Lysalex Hernández A.. 22 diciembre, 2018
Con el paso de los siglos y en la Navidad los fieles adoptaron la costumbre de emular a San Nicolás de Bari, solo que en lugar de dinero regalan a los niños juguetes, ropa y chucherías. Fotografía: Wikimedia Commons
Con el paso de los siglos y en la Navidad los fieles adoptaron la costumbre de emular a San Nicolás de Bari, solo que en lugar de dinero regalan a los niños juguetes, ropa y chucherías. Fotografía: Wikimedia Commons

La leyenda aúrea cubre su vida. De él pueden escribirse dos biografías: una histórica, que no daría ni para cuatro líneas; otra –arraigada en el pueblo– que tiene 1,700 años y escapa a la prueba positivista, materialista y atea.

El lector debe de tener presente que pese a los nimios datos documentales sobre el obispo Nicolás de Bari, lo único realmente cierto es que no tiene relación con ese gordinflón senil de barba blanca, traje rojo, botas negras y risa psicótica que los comerciantes llaman: Santa Claus.

Hay que deslindar las aguas y aclarar a los ingenuos que San Nicolás es el santo patrono de Rusia; también vela por los niños, eruditos, vírgenes, marinos, comerciantes y –en la Edad Media– hasta por los ladrones.

Los hagiógrafos estiman que nació en Patara –una ciudad de Asia Menor cerca de la actual Turquía– allá por el año 275 y murió el 6 de diciembre del 345, en Myra, donde fue obispo. Lo enterraron en Nicea.

Durante la persecución romana contra los cristianos lo enviaron a la prisión y fue liberado por Constantino; algunos lo vieron oponerse a los arrianos en el Concilio de Nicea, pero hasta ese dato navega entre las brumas del pasado.

En el terreno de lo improbable sobra quienes aseguran que sus padres fueron Epifanio y Juana, ambos estériles como mulas; pero bendecidos con un hijo que sería santo, y tan bueno, que no mamaba los viernes por ser día de penitencia.

Por esas ocurrencias de los jóvenes viajó a Egipto y a Palestina; cuando regresó a Myra lo nombraron obispo, de la manera más inverosímil. A falta de un acuerdo entre los electores, un anciano sacerdote propuso escoger al primer cristiano que llegara a misa al día siguiente, y Nicolás nunca fallaba a la cita divina.

Generosidad sin límite

En Occidente y Oriente San Nicolás es una celebridad; por eso le consagraron dos mil iglesias, adonde acuden los acólitos para prevenir naufragios, incendios y, cuando la situación económica apreta, el santo se luce con sus milagros.

La fama de generoso la tenía desde joven. Al parecer un día –camino de la Iglesia– encontró a una limosnera enferma que le suplicó por unas monedas; aunque no tenía ni un botón viejo que regalarle, la curó en nombre de Jesús.

Pero nada como la ocasión en que un rico mercader –venido a menos– tuvo la infeliz idea de prostituir a sus hijas para pagarles la dote y “casoriarlas”. Por esos días cada quien se las apañaba como podía.

San Nicolás abortó el siniestro plan con su magnanimidad. Una noche delizó un saquito de oro por la ventana del aspirante a proxeneta; volvió dos veces más y así logró que las jóvenes –al estilo de esos tiempos– pasaran por la sacristía.

Con el paso de los siglos y en la Navidad los fieles adoptaron la costumbre de emular al santo, solo que en lugar de dinero regalan a los niños juguetes, ropa y chucherías.

La mayoría de los prodigios de San Nicolás los recopiló San Metodio, Arzobispo de Constantinopla. El santo decía a su padres: “sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dado tanto”.

Dar sin recibir

Un tío lo ordenó sacerdote y cuando la peste mató a sus papás heredó una fortuna, que no dilapidó en mujeres ni francachelas, si no en atender a los pobres.

Aprovechó el tiempo para predicar, enfrentar a las diferentes herejías, atacar la idolatría y convertir a judíos y árabes.

Es difícil probar que Licinio, el emperador romano, lo metió en sus mazmorras y lo torturó, marcando su rostro con hierros candentes. También está en duda si asistió al Concilio de Nicea, en el 325, ya que su nombre no aparece en la lista de obispos.

Más allá de las excentricidades que cuentan sus devotos San Nicolás –como todo mortal– fue llamado a cuentas el 6 de diciembre del 345 y sus restos quedaron en Myra, un territorio que cayó en poder de los infieles musulmanes.

La historia no acabó ahí y siguió con un operativo digno de unas fuerzas especiales, al estilo de los modernos comandos de rescate.

Una misión de comerciantes navegó en tres barcas a la costa de Lycia; evadió a los mahometanos y rescató el cofre con los restos del futuro santo y los llevaron a la ciudad italiana de Bari, el 9 de mayo de 1087; los depositaron en la Iglesia de San Esteban.

El primer día que se expusieron por los menos 30 personas fueron sanadas y desde esa fecha la tumba es famosa por sus peregrinaciones, pero más aún porque sin estridencias ni fantasías paganas San Nicolás concede el más preciado de los obsequios: la generosidad.

Santidad y ficción

La Navidad moderna está asociada a un personaje: Santa Claus. Pero este es un impostor, quien suplantó al verdadero: San Nicolás de Bari.

El Santa de los anuncios de gaseosas está asociado a la emoción, la felicidad pasajera, los renos, la nieve y una serie de símbolos paganos; muy distante del santo cristiano modelo de la generosidad y el servicio a los pobres.

La imagen publicitaria, radiante y sonriente, es un producto comercial que alienta el consumo; el otro, San Nicolás, promueve la compasión y el amor.