
El brazo izquierdo lo engancha a la antena y el derecho lo afloja, con las uñas incrustadas en un mango cuyo líquido chispea sobre el zinc. Apenas mastica la fruta, la escupe para que rebote en las latas; tal como si tirase una piedra en un riachuelo. Tarda horas en sus maromas, dando zancadas pesadas y pausadas, para atormentar a quienes intentan dormir.
Así la recuerda Cristina Traña, una vecina de la Filadelfia guanacasteca, que durante su infancia la escuchaba gritando “¡zuaz! ¡zuaz!” sobre su cabeza; parecido al maullido de un gato, pero más prolongado. Unos días después la dejó de oír, y la razón la encontró cuando subió a limpiar las canoas: una cruz de madera con sal regada por el techo.
En su casita familiar, rodeada de árboles de mango que acariciaban el cielo, fue su madre quien colocó la enmienda; según le contaron, ocupaba algo bendito para espantar a la Mona, criatura que por las noches visitaba a los hombres infieles o que en lo romántico le llamaban la atención.
Antes de sacarla de sus vidas, Cristina y sus vecinos la increpaban sin temor; incluso la regañaban o le recitaban alguna oración. Pocos llegaron a hacerlo de frente, pues se les escapaba cuando dejaba a las arboledas bailando. Y quienes sí lograron encararla, aseguran que su rostro es el del típico primate; otros afirman que está vacío, solo es piel. El denominador común, eso sí, es que su cuerpo es igual al de un humano, mucho más peludo y arqueado.
Su facilidad de moverse entre las ramas la lleva y la trae por Centroamérica. En algunos países también le apodan la Mona, y en otros la Mica o Mona Peluda. Se le dice en singular, pero es bien sabido que son varias. Casi un club.
Se trata de personas, comunes y cualquiera, que para transformarse posan desnudas frente a una palangana. “Que suba y que baje la carne”, repiten frente al agua burbujeante. El porqué de la brujería varía; quizás solo llevan al extremo el enamoramiento, quizás solo quieren hacerse notar. Por lo demás, hacen su vida normal.
Se les puede distinguir porque, en su forma humana, portan uñas largas, puntiaguadas y negras; no esmaltadas, sino podridas. Y el encanto se rompe, con facilidad, al acercarles una semillita de mostaza.
Ese recuerdo acompaña a Anayanci Lacayo, quien sabía que a su hogar en Managua, Nicaragua, llegaría la Mona cuando cayera la noche. La reconocía por el arrastre de su cola, que a su vez usaba como látigo, y el silbido que hacía temblar a los vidrios en su habitación.
“Ahí anda un ladrón arriba, yo pensaba, pero qué ladrón ni nada, son las monas”, rememora sobre esta figura que se cruzó en su camino más de veinte años atrás. “Dios te reprenda”, le decía cuando la algarabía era tal que la obligaba a trasnochar.
Anayanci la ha escuchado; sus familiares y vecinos la han observado. Brinca rapidísimo, asegura, al grado que desaparece tras un parpadeo. Su cercanía la distingue por el ruido: si la oye cerca, realmente está lejos; y si la oye a la distancia, la tiene arriba.
Este tipo de cuentos cada vez se escucha menos. Ya que usted crea o no en ellos es cuestión personal, pero pareciera que lo que antes vivía en tardes de fogatas no ha logrado migrar a las pantallas. ¿Estamos ante el funeral de las leyendas?

‘Hace tanto no me cuentan una leyenda’
En una época en que el calor de la pampa guanacasteca no era tan agobiante, Carlos Arauz pasaba sus tardes correteando por las graditas del parque de Nicoya. Coincidía con sus amigos y vecinos, cuyos relatos le hacían abrir los párpados hasta donde le permitiera la piel. La misma escena se repetía casi a diario, o al menos semanalmente, cuando los oía hablar sobre la Mica.
Las mujeres de esas historias, transformadas en otra especie de mamífero, atormentaban a los hombres mujeriegos y trasnochadores con sus oraciones; pero muchas veces se asustaban más quienes las imaginaban a flor de piel, como Arauz, quien crecería para escribir sobre esta y otras leyendas de origen indígena.
Una de estas anécdotas, según plasmó en su libro Historias y leyendas de mi tierra, se la contó Justino Mayor. Ocurrió una de las tantas veces en que salía de una visita nocturna en Matambú y el resultado fue la cura ”de andar haciendo chanchadas y zanganadas”.
“Casito no podía moverme. Aquellos feos alaridos hacían que los escalofríos del espinazo me anduvieran de arriba abajo con el cuerpo suelto en un temblor (...). Aquello era de los diablos y en medio del sofoco, como un pujidito, me salió la oración que desde chiquito me habían enseñado para los duendes: si fuerte venís, más fuerte es mi Dios, la Virgen María me libre de vos”, sigue el relato de este hombre, que incluso aseguró haber sido arruñado por la Mona.
Propio del trópico, nuestra tierra alberga más de una leyenda sobre gentíos con la habilidad de transformarse en animales. En Hojancha se escuchaba sobre un muchacho que se convirtió en chompipe para asustar, y en todo Guanacaste se corría la voz de que las culebras entraban a las casas cuando las madres daban de mamar.
Y no es tan excepcional. Si nos vamos para arriba, los pueblos originarios de México y Guatemala creían en los náhuatl: brujos que cambiaban de forma, según la cosmovisión maya. Quetzales, venados, perros, abejas, tucanes... convertidos en espíritus guardianes que se les asignaba a cada persona al nacer (si usted gusta, puede descubrir el suyo en Internet).
Estos relatos, si bien algunos están impresos, la mayoría los almacenamos en la memoria. De lo que dijo aquel, de lo que refutó el otro. Y para personas como Arauz, que crecieron empapados de ello, la tradición oral de las leyendas se está perdiendo.
Pero no se vale quedarse de brazos cruzados. Para rescatar y preservar las historias del pueblo costarricense, Arauz propone incluir las leyendas en la malla curricular, y que así los estudiantes conozcan e investiguen al respecto. En esto también pueden participar las asociaciones de baile folclórico, por ejemplo, ya que coinciden en la defensa del patrimonio cultural inmaterial.

¿Y por qué hablar de algo que “no existe” o que, ante tanto celular, “ya no aparece”? Bueno, de eso se trata el acervo cultural. La identidad tica es amplia y se enriquece de miles de tradiciones, costumbres, celebraciones, visiones de mundo, morales y comportamientos que, al pasar de generación en generación, vitalizan las raíces comunitarias y, de paso, fomentan la creatividad y el pensamiento crítico.
Según señala un artículo de la revista electrónica InterSedes, de las sedes regionales de la Universidad de Costa Rica (UCR), la utilización de las leyendas costarricenses en las aulas universitarias, en especial la de la Mona, “promueve un aprendizaje entretenido y cautivante por el relato mismo que caracteriza al género literario de las leyendas”.
“Este hecho introduce y motiva a los educandos a experimentar un proceso que estimula su capacidad crítica, su creatividad, su expresión oral y escrita, al mismo tiempo que incentiva su acervo cultural, valorando e identificándose con sus propias raíces”, agrega la investigación.
Y al seguir preguntando por la Mona, es que se encuentran relatos como el de una vecina en Jacó, quien acusa a esa criatura como la culpable de hundirle el techo. Allá la fuimos a buscar.
“Ya casi no hay personas en la ciudad con las que se puede conversar y que tengan experiencias en ese aspecto, de reuniones en la infancia o en los parques, que se juntaba la gente en las tardes para conversar y ahí salían esos temas de susto y de miedo. Yo recuerdo que uno se iba a acostar bien asustado”.
— Carlos Arauz, escritor e historiador guanacasteco
