Jorge Arturo Mora. 4 agosto, 2019
El Comfort se mantuvo una semana en el país. Es un barco hospital que realiza misiones humanitarias de cinco meses. Es su segunda visita a Costa Rica. Foto: Jorge Navarro
El Comfort se mantuvo una semana en el país. Es un barco hospital que realiza misiones humanitarias de cinco meses. Es su segunda visita a Costa Rica. Foto: Jorge Navarro

La teniente Devin Arneson tambalea al enfrentarse a un pasillo de cuatro esquinas. Ambos buscamos llegar a la cubierta de vuelo en una ruta que implica sortear tríos de salidas de emergencia que se asoman como concurso de puerta millonaria.

“Perdóname”, dice Devin con su acaramelada voz mientras intenta abrir la puerta correcta. “Soy nueva en esto”.

La confusión de la militar estadounidense es comprensible. Estamos en el laberíntico U. S. N. S. Comfort, barco de 894 pies de largo que contiene en sus salones un hospital flotante que viaja por el mundo.

Este navío, que ha atracado en Puntarenas el 23 de julio, posee tal magnanimidad al punto de que Román Macaya, presidente de la Caja Costarricense del Seguro Social, aseguró que “de repente, de un día para otro, Puntarenas tiene el hospital más grande de Costa Rica”.

Razón le sobra. Al poco tiempo de permanecer dentro del barco, el sentimiento flotante desaparece. Las baldosas azules, las camillas blancas y el inevitable olor a medicina rebota entre las paredes de U. S. Comfort para confirmar que se trata de un gigantesco centro médico.

En medio del recorrido por encontrar la cubierta de vuelo, Devin observa una máquina dispensadora de galletas que utiliza como brújula. Abre sus ojos, sonríe y señala con su dedo la dirección final: allí están las escaleras que nos llevarán hasta el helipuerto.

Tras sortear unas extenuantes gradas la cubierta se asoma: es una larga superficie blanca, manchada de unos cuantos charcos de agua, que deja ver un cuadrado demarcado para el aterrizaje de los helicópteros. Desde aquí arriba se dimensiona la miríada de ventanas que resguarda camas, postoperatorios, quirófanos y bancos de sangre. El mundo de un barco y de un hospital, que en el papel se lee incompatible, toma forma desde el punto más alto.

Medicina y militares
La teniente Devin Arsneson es parte de la tripulación del navío. Esta misión que comenzó en mayo es su primera a bordo del Comfort. Foto: Jorge Navarro
La teniente Devin Arsneson es parte de la tripulación del navío. Esta misión que comenzó en mayo es su primera a bordo del Comfort. Foto: Jorge Navarro

Fue en febrero de 1976 cuando, por primera vez, el Comfort tocó el mar. El lanzamiento fue por parte del Military Sealift Command, organización que controla los transportes marítimos de la marina estadounidense y que aún tiene a cargo el manejo del navío.

En el 2011, el barco llegó a Costa Rica por primera vez y ahora repite una travesía humanitaria que consiste en brindar atención médica gratuita a los países que reciben migrantes provenientes de conflictos sociales. En primer lugar, el barco fue creado para socorrer a militares en combate, pero en tiempos pacíficos el navío recorre el mundo para brindar atención médica a quien lo necesite.

La nueva visita del Comfort al país se debe a la acogida que tuvo el Estado para con los migrantes venezolanos y nicaragüenses que huyen de sus países por conflictos sociopolíticos. El barco llegó a la costa pacífica para instalarse en los poblados de Chacarita y Barranca y tramitar una voluminosa cantidad de pacientes que se encuentran en la lista de espera de la Caja Costarricense del Seguro Social.

Desde lo alto del buque, se atestigua la inmensidad que ocupa la misión del navío. Desde el muelle se desplazan botes que tienen como destino arribar al barco, mientras que en la costa se miran las unidades de médicos y militares que se movilizan hasta un gimnasio local para realizar atenciones no quirúrgicas.

En medio de ese frenesí, se escucha el arremolinado sonido de un helicóptero que proviene desde lejos. Con la vigilancia del único militar armado que atestigüé durante mi visita al barco, el helicóptero aterriza sin problemas en la cubierta. De allí desciende una fila de militares que suele llevar provisiones a los tripulantes del Comfort.

Las aeronaves del barco hospital realizan supervisiones en las zonas que visita el navío. Además, se encargan de transportar alimentos y cartas para los tripulantes. Foto: Jorge Navarro
Las aeronaves del barco hospital realizan supervisiones en las zonas que visita el navío. Además, se encargan de transportar alimentos y cartas para los tripulantes. Foto: Jorge Navarro

Tras el esperable escándalo que provocan las hélices de la aeronave, descienden los pasajeros, ataviados con su ropa militar. El último en abandonar el helicóptero es Kevin Kneisler, uno de los pilotos de la tripulación.

Kevin, a quien unas horas más tarde conocería junto a otro par de sus colegas, tiene toda la compostura de piloto. Con un peinado de carrera al lado, un prominente bigote y un parche de alas en su camisa, retrata a un orgulloso piloto militar.

La historia de Kevin parece la de una película hollywoodense que apenas va por su primer acto. Es un muchacho en sus veintes, quien heredó el oficio de su padre. La nave que vuela tiene dispositivos para misiles que nunca ha usado y espera no utilizar. “Tampoco me he sentido en peligro alguna vez en mi vida y espero mantener este récord”, dice entre risas al lado de su helicóptero, al que acaricia cual tierno cachorro.

Al abrir las puertas del helicóptero, se entusiasma en contar la dinámica de su trabajo. Su asiento, cargado de un felpudo, se posiciona al frente de dos paneles de control que comparte con su eventual copiloto. El día anterior a nuestro encuentro pasó más de seis horas al volante, motivo suficiente para que sus glúteos se resientan. “Pero a los minutos de bajarse del helicóptero se olvida el malestar”, vuelve a bromear.

Kevin pasó dos años estudiando cómo pilotear y posteriormente compartió nueve meses con su batallón para estar aquí. Como es de esperarse, no imaginó que su primer destino como militar fuese trabajar en un barco cargado de médicos. “Pero es hermoso. Lo mejor es ver a la gente feliz. Estar allá arriba es fascinante, pero ver cómo somos parte de algo que ayuda le cambia la vida a uno. No todo se trata sobre ir a pelear una guerra”.

El U. S. N. S. Comfort cuenta con doce quirófanos y mil camas para hospitalización. De ellas, ochenta están destinadas para cuidados intensivos.
El piloto Kevin Kneisler asegura que conversó con su novia para regresar a Costa Rica, en esa próxima vez con intenciones de vacacionar. Foto: Jorge Navarro
El piloto Kevin Kneisler asegura que conversó con su novia para regresar a Costa Rica, en esa próxima vez con intenciones de vacacionar. Foto: Jorge Navarro

A la hora del almuerzo, Devin me confiesa que siempre ha querido ser piloto. No envidia a Kevin y al resto de aviadores; más bien se refiere a ellos con admiración. “Debe ser hermoso estar en los aires”, dice.

Devin creció en el estado de Maryland, con el anhelo de convertirse en piloto militar. Se enlistó en el ejército y, al igual que su hermano, terminó en las misiones humanitarias de la marina estadounidense.

Mientras come su hamburguesa con fruición, reconoce que le apenaría volver a aplicar el examen para convertirse en piloto. No para de alabar a los conductores de las aeronaves, aunque confiesa que es feliz trabajando en Public Affairs, el departamento que la ha hecho embarcarse desde que comenzó la misión, el pasado mayo.

Ambos comemos en el salón de los capitanes, que se diferencia del comedor común por sus acolchonados sillones y una mayor cercanía a la cocina. Para conseguir los alimentos, es necesario hacer una larga cola que serpentea unos estrechos pasadizos previos a las urnas de cocción. Al llegar, otros tripulantes me preguntan si quiero la hamburguesa con queso o solo con salsas.

“La comida es circunstancialmente buena”, me confiesa Oswell, un soldado rubio y musculoso que hace fila detrás de mí. “A veces es bueno, a veces es malo. Hoy es un día bueno porque hay hamburguesa”, me dice en un atropellado español.

En la escuela de defensa, Oswell aprovechó unos cursos de lenguas extranjeras para aprender español. Eligió este idioma por su crianza en Miami, donde creció al lado de una sustanciosa población de latinos que le hizo toparse con el idioma de la eñe cada mañana. “Y mira que ahora, viajando por el mundo, puedo usar el español. ¡Sí me sirve!”, dice pegando un grito al cielo raso.

Se calcula que más de diez mil pacientes costarricenses fueron beneficiados con la visita del hospital barco U. S. N. S Comfort en aguas nacionales.
Mundo en movimiento
Una vez que acabe esta misión, el capitán Buss (brazos abiertos) regresará a su natal Virginia para ser parte de los supervisores del escuadrón base de estas operaciones. Foto: Jorge Navarro
Una vez que acabe esta misión, el capitán Buss (brazos abiertos) regresará a su natal Virginia para ser parte de los supervisores del escuadrón base de estas operaciones. Foto: Jorge Navarro

Los salones del barco hospital, naturalmente, difieren de los de cualquier otro navío. El capitán Kevin Buss, quien supervisa el departamento de enfermería, me asegura que los pasillos de este buque son del doble de ancho que los de cualquier otro barco, con tal de garantizar el tránsito de las camillas médicas.

Si se mira a Buss desde lejos, la imagen puede contrastar con su forma de ser. El capitán es un hombre rígido, que cuando abre su boca deja ver unos intimidantes dientes protegidos con unos frenillos transparentes. Su corte militar, que brilla con elegancia debido a sus canas, completa una fotografía de uniformado corajudo.

Sentarse a conversar con Buss transforma esa imagen por completo. Es un hombre risueño, de hablar pausado. Cuando Devin le dirige la palabra, acaba todas sus frases con “sir”. Buss no tiene miramientos de oficial superior y le comparte palabras que se acompañan con palmas en la espalda.

“Hay algo muy particular al estar en este barco”, cuenta Buss, “y es justo este intercambio. Uno conoce personas de distintos países, con distintas culturas. Estar con personas que necesitan atención médica resulta inevitablemente emocional. Es conocer a un país por las personas que lo habitan”.

Buss, quien es originario de Virginia, traza el camino hasta una de las salas de cirugías, donde se concentra el equipo médico costarricense reclutado por el Comfort. Entre los rostros que caminan de un lado a otro con su scrub azul se encuentra Pablo Rodríguez Chaves, médico costarricense que comenzó esta misión hace dos meses, y acompañó al navío en sus estadías en Perú y Colombia. Junto a él, son 320 profesionales de la salud provenientes de Estados Unidos, Canadá, México, Argentina, Brasil, Perú y nuestro país.

El doctor saluda al capitán Buss con formalidad, pero sin apuros. “Ya uno se acostumbra a vivir con ellos. Es fácil adaptarse. Son buenas personas, rigurosas, pero amables. No ha habido el mínimo problema en convivir con ellos”, comenta Rodríguez.

El doctor Pablo Rodríguez asegura que
El doctor Pablo Rodríguez asegura que "los militares son inspiradores. Tienen un formalismo admirable del cual hay mucho por aprender". El médico se embarcó en el Comfort en mayo y acabó su trabajo tras la estadía del barco en Costa Rica. Foto: Jorge Navarro

Para el médico, nacido en un país sin ejército, recorrer el mundo junto a militares es una oportunidad positiva desde todos los frentes. Desde comienzos de año supo que se embarcaría en la misión y “para mí fue alegría pura. Es distinto por la experiencia que uno tiene al crecer en Costa Rica. Sé de muchachos de otros países a quienes los reclutaron cinco días antes de zarpar y tuvieron que ver qué hacían con su perro. Son realidades distintas que vienen a mezclarse acá adentro”.

Rápidamente, el doctor asegura que "de los militares más bien se puede aprender. Su modo de respeto por las jerarquías, por el trabajo organizado, es algo que sin duda uno aprende acá. No es esta imagen de personas sin corazón. Es una dinámica de trabajo que funciona”.

En una última subida a la cubierta de vuelo el capitán del barco, David Murrin, se encuentra al lado del timón del navío. A diferencia de los barcos piratescos que se retratan en películas, el timón del Comfort es un volante pequeño de seis brazos.

Este pequeño pulpo de conducción no se moverá durante esta semana. En este tiempo muerto, Murrin lo aprovecha para descansar y reponer horas sueño.

“Pero no creas que es algo agotador. Tenemos guardianes de turno y todo está preciso. En este tiempo de atraco no me preocupo por el futuro. Cada viaje es tranquilo, sin problemas ni con dificultades por oleaje”.

El capitán Murrin lleva casi 30 años de estar al frente de embarcaciones. Asegura que la misión humanitaria del Comfort lo llena. Foto: Jorge Navarro
El capitán Murrin lleva casi 30 años de estar al frente de embarcaciones. Asegura que la misión humanitaria del Comfort lo llena. Foto: Jorge Navarro

El capitán Murrin lleva 28 años trabajando en barcos. Antes de conducir este navío estuvo al frente del Mercy, un barco gemelo al Comfort. “Lo único que cambia es el lugar de la silla. De no ser por eso, no podría encontrar diferencias entre ambos”, dice entre risas.

Antes de bajar por comida, el capitán señala la proa. Bromea con que sería imposible jugar a las cinco diferencias si se compara con el navío Mercy.

Con la mirada perdida en el horizonte, solo acata a decir que él es un personaje secundario de la historia; que quienes importan son los médicos que viajan por el mundo.

“Es increíble recorrer el mundo de esta manera. Todo es muy tranquilo, toda la experiencia se trata de hacer feliz a la gente”.