En un mismo laboratorio de Costa Rica, un grupo de científicos escucha manatíes con inteligencia artificial, otro estudia bacterias marinas para encontrar antibióticos del futuro, alguien modela ríos para anticipar inundaciones, otros rastrean microplásticos en alimentos del mar y un laboratorio convierte residuos agrícolas —cáscaras, hojas, biomasa— en materiales con potencial industrial.
En otra oficina, investigadores observan murciélagos para entender cómo toman decisiones colectivas; más allá, satélites ayudan a leer el territorio y equipos de nanotecnología trabajan a escalas invisibles para desarrollar materiales capaces de detectar moléculas diminutas o inspirar nuevas aplicaciones médicas.
Ese lugar se llama Centro Nacional de Alta Tecnología y su historia es fascinante.
Nació en 1999, impulsado por el Consejo Nacional de Rectores (CONARE), cuando la idea de “alta tecnología” todavía sonaba, para muchos, como algo importado, casi exótico. Silicon Valley. Alemania. Japón. No Costa Rica. Mucho menos una Costa Rica todavía lejos de la conversación sobre nanotecnología, bioeconomía, modelado climático o computación avanzada (que hoy ya existe de sobra)
José Vega Baudrit, director a.i. del centro, sonríe un poco cuando intenta explicarlo sin palabras técnicas. Dice que nunca ha sido fácil explicarlo, pero que para él el CeNAT es un puente; un lugar pensado para acercar el conocimiento científico a sectores que normalmente no tendrían acceso a él y convertir preguntas académicas en herramientas concretas para comunidades, instituciones y empresas. Una bisagra entre universidad pública, sector productivo y Estado. “Es ciencia que sale del laboratorio y se ensucia un poco los zapatos. Ciencia que intenta bajar a tierra”, explica.
El nombre, cuenta, nació de una intuición: Costa Rica empezaba a quedarse atrás frente a tecnologías que ya moldeaban el futuro y había que construir un espacio capaz de mirar más lejos, de estudiar no solamente los problemas del presente, sino los que todavía no habían llegado. Computación avanzada. Clima. Nanotecnología. Biodiversidad. Nuevos materiales. Ambiente.
Por supuesto, tal tarea se vislumbra complejísima, especialmente por el financiamiento.
“Convencer al sistema de la importancia de la ciencia y la tecnología es, irónicamente, difícil”, dice, “porque los resultados no aparecen mañana. A veces tampoco dentro de 4 años. A veces tardan treinta años. Cuarenta. La lógica electoral y política exige inmediatez; la ciencia, en cambio, suele pedir décadas”, explica.
El CeNAT se sostiene mediante recursos del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES), fondos administrados a través de la fundación Funcenat, así como aportes de cooperación internacional —particularmente europea— y alianzas con el sector privado. Un equilibrio frágil.
Aun así, Vega insiste en una idea: “Costa Rica ha logrado posicionarse en bio y nanotecnología en conversaciones donde hace apenas unas décadas parecía improbable siquiera entrar. Es algo bueno, pero lo digo como advertencia. Porque todo esto podría no existir. Y con ello algo más preocupante: la posibilidad de producir preguntas propias”, finaliza.
