Décadas atrás San José fue discreto: pocas de sus calles estaban asfaltadas y sus habitantes, que vivían las consecuencias de la guerra, se desplazaban en tranvía. Pero con la entrada de la Segunda República, cuando el país se encaminaba a un Estado benefactor, muchos de sus hitos arquitectónicos cayeron.
Varios adoquines fueron reemplazados por el asfalto y las calles adquirieron la apariencia que hoy conocemos. En paralelo, se demolieron varios edificios, que encarnaban la memoria de la patria —una de las razones por las que San José no tiene un casco histórico tan extenso—.
No hay, en la capital de Costa Rica, un conjunto de avenidas o manzanas de inmuebles antiguos o centenarios que cuenten su historia. Caso contrario es el de Panamá y Guatemala, o de países más lejanos como Francia y España, donde los turistas afloran en sus cascos históricos para evocar el pasado. Los josefinos, sin posibilidad de hacerlo en los propios edificios, muchas veces se ven obligados a imaginarlo frente a parqueos.
Ahora vemos un núcleo capitalino desalojado, generalmente sucio, que por varias razones aleja a sus hijos. Pero antes de ahogarse en penas nostálgicas, vale la pena recordar aquel San José de antaño.

¿Cómo era San José hace 80 años?
En 1946, cuando Costa Rica tenía menos de un millón de habitantes, sus inmuebles ya eran usados para múltiples fines. Uno de los más emblemáticos fue el Palacio Presidencial, que primero albergó una escuela de artes mecánicas, según apunta el arquitecto e historiador Andrés Fernández.
Fundado en una patria con poco menos de 40 años de vida republicana, se levantó este edificio de estilo neoclásico, de dos plantas y orden jónico, para capacitar a los jóvenes en varias áreas. Unos años más tarde, a solicitud del presidente Tomás Guardia, se convirtió en el Palacio Presidencial.
Otros mandatarios, como Próspero Fernández y Bernardo Soto, también ocuparon este inmueble, ubicado en la manzana entre las avenidas 1 y 3 y las calles 2 y 4.
A finales de 1890, la estructura volvió a ser transformada para albergar a la Gobernación y el Cuartel de Policía, la Comandancia de Plaza y el Ministerio de Guerra y Marina, así como las oficinas de Tránsito y la Dirección General de Estadística.
Y si bien fue pionero en innovar en la arquitectura de San José, también fue de los primeros en iniciar la demolición de inmuebles históricos. Cuando su propiedad fue vendida al Banco Nacional, cayó derrumbado en 1949. Varios edificios, muchos a los que se podía llegar a pie desde allí en minutos, corrieron el mismo destino.


Si se caminaba de esta fachada (hoy Banco Nacional) hacia el sur, se podía encontrar el Palacio Nacional: otro edificio neoclásico, de dos pisos con balcones, que daba a la Avenida Central. Allí se juramentaron mandatarios como Juan Rafael Mora y Teodoro Picado, al ser hogar de los tres poderes de la República.
Sus salones eran opulentos, algunos con cielo raso cóncavo y aplicaciones doradas, así como lámparas de techo y pared traídas de Europa.
Después de su construcción, realizada entre 1853 y 1855, vio a la capital transformarse y se convirtió en sede de la Asamblea Nacional Constituyente de 1949. Su caída llegó en 1958, durante la administración de José Figueres Ferrer.
De sus yacimientos no queda más que el recuerdo. Donde alguna vez estuvo, hoy permanece la concurrida parte trasera del Banco Central, en la esquina sureste de la avenida Central y la calle 2.



Más hacia el suroeste josefino se levantaba el Pasaje Central, que hoy podríamos reconocer como un centro comercial, porque abrigaba varios negocios en su interior.
Entre la avenida central y la avenida 2, con su ingreso principal sobre calle 1, fue inaugurado en 1911 con una fachada de estilo barroco y uno neoclásico en su interior.
Era un símbolo de la ciudad moderna, según Fernández, del San José comercial. Se trataba de una calle cubierta de vidrio, con locales para cafés, barberías, tiendas y oficinas, en uno de los lugares más céntricos de la capital, con vista hacia las Arcadas del Teatro Nacional y la plazoleta Mora Fernández.
Su fin llegó en 1975, luego de que sus muros empezaran a marchitarse, imposibilitándose su continuidad.


De seguir el recorrido y dirigirse hacia el oeste, en la esquina de la avenida 1 con la calle 5, se hubiera encontrado el imponente edificio de la Biblioteca Nacional.
Aquel inmueble de ladrillo rojo, ubicado frente al edificio Maroy, decoraba la capital desde la década de 1880. Era un sitio, según el historiador Fernández, donde las personas podían ir a leer el periódico, si no lo podían costear, o estudiar sus textos del colegio o la universidad.
Su demolición se decidió a través de un negocio: a una compañía se le adjudicó el terreno y el local por ¢1.325.000, a cambio de que con ese dinero construyera una nueva biblioteca, donde hoy todavía se sostiene, frente al parque Nacional.
El 10 de diciembre de 1971 fue el día en que el inmueble cayó ladrillo por ladrillo, según publicó La Nación. En el proceso se usaron poderosos mazos, pues sus paredes le cobraron energía a los obreros que la derribaron, y se perdieron sus incrustaciones de piedra para dar lugar a un estacionamiento.
“El recinto que dio abrigo y luz a las claras inteligencias del país, lo dará ahora a muchos cientos de vehículos que circulan por San José”, escribió entonces este diario. Por la acción del hombre y no del tiempo, el edificio original de la biblioteca cayó.



De vuelta al centro de la capital, entre la calle 1 y la avenida 6, yacía la Capilla del Seminario.
Como parte de la ampliación del Seminario Eclesiástico de San José, a inicios de 1900 nació este inmueble que ocupaba un cuarto de manzana con sus dos pisos.
Tenía una apariencia medieval, cercana a la arquitectura románica, y su capilla tenía ladrillo expuesto sobre un zócalo de piedra.
Con la inauguración de otras capillas, esta cayó en desuso; para 1975, ya había dejado de existir. En su lugar, hoy está el Banco Popular.



Un casco histórico perdido
La caída de estos cinco inmuebles es solo un breve episodio de la demolición del San José antiguo, pues otros de sus inmuebles también han perecido: el Seminario Tridentino (en la esquina de avenida 4 y calle 3), la casa de Juanito Mora sobre calle 2, entre la avenidas 2 y central) y otros no tan céntricos, como el obelisco de Paseo Colón o la Universidad Santo Tomás.
Otro caso, pero atípico, es la Capilla del Sagrario, demolida en 1972 para ampliar la avenida segunda. Tres años después de su caída, se construyó una réplica casi exacta al costado norte de la Catedral Metropolitana.
“El problema con la demolición de los principales monumentos históricos de San José es que no solo se destruyó arquitectura, sino que paralelamente se empezó a destruir el corazón social de la ciudad, donde vivía la mayoría de la gente proletaria, la gente de clase media baja”, explica Andrés Fernández. “Fue una destrucción del tejido social”.
Con la arquitectura internacional o moderna, agrega, se borró la imagen de una ciudad heredada de los cafetaleros. “Usted va viendo un proceso dialéctico entre desafección por la capital y destrucción de su patrimonio”, dice.

Las demoliciones fueron decididas por varios gobiernos y muchas fueron una decisión política. Para José Pablo Bulgarelli, arquitecto e investigador del Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC), están relacionadas con el cambio de modelo económico que enfrentaba el país: ya no era suficiente el modelo agropexportador y se buscaba autobastecerse.
Al mismo tiempo, se cambió la mentalidad de cómo debía lucir la ciudad. Ya no se quería aquellos modelos de estampa europea, sino que se preferían las construcciones propias. “Lo que quieren las élites políticas es dejar atrás todo lo que signifique Primera República y construir todo lo que es Segunda República. Explica el hecho de destruir ciertos edificios para imponer otros que también generen este mercado interno. Es este discurso de vamos a construir nosotros”, indica Bulgarelli.
“Es una percepción propia, no necesariamente una percepción académica. Parte de la destrucción también es un síntoma de algo más, no solamente de esta necesidad de imponer una ideología actual, sino también del problema que en Costa Rica el mercado del suelo es libre. Cualquier persona propietaria de un inmueble privado puede hacer básicamente lo que quiera”, añade.
Nuestro San José desalojado
Si bien todavía tenemos unos cuantos inmuebles centenarios en San José, como el Teatro Nacional o Correos de Costa Rica, estos conviven con otros modernos que son hogar del vacío. La capital de ahora, además de desprender ciertos olores no apetecidos, deja a la vista decenas de edificios inhabitados.
Encima, pese al valor científico, cultural, histórico y económico que puede ostentar un terreno, el último suele ser el preferido de la población. “Si me va a generar más tener un parqueo, aunque se vea estéticamente mal, yo todos los demás valores los destruyo”, cuenta Bulgarelli.
“San José no es muy distinta al tico promedio. Estamos buscando la construcción de nuestra propia identidad y si eso implica destrucción de algún elemento del pasado, estamos dispuestos a hacerlo”.
Para reactivar el centro, según los especialistas, se debe prestar atención al sentido de pertenencia que tienen los habitantes con su ciudad. Y en sus hombres recae no olvidarse del patrimonio caído y el que todavía se puede proteger.

