Proyectos científicos de vanguardia para Costa Rica en el Centro Nacional de Alta Tecnología La tecnología microscópica y de nanotecnología es toda una realidad en el Centro Nacional de Alta Tecnología. (Rafael Pacheco Granados/Rafael Pacheco Granados)
Costa Rica construyó buena parte de su identidad moderna apostándole a trincheras que, en apariencia, no daban ganancias inmediatas: educación pública, salud universal, investigación científica y conservación ambiental. Mientras gran parte de Centroamérica atravesaba guerras civiles o modelos económicos profundamente desiguales, el país empezó a levantar lentamente una infraestructura científica que hoy explica por qué un territorio pequeño puede tener un ciclotrón capaz de detectar cáncer con tecnología de primer nivel o un radiotelescopio solar único en la región.
Pero esa historia no apareció de la nada.
Walter Fernández, físico de la Universidad de Costa Rica, expresidente de la Academia Nacional de Ciencias y exjerarca del antiguo Conicit, suele explicar que el origen de la ciencia costarricense está ligado directamente a la construcción misma del Estado. “Mucho antes de que existieran ministerios tecnológicos o laboratorios avanzados, Costa Rica empezó atrayendo naturalistas europeos fascinados con la biodiversidad tropical. Aquellos científicos recorrían volcanes, bosques y costas describiendo especies nuevas mientras el país apenas terminaba de consolidarse como república”, explica Fernández.
TRABAJO DE REVISTA DOMINICAL. Walter Fernández presidente de la Academia Nacional de Ciencias. Walter Fernández fue presidente de la Academia Nacional de Ciencias y ha seguido el pulso histórico del desarrollo tecnológico en el país. (Jose Cordero/José Cordero)
Ese interés científico tempranero terminó moldeando instituciones concretas. El Museo Nacional nació en 1887. “Luego aparecieron estructuras dedicadas a meteorología, agricultura y salud pública. La ciencia no se entendía como algo aislado del país, sino como una herramienta para construirlo”, señala Fernández.
El verdadero salto llegó en 1940 con la creación de la Universidad de Costa Rica. Fernández insiste en que ahí comienza realmente el sistema científico moderno costarricense. La UCR no solo graduó profesionales: creó laboratorios, investigación sistemática y una cultura académica estable en áreas como microbiología, medicina tropical, agronomía, biología, geología e ingeniería. “Mientras otros países de la región apenas sostenían educación superior limitada, Costa Rica comenzó a invertir recursos públicos en investigación científica de largo plazo”, acota Fernández.
En los años setenta y ochenta esa estructura explotó institucionalmente. Nacieron nuevas universidades públicas, la Vicerrectoría de Investigación de la UCR, el Consejo Nacional para Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicit) y posteriormente el Ministerio de Ciencia y Tecnología. Al mismo tiempo, el país desarrollaba investigaciones aplicadas en agricultura, vulcanología y biodiversidad tropical, muchas veces conectadas directamente con problemas concretos de la economía nacional.
Ahí aparecen instituciones como Corporación Bananera Nacional (Corbana), que hoy financia investigaciones para desarrollar bananos resistentes al Fusarium, o centros especializados que ayudaron a convertir a Costa Rica en una referencia internacional en conservación ambiental.
“Porque uno de los fenómenos más particulares del modelo costarricense fue convertir la biodiversidad en un laboratorio científico nacional. Mientras gran parte de América Latina destruía bosque aceleradamente, Costa Rica impulsó parques nacionales, investigación biológica y restauración forestal. Esa decisión no solo tuvo consecuencias ambientales: atrajo científicos internacionales, fortaleció universidades y terminó construyendo parte de la reputación global del país”, explica Fernández.
Algo parecido ocurrió con la salud pública. La creación de la Caja Costarricense de Seguro Social en 1941 permitió desarrollar programas de vacunación, investigación epidemiológica y atención primaria que décadas después se traducirían en algunos de los mejores indicadores sanitarios de América Latina. Durante la pandemia, esa infraestructura científica permitió que universidades y laboratorios costarricenses desarrollaran investigaciones inmunológicas, pruebas diagnósticas e incluso tratamientos experimentales.
Pero Fernández advierte que la historia científica costarricense también está llena de contradicciones.
Proyectos científicos de vanguardia para Costa Rica en el Centro Nacional de Alta Tecnología Muchos proyectos de vanguardia se desarrollan en los laboratorios del Cenat en Pavas. (Rafael Pacheco Granados/Rafael Pacheco Granados)
El país logró construir capacidades extraordinarias para su tamaño, aunque casi siempre con presupuestos limitados y una enorme fragilidad estructural. Costa Rica invierte menos del 0,4% de su PIB en investigación y desarrollo (afirma el Estado de La Nación), muy lejos de países desarrollados e incluso por debajo de otros países latinoamericanos. Y aun así, el país siguió produciendo proyectos científicos complejos.
“Hay investigadores acostumbrados a hacer mucho con poco. Universidades públicas sosteniendo proyectos durante décadas. Equipos científicos que sobreviven entre burocracia, financiamiento fragmentado y cambios políticos constantes”, afirma.
Por eso buena parte de la comunidad científica insiste en que el país atraviesa un momento decisivo: después de décadas construyendo capacidades científicas lentamente, Costa Rica todavía no termina de decidir cuánto está realmente dispuesta a invertir para sostenerlas.