Jorge Hernández S.. 1 marzo
En esta fotografía del 8 de junio de 1972, la niña de nueve años Kim Phuc (centro) corría intentando salvar su vida mientras su cuerpo sufría quemaduras de tercer y cuarto grado. Fotografía: AP
En esta fotografía del 8 de junio de 1972, la niña de nueve años Kim Phuc (centro) corría intentando salvar su vida mientras su cuerpo sufría quemaduras de tercer y cuarto grado. Fotografía: AP

Padeció el dolor más grande que jamás nadie sintió. Entre el humo negro, la niña aullaba. La piel le colgaba como un vestido roto. Estaba en una pagoda, en Saigón, el 8 de junio de 1972, cuando llovió fuego del cielo.

No era agua, si no napalm. El invento más diabólico de los científicos de la muerte. El químico Louis Fieser, y su equipo de investigación, superó a los de DuPont y Standard Oil en el contrato para fabricar bombas incendiarias.

El napalm es una sustancia más inflamable que la gasolina, se adhiere a la piel de sus víctimas y, en instantes, genera temperaturas de 800 a 1,200 grados centígrados, doce veces más que el agua hirviente.

La aviación británica, en la Segunda Guerra Mundial, arrasó la ciudad alemana de Dresde con millones de esas bombas; igual hicieron en Japón y alcanzó su máxima expresión en la guerra de Vietnam, donde barrió selvas y aldeas.

Una de esas fue el poblado de Trang Bang; el ejército gringo escogió ese objetivo –como parte de una campaña punitiva– y lanzó decenas de explosivos; ahí vivía con su familia Kim Phuc Pac.

Ella nació el 2 de abril de 1963, ocho años después de que estalló la guerra, sus padres D Ngocy Phan Thanh eran agricultores, y fue criada en una religión politeísta.

El día del ataque varios niños murieron calcinados y ella huyó hacia la carretera, ahí la encontró el fotógrafo Nick Ut –de Associated Press–, quien le tomó una icónica imagen que publicaron todos los periódicos del mundo.

Al principio el jefe del fotoperiodista rechazó difundir la imagen de una niña desnuda; al final aceptó correr el riesgo y unos dicen que eso influyó en el retiro de las tropas norteamericanas.

¡Quema, quema!

Kim Phuc gritaba esas dos palabras, porque el cuerpo le ardía como si estuviera en las brasas. Nick tiró su cámara al piso, la atrapó y le roció agua de su cantimplora para aplacar el ardor.

A lo largo de su vida, Kim Phuc ha trabajado en distintas fundaciones y fue nombrada como embajadora de la UNESCO, buscando sensibilizar al mundo con su historia. Fotografía: AP
A lo largo de su vida, Kim Phuc ha trabajado en distintas fundaciones y fue nombrada como embajadora de la UNESCO, buscando sensibilizar al mundo con su historia. Fotografía: AP

La subió a su camioneta y salió disparado al hospital más cercano, ahí la recibieron con una mueca, porque los médicos creyeron que viviría solo un par de horas más.

No era para menos. Kim tenía quemaduras de tercer y cuarto grado en la mitad del cuerpo, sobre todo en la espalda y uno de sus brazos; lo que era piel, quedó hecho un pellejo cocinado.

Vivió 14 meses hospitalizada; padeció 17 operaciones de injertos, necesitó dos años adicionales de terapia y perdió la sensibilidad en la piel.

Después de 44 años de sufrimiento recibió un novedoso tratamiento con láser; este consistió en desaparecer poco a poco la epidermis cicatrizada y regenerar la piel para recuperar las sensaciones nerviosas y el sentido del tacto.

Los médicos probaron 50 combinaciones distintas de láser antes de lograr la adecuada y por fin, logró “sentir la pequeña mano de mi nieto en mi brazo”.

Además del dolor y las secuelas físicas y psicológicas Kim debió superar las exigencias del régimen comunista vietnamita, que la convirtió en un símbolo de la barbarie de la guerra imperialista.

La burocracia estatal la sometió a miles de entrevistas, la obligó a grabar películas, tuvo que abandonar los estudios secundarios para dedicarse a revivir su tragedia, todo en aras de la propaganda política.

La niña del napalm

Con una licencia especial pudo viajar a la Universidad de La Habana a los 21 años; estudió inglés y español. Ahí conoció a un compañero vietnamita, Bui Huy Toan, con quien se casó y tuvo dos hijos.

En uno de sus viajes de propaganda solicitaron asilo en Canadá, donde fundaron su hogar y obtuvieron la ciudadanía de ese país.

A los 33 años participó en el Día de los Veteranos en Estados Unidos; conoció y perdonó a John Plummer, el piloto quien participó en el ataque donde la quemaron. Él le pidió perdón y ella aceptó.

eN 1997. Kim Phuc sostiene a su hijo Thomas, quien ese momento tenía tres años, mientras se encontraban en su apartamento en la ciudad de Toronto, donde pidieron asilo. Fotografía: AP
eN 1997. Kim Phuc sostiene a su hijo Thomas, quien ese momento tenía tres años, mientras se encontraban en su apartamento en la ciudad de Toronto, donde pidieron asilo. Fotografía: AP

Un año más tarde, en 1997, la nombraron embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO y estableció la Fundación Kim para los niños huérfanos de guerra; esta organización se financia con donaciones y tiene sedes en Ontario y Chicago.

Kim Phuc se convirtió al catolicismo y asegura que así se liberó de los monstruos de la venganza. “Tengo muchas cicatrices en el cuerpo, aún siento fuertes dolores todos los días, pero mi corazón está limpio”.

Durante muchos años intentó escapar de aquella foto maldita, olvidar todo lo que había pasado.

El napalm es muy poderoso, pero la fe y el amor tienen más poder; la niña de la fotografía, que corre desesperada por el dolor, fue capaz de vencer el odio, con esperanza y perdón.

Como un ave fénix

Liberada por la fe. El cristianismo ayudó a Kim Phuc Pac a superar sus traumas. “Tengo una maravillosa conexión... mi relación con Jesús y con Dios. Y a partir de ese momento, aprendí a perdonar”.

Foto del terror. La imagen de Kim Phuc, y otros niños, fue portada en todos los periódicos del mundo; ganó el Premio Pulitzer y acabó con la falaz idea de un “conflicto necesario”. Reveló la brutalidad de la guerra de Vietnam.

Sin conciencia moral. El científico Louis Fieser nunca tuvo problemas éticos o morales con el uso militar de sus inventos, él se consideraba solo un investigador.