Diego Jiménez F.. 11 diciembre, 2016

No se puede hablar de arte contemporáneo en Costa Rica sin mencionar el nombre de Joaquín Rodríguez del Paso. A su muerte, el 30 de octubre, artistas, profesores y galeristas coincidieron en ello. “Joaquín y Priscilla Monge fueron los primeros artistas en introducir el arte conceptual en Costa Rica”, recordó entonces el galerista Klaus Steinmetz, amigo de Rodríguez y testigo cercano de la carrera de este creador, a quien el medio recuerda por su destreza técnica, su constante reflexión teórica y su espíritu de docencia.

Ilustración: Augusto Ramírez.
Ilustración: Augusto Ramírez.

Nacido en Puebla (México) en 1961, Rodríguez se mudó a Costa Rica desde muy joven. Tras hacer estudios de arquitectura, terminó graduándose en cerámica en la Universidad de Costa Rica. Luego, viajó a Nueva York, para obtener una maestría en Diseño Industrial en el Pratt Institute.

Sus estudios en esas tres ramas alimentaron la forma en que concebía su carrera. Decía que la arquitectura y el diseño están obligados a dar soluciones, mientras que la tarea del arte es hacer cuestionamientos.

Y eso fue lo que hizo una y otra vez con sus pinturas e instalaciones: cuestionar. El arte de Rodríguez del Paso lanzaba miradas agudas sobre las relaciones de poder entre Estados Unidos y el Tercer Mundo, sobre la forma en que otros nos miran y sobre la construcción de nuestra identidad a partir de la noción de paraíso.

Sin embargo, Rodríguez emprendía estos abordajes evitando enfoques acusadores o lastimeros. Él estaba convencido de que el mismo arte no escapaba de las relaciones de poder que exhibía en sus obras. “El arte funciona perversamente como un insidioso agente encargado de persuadirnos acerca de la superioridad de la producción intelectual de los países hegemónicos”, decía en un artículo John Nadador, el álter ego que Rodríguez creó para lanzar sus postulaciones teóricas. El nombre era una combinación de dos de su mentores en Nueva York: John Robshaw y Gary Swimmer. Así de ingenioso era.