grupo homógeneos que solo confluyen en un tipo de comportamientos violentos, pero es muchisimo más que eso. No solo son ese tipo de comportamientos violentos, sino que hay fines culturales, simbólicos, estructurales, políticos... Tienen una organización muy compleja con cadenas de mandos y líderes, no se reducen a una sola cualidad, sin importar si son en Costa Rica o el extranjero.

—¿Cómo conoció a Esteban?

—Lo conozco desde el 2005, cuando empecé a ir con ellos a los estadios. Fue un largo proceso en el que fuimos hasta México para un partido contra el América. Iba con ellos miércoles, sábado, domingo, yendo a sus casas, barrios, hasta invitarme a sus té de canastillas. Los he acompañado en actividades sociales de beneficio a otra gente, como comprar una silla de ruedas para una persona con discapacidad. Son cosas que la gente no ve. Lo mismo con otros integrantes de La Garra y La Doce (barras de Herediano y Alajuelense, respectivamente).

”Esteban tiene un modo de ver la barra muy distinta al que cualquier persona puede pensar. Esteban habla de militancia, que es una palabra importante porque tiene que ver con una organización, como una asociación de personas que pueden hacer cosas importantes.

—¿Cómo reaccionan ante la percepción de que son violentos?

—Ellos se sienten discriminados y que están siendo usados por parte de la prensa para ser juzgados sin que se conozcan las razones por las cuáles actúan cómo actúan. Hay violencia, por supuesto, no digo que no lo haya, que quede claro, de la misma forma en que hay violencia si salís en carro y recibís un pitazo. Eso es violencia también. Nos cuesta mucho identificar las formas de violencia que existen en la sociedad

”Lo importante es dejar en claro que las barras no es que están buscando camorra siempre. Son conflictivas, sí, pero en el sentido analítico, en el sentido de que hay conflictos internos y externos siempre como cualquier familia, empresa, etc. Si me decís que en tu trabajo no hay conflicto, te digo que mentira. En todo lado hay conflicto y eso no los hace una horda de criminales que vienen a desestabilizar la paz social.

—¿Por qué dedicarle una vida a un equipo de fútbol?

—Yo creo que hay que desmitificarlos un poco.Esteban es papá de dos niñas, tiene pareja, tiene mamá, tiene papá, tiene trabajo, ha tenido varios trabajos, se graduó de la universidad y ha sido líder de La Ultra. Es un conjunto plural de cosas. No es que vive solo para La Ultra. Sus miembros destinan mucho tiempo, eso sí, y en alguna medida los hace ser alguien dentro de la palestra del fútbol nacional. Ser un dirigente es asumir un puesto de dirección. Sos el director de algo, en términos ontológicos.

”Pero lo importante es que le dedican mucho tiempo porque les gusta mucho. Aparte de que son muy morados tienen la oportunidad de apoyar a través de grandes cantidades de tiempo. Pero no es que están metidos en eso todo el tiempo. Hay que desmitificarlo”.

Jorge Arturo Mora

Jorge Arturo Mora

Periodista de cultura y sociedad para Viva, Áncora y Revista Dominical.

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