
Cuántas veces nos ha calado el dolor de pensar en el futuro de una vieja fotografía. En el caso de la familia Villalobos, había una foto especial que nadie se atrevía a guardar demasiado lejos; era la pista de un “antiguo” miembro de la familia, un hijo, un padre... Su nombre: Minor Villalobos.
La imagen no era nada del otro mundo. Un retrato tipo pasaporte. Parecería una foto más, pero era la última imagen que conservó su familia por 24 años, cuando Minor, después del funeral de su hermano, desapareció.
Ese rostro detenido en el tiempo, esa foto que se tornaba gris con el paso de los años... Esa foto era una pregunta, era una esperanza... Para su madre, especialmente, era todo.
El drama

La familia Villalobos, de La Uruca, tuvo uno de sus días más tristes cuando Alberto, uno de los hijos de doña Ana Isabel, falleció en un accidente en Orosi. Aquel azul 14 de julio del 2002, después del funeral, Minor, su otro hijo, salió de su casa y comenzó una vida de la que su familia no volvió a tener noticia.
Su madre lo perdió de vista. Eran otros tiempos. No había WhatsApp. No había tanta conexión como ahora, recuerda. Ella no sabía en qué lugar dormía su hijo, quiénes eran las personas que lo rodeaban, qué trabajos había tenido, si estaba enfermo o si alguna vez pensaba en volver a aquella casa de La Uruca.
Minor tenía entonces 35 años. La familia tampoco sabía qué había ocurrido exactamente con él. Solo conservaba una certeza: estaba vivo. ¿Cómo lo sabía? Pues su madre se metía todas las semanas a consultar si Minor seguía apareciendo con vida en el Registro Civil del Tribunal Supremo de Elecciones.
“No era suficiente para encontrarlo, pero sí para seguir buscándolo”, rememora su madre.
Mientras Minor desaparecía dentro de esa vida, doña Ana Isabel, hoy de 80 años, empezó a buscarlo por otros caminos. Fue a templos católicos en Roma, Colombia, México, República Dominicana y Tierra Santa. Visitó incontables veces el Cristo Negro de Alajuelita. No faltó a las Romerías. Caminó una y otra vez con la esperanza de que, en algún momento, una noticia, una llamada o una casualidad pusiera a su hijo nuevamente frente a ella.
“Desde que Minor se fue, todos los años he hecho la Romería, pero este año fue muy distinta. Sentía una gran alegría como si fuera la última que la fuera a realizar”, cuenta. Logró entrar a la Basílica y allí volvió a pedir por él. “Le pedí a La Virgencita que me devolviera a mi hijo como estuviera sin importar su condición”.
Sorpresivamente, a varios kilómetros de allí, Minor llevaba meses intentando reconstruir su propia vida.
Recomenzar

Minor, ahogado en la tristeza y la soledad, había llegado a La Fortuna de San Carlos hace muchos años. En San José, después de haberse ido de su casa, había trabajado como jefe de seguridad en un centro comercial y, tiempo después, se encontró con Esteban, a quien conocía desde que era muy joven y cuyo padre había sido dueño de un estudio llamado La Gatita.
Conversaron, intercambiaron números y poco después Minor recibió una llamada para ir a trabajar a La Fortuna durante unas vacaciones. El puesto era de salonero y sería temporal, pero resultó que el otro trabajador que debía volver a su puesto nunca regresó y Minor terminó quedándose por casualidad.
“Yo me vine, no pensaba quedarme, pero bueno así son las cosas y yo nunca me fui”, cuenta hoy.
Lo que debía ser un trabajo temporal terminó convirtiéndose en muchos años de vida. Fue salonero, bartender y trabajó en distintos lugares de la zona. Conoció a gente que todavía hoy lo recuerda y terminó siendo querido en la comunidad. Nuevamente una ironía: en San José era una ausencia, pero para La Fortuna era un rostro conocido.
Aún así, la vida se le puso cuesta arriba. “Había gente que me quería hacer calzar, gente con la que tenía que ser otra persona”, cuenta Minor, refiriéndose a una situación que acabó en abuso de sustancias. Esto llevó a Minor a vivir en condición de calle durante aproximadamente ocho años,
Pero Minor no quiere describir esos calendarios como una historia en la que todo fue abandono. Cuenta que siempre hubo personas que lo ayudaron: alguien le daba comida, alguien le daba ropa, alguien le ofrecía un sitio donde quedarse de vez en cuando. “Yo siempre tuve donde comer, donde estar”, dice. “Pero me estaba deteriorando, estaba muy abajo”, rememora.
Cuando intenta explicar qué lo llevó a apartarse durante tanto tiempo, Minor habla de depresión, pero sobre todo habla de los excesos y de la falsa seguridad de pensar que aquello podía controlarse. “El creer que a mí no me iba a pasar”, dice, “eso engaña. Uno cree que no va a caer, uno cree que eso no te va a afectar la vida”, dice, refiriéndose al consumo de sustancias.
En los últimos meses comenzaron a aparecer manos que lo empujaron en otra dirección. Una trabajadora social llamada Carol Peñaranda, que trabaja en la Asociación de Desarrollo Integral de La Fortuna (Adifort), empezó a ayudarlo; le llevaba ropa, comida y lo necesario para seguir adelante. Después llevó el caso a la Junta Directiva de Adifort, que desde marzo le dio alimento, techo y atención médica.
A principios de agosto, Adifort gestionó su traslado a la Casa de Refugio Emmanuel, en El Tanque de La Fortuna, donde personas que han pasado por abandono, adicciones o la calle encuentran un lugar desde el cual intentar reconstruirse.
Para Minor, el cambio no consistió únicamente en tener dónde dormir, sino en recuperar la relación consigo mismo.
“Fue difícil porque es muy complicado volver a quererme a mí mismo, lo he logrado con tanto apoyo. Tuve que reconocer el daño que me estaba haciendo, creer nuevamente en la vida después de tantos años de estar apartados. Y sobre todo, empezar a creer que había personas a las que yo todavía le importaba”.
Yo hoy me siento feliz; siento que Bill Gates es un pobretón a la par de la fortuna que hoy tengo en mi vida
— Minor Villalobos

Hoy Minor mira para atrás y no describe aquellos días como una decisión razonada de abandonar a los suyos, sino como el comienzo de un aislamiento que fue creciendo hasta envolverlo. “Uno llega a montarse una nube o una burbuja”, explica, y hace una pausa como si todavía estuviera buscando con las manos explicar por qué se alejó. “Uno se va aislando del mundo”. Dentro de esa burbuja, también dejó de reconocerse a sí mismo. “Uno no puede dejar de quererse”.
Pero aún faltaba lo más importante: ya tenía un nuevo futuro, pero su pasado seguía tocando la puerta... ¿Qué cambió todo? Pues, para su sorpresa, que aquella fotografía suya, tamaño pasaporte, salió de una gaveta.
El reencuentro

Amalia Pérez, nieta de doña Ana Isabel, tomó la única imagen que la familia conservaba de Minor y decidió publicarla en redes sociales. Sabían que La Fortuna había sido su último lugar de votación, así que la difundieron en grupos de esa zona. No tenían una dirección ni un número de teléfono... Tenían un rostro y 24 años de preguntas.
La gente de la Fortuna reconoció el rostro, lo recordaban como aquel que habían visto detrás de una barra, sirviendo en mesas o caminando por las calles de la comunidad.
La fotografía empezó a circular y la información llegó hasta Adifort. Minor supo que lo estaban buscando. “Yo no podía creer que me estaban buscando”.
Al preguntarle si alguna vez pensó que volvería a ver a su madre, no habla de probabilidades. “Era el tiempo en que tenía que pasar”, responde. “Hay cosas que son inevitables”, dice con una sonrisa y las palmas juntas.
El 16 de agosto, después de 24 años, doña Ana Isabel volvió a ver a su hijo.
Al principio dudó, cuenta ella. Era comprensible. El hombre que tenía delante tenía 59 años. El rostro de la fotografía y el rostro que ahora estaba frente a ella pertenecían a dos momentos muy distintos de una misma vida.
Pero entonces Minor comenzó a hablar con Patricia, su hermana, con quien había sido muy unido durante la infancia.
“Yo supe que era mi hijo por la forma en que comenzó a hablar con Patricia. Hablaban de travesuras que hacían de niños y sí coincidían, yo recordaba”, cuenta doña Ana Isabel, feliz, agradecida.
“Ese encuentro fue maravilloso y especial”, dijo. “Dios tiene un propósito y de ahora en adelante siento que llené el vacío que tenía mi corazón, me siento muy feliz y contenta”.
Minor recuerda esos primeros minutos de reencuentro con una alegría que todavía parece desbordarle las palabras. Dice que se sintió tan afortunado que, “por decirlo de alguna manera, Bill Gates es “cualquier pobretón” a la par de la fortuna que hoy tengo. Estoy feliz".
A los días, apareció Verónica, su única hija. Minor no sabía que iba a verla. La última vez que había estado con ella tenía 12 años. Ahora ella tiene 37, es madre de cuatro hijos y vive en Puriscal. Para él, verla convertida en una mujer adulta fue un golpe de emoción inesperado. “No sabía que venía, fue algo muy lindo, mi familia ya es todo para mí, es de no creer”, cuenta. Después vinieron el abrazo, el beso, las lágrimas. “Un sentimiento indescriptible”.
Verónica, conmovida, dice que esta es “una nueva etapa en la cual trataremos de sanar heridas y conocernos”, dijo. “Esa niña que recuerda a su papá puede ahora florecer y convivir con él”. Por su parte, Minor dice que “más allá de todo lo que pasó estos años, solo quiero aprovechar esta oportunidad como padre e hija. A veces, las personas que hemos pasado por cosas como estas que pasé yo, es lo que necesitamos: una oportunidad”.
Casa de Refugio Emmanuel necesita apoyo
Para seguir brindado apoyo a personas en situación de calle o abandono, la Casa de Refugio Emmanuel requiere de alimentos, colchones, ropa e implementos de uso personal. Este centro funciona a través de donaciones.
“Actualmente atendemos a 13 personas, pero en cinco años hemos beneficiado a más de 100 personas de todo el país, entre ellas, vecinos de Puntarenas, Heredia, Alajuela, de la Frontera Norte, entre otros”, explica Umeky Abarca, directora del Casa Emmanuel
Si usted desea realizar alguna donación de este tipo puede contactarse al teléfono 8357 6207.
