
¿Cómo muere una democracia? La historia del siglo XX nos brindó dolorosos ejemplos de regímenes totalitarios que aniquilaron a su oposición físicamente, por millones, o los enviaron a prisión sin juicio ni sentencia. Nada más los exiliaban al olvido. Por eso, quizás, ahora es más difícil reconocer cuando una república empieza a marchitarse: porque no suele ocurrir de golpe, ni con esa brutalidad.
En 2026, las tendencias autoritarias parecen haber encontrado fórmulas para desmantelar los contrapesos democráticos desde adentro, caminando paso a paso con un velo de legitimidad. Luego es demasiado tarde.
En su influyente libro Cómo mueren las democracias, Daniel Ziblatt y Steven Levitsky anotan cuatro rasgos de comportamiento autoritario que despiertan las alarmas. El rechazo de las “reglas del juego” democráticas; negar la legitimidad de los opositores; tolerancia o azuzamiento de la violencia; disposición a cortar libertades civiles de opositores, incluidos los medios. No son cambios súbitos, ni tienen una sola forma de infiltrarse en las democracias.
En América Latina solo quedaba un gobierno totalitario hasta hace poco: el duradero régimen cubano, con sus presos políticos, censura y un partido único. Pero ahora Nicaragua, tras el rápido deterioro posterior a 2018, parece encaminada a desmanteler todo asomo de democracia. Bajo la égida de EE. UU., Venezuela transiciona hacia otro modelo, cuyas libertades quedan poco claras por ahora.
Pero parte de la región afronta nuevos desafíos en movimientos populistas que, sin llegar a la represión de esos tres países, minan la vida democrática. “(...) Mientras el régimen tradicional anula la democracia por la fuerza, la variante populista intenta instrumentalizar para desmantelar, desde adentro, los controles judiciales y legislativos que impiden el ejercicio de un poder absoluto, sin consecuencias legales”, explican Dylana Garro y Carlos González en un artículo publicado en Revista Derecho Electoral en abril.
De hecho, muchos de estos nuevos regímenes autoritarios, semiautoritarios o con tendencias represivas muchas veces llegan al poder por las urnas, mantienen elecciones e incluso pueden ser hasta populares. “Este camino hacia el poder —basado en la voluntad popular expresada libremente— permite a los representantes del régimen presentarlo como democrático”, apunta el politólogo Jerzy J. Wiatr.


Por supuesto, lo que incentiva estos votos es la policrisis perpetua de nuestras sociedades y economías, como recuerda el historiador David Díaz: “el crecimiento de la sensación de inseguridad, la actividad del narcotráfico, el crecimiento de los homicidios, y la corrupción”. En un entorno global hostil a las democracias liberales, no podemos perder de vista tampoco el estrecho entrelazamiento entre los gobiernos de uno y otro signo que buscan expandir su influencia a otros países. No hay islas en este tablero: todo está conectado.
De este modo, repasamos en esta edición algunos ejemplos de países que viven el autoritarismo o tendencias represivas día a día. Sabemos de la prensa, de opositores exiliados, pero debemos comprender que también toca el día a día, lo cotidiano, su teléfono, sus cuentas bancarias. Cuando se cede un poco de libertad, poco a poco se deshilacha el resto.
