Columnistas

6 años después, los efectos de la COVID-19 siguen creciendo silenciosamente en toda una generación

Las consecuencias más profundas de la covid-19 no ocurrieron solo en los servicios de salud, sino en aulas vacías, en niños aislados durante meses, en adolescentes con ansiedad y en familias obligadas a elegir entre protegerse o sobrevivir económicamente

María Luisa Ávila, pediatra infectóloga. Jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños. Miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
María Luisa Ávila, pediatra infectóloga. Jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños. Miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina. María Luisa Ávila

Hace seis años, expresiones como “R0”, “transmisión aérea” o “periodo de incubación” eran términos reservados para epidemiólogos. Hoy forman parte de conversaciones cotidianas. La pandemia convirtió, de manera abrupta e involuntaria, a toda una sociedad en estudiante de salud pública.

Aprendimos cómo se propaga un virus, por qué importan las vacunas y qué significa realmente que la ciencia “todavía esté aprendiendo”. Quizá uno de los legados positivos de la COVID-19 sea precisamente ese: la salud pública dejó de ser invisible. La ciudadanía entendió que las decisiones sanitarias afectan la vida diaria, las escuelas y hasta la manera en que nos relacionamos. Que se requiere un sistema de salud pública sólido capaz de responder con prontitud a estas emergencias.

La huella persiste. La respuesta reciente frente al hantavirus demuestra que muchas de las lecciones aprendidas permanecen: la población comprende mejor conceptos de prevención y vigilancia, y las instituciones reaccionan con mayor rapidez.

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