Herberth Castro. 8 diciembre
Foto: AFP.
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En las historietas solemos creer que los protagonistas son inmortales, al punto que cuando alguno fallece, suponemos que volverá con nosotros de alguna u otra manera y no tememos o sufrimos por su muerte.

Stan Lee nos dejó este 2018 y el problema es que muchos nos habíamos convencido ilusamente de que este ícono de la cultura popular era inmortal, que era un héroe del mundo de los cómics como sus creaciones y que lo veríamos para siempre haciendo cameos en la próxima película del MCU o firmando autógrafos en alguna cercana convención.

Por ello, a pesar de sus 95 años y una vida plena, su muerte llenó al mundo entero de pesar; nos habíamos acostumbrado a tenerlo con nosotros, como si Stan fuera una parte esencial de la experiencia humana en la Tierra.

Siendo justos, y poniendo en perspectiva su obra y legado, el error es entendible; después de todo la inmortalidad de Lee no puede ser negada. Stan está con nosotros cada vez que vemos a un pequeño Hulk en una fiesta de niños, cuando vamos al cine y gritamos de dolor creyendo que vimos el último suspiro de Iron Man, cuando prendemos nuestra consola de videojuegos y nos columpiamos entre gigantescos edificios en la ciudad de Nueva York y cuando vamos al “chino” de la esquina y vemos un juguete de Thor mal hecho y a un pequeño niño llorando para que se lo compren.

Lo interesante es que Stan Lee nunca soñó o pretendió lograr tal impacto cultural y global con las historietas, un pasatiempo que era visto en su época como un arte menor.

Nació como Stanley Martin Lieber y fue un lector asiduo, de esos que leían hasta las etiquetas del shampoo en el baño. Era propenso a imaginar y plasmar sus propias historias desde muy joven y su sueño era escribir novelas, al punto de guardar su nombre completo para cuando pudiera lograrlo. Terminó escribiendo cómics porque no le quedó de otra e inventó un seudónimo con la primera palabra de su nombre: Stan Lee.

Por mucho tiempo, pensó que quería hacer algo mejor que los cómics; se avergonzaba un poco de su trabajo, pero no encontraba realmente que hubiera algo mejor.

Inició su carrera en Timely Comics en 1939, como asistente; escribió su primer cómic en 1941 en una historia del Capitán América, héroe creado por Joe Simon y Jack Kirby, que rápidamente se convirtió en la cara de la compañía. Ese mismo año, tras una serie de disputas internas, se convirtió inesperadamente en editor de la empresa con tan solo 19 años, al ser nombrado por su primo Martin Goodman en ese puesto.

Fue una época convulsa en la que el gusto del público por los superhéroes disminuyó; hubo muchas bajas y la compañía, inclusive, estuvo al borde de la bancarrota. Con el tiempo Timely Comics evolucionó a Atlas Comics y finalmente a Marvel Comics, en 1961.

DC, la gran editorial de la época, lanzó La Liga de la Justicia con éxito. Marvel necesitaba reaccionar con algo de su propia creación a riesgo de no poder continuar con el negocio. Pero mientras DC tenía a Batman, Superman, Wonder Woman, Flash y Linterna Verde, Marvel no tenía casi nada con qué reaccionar para crear su propio equipo.

Stan, gracias a palabras de aliento de su esposa y amor de su vida, Joan, decidió escribir algo diferente, algo más humano. Se unió con el artista y también genio de los cómics, Jack Kirby y entre ambos crearon su propio equipo de superhéroes: Los 4 Fantásticos. Este título se vendió como nunca para la editorial y dio a inicio a lo que se conoce como la era Marvel de los cómics.

La dupla Kirby-Lee dio origen a nada más y nada menos que a Hulk, Thor, Iron Man y los X-Men, un título con un concepto de crítica social, desconocido en la época. Daredevil nació de la colaboración de Lee con Bill Everett y junto con Steve Ditko, Stan creó a Dr Strange y al ícono de Marvel más querido por los fans: el amistoso vecino, Spider-Man.

En total ayudó a crear a más de 60 títulos, y claro está, algunos no fueron exitosos pero poco importó: Stan nunca más creyó que su trabajo era de segunda categoría, y por el contrario se convirtió en vocero e imagen de Marvel. Eso sí, esto no sucedió sin polémica y resentimiento, especialmente por el olvido mostrado a otros baluartes del periodo como Kirby o Ditko por parte de la editorial.

“Los héroes nos muestran que no es necesario ser perfecto para hacer el bien. Esto no es acerca de vivir sin miedo, es enfrentar las injusticias. No es acerca de ser poderoso, es encontrar tu llamado cuando menos lo esperas".

Lo que es innegable es que los cimientos de esa época productiva no solo cambiaron el mundo de los cómics, sino el mundo tal y como lo conocemos. El legado de Lee fue humanizar a los superhéroes, hacerlos parte de nosotros, con nuestros mismos dilemas y dramas.

El sentido de responsabilidad y humanidad que transmitió a través de sus historias es lo más valioso de la obra de Stan Lee y ha permitido que millones de lectores encuentren la enseñanza que necesitaban en el momento justo.

Cuando se me encomendó escribir este obituario no pude hacer más que mirar el cómic firmado por Lee que tengo en mi casa y pensar que no estaba preparado para algo tan importante, tan personal para tanta gente. La responsabilidad de retratarlo como merecía era gigante y me entraron las dudas, pensé poner alguna excusa y proponer que se lo dieran a alguien más, pero solo pude escuchar la voz de Stan hablando a través del cuadro: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

No había marcha atrás, la enseñanza más grande de Lee era ineludible: todos somos héroes en nuestra propia vida y solo nos queda ir hacia adelante. O como hubiera dicho él: “¡Excélsior!”, que significa: “Hacia arriba y hacia adelante por la gloria mayor”.

El autor es ingeniero de software, y fundador y editor del medio digital The Couch - thecouch.world.