Las fotos que se miran en el proyector contrastan por completo con la sonrisa de la señora Kim Phuc. Ella, sobreviviente de la guerra de Vietnam e inmortalizada en una fotografía que cambió al mundo, cuenta su historia apoyada en una presentación de PowerPoint que realiza en el Hospital Nacional de Niños.
Ella hizo hoy (martes 18 de abril) un recorrido por el aŕea de atención a niños quemados.
Este día, mientras cuenta acerca de las dolorosas heridas que sufrió durante más de 50 años a causa de una bomba de napalm, se observan detrás suyo postales inolvidables: imágenes de ella en una grabación de 1972, corriendo desnuda, gritando. También hay otras fotos de sus heridas, de su torso calcinado, de sus brazos reventados por quemaduras.
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“Yo por mucho tiempo sentí que yo debí haber muerto, pero por dicha el tiempo me hizo saber que tenía muchas cosas por hacer”, cuenta en el auditorio, frente a varios costarricenses sobrevivientes de quemaduras.
El momento conmueve, inevitablemente. Hay lágrimas entre los asistentes; todos se quedan mirando a la señora Kim con detenimiento y atención. “Mi mensaje es para ustedes”, les dice viéndolos a los ojos, “a mí me dijeron que nadie nunca me amaría, que nunca tendría familia. Eso fue una mentira. Quiero decirles que todos podemos tener una vida feliz”.
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Una gran expectativa
Hace una semana, el niño Maykol Cordero tenía otros planes para este 18 de abril. En su calendario tenía pactado un examen de Estudios Sociales, por lo que debía pasar toda la semana entre libros y asignaturas.
Sin embargo, sus días se convirtieron en algo distinto, en una promesa mágica lograda gracias a un permiso que le concedió su escuela: conocer a la activista Kim Phuc, protagonista de la legendaria foto Napalm Girl; y al fotógrafo de guerra Nick Ut.
Esta imagen, que fue tomada el 8 de junio de 1972, muestra a Kim siendo una niña que corre desnuda por una carretera después de que su aldea en Vietnam fuera bombardeada con la mezcla química de napalm. Kim se ve llorando y gritando de dolor.
Después de que Nick Ut tomara la foto, cargó a Kim y la llevó hasta un hospital, con lo cual le salvó la vida. Pasarían décadas para que ella recuperara su piel y su salud mental tras aquella experiencia.
Cuando el pequeño Maykol supo esa historia, quedó conmovido, según cuenta su madre Yancy. “Ha estado contando los días para hoy”, dice.
Maykol llegó al auditorio del Hospital Nacional de Niños con un traje negro con lentejuelas en sus mangas. El brillo que brota de la camisa hace que no se vea lo que se esconde debajo de la prenda: una quemadura que va desde el hombro hasta la muñeca.
Fue hace poco más de un mes que ocurrió el accidente. Era un día más en su casa en El Guarco de Cartago. Doña Yancy estaba preparando la cena y el pequeño entró a la cocina de repente, como siempre hacía, para hacerle una pregunta sobre la escuela. Justo en ese instante, la olla de presión explotó.
La reacción de Maykol fue rápida. Acató a cubrirse con su brazo y salvó su cara del impacto. Eso sí: el grito fue inevitable y llenó la casa de un dolor inédito.
Eran las 8:30 p. m. Media hora antes doña Yancy se había topado un tarrito de sulfadiazina de plata en la sala de la casa. Vio que la medicina estaba vencida, pero se dijo “uy, voy a guardarlo por cualquier cosa”.
Al ver a su pequeño gritando, lo metió en el baño de la casa, le puso agua fría y recordó aquel tarrito. Pensó: “peor es nada” y le cubrió el brazo con el medicamento, especial para combatir quemaduras. Maykol sintió un ligero alivio, ligero pero suficiente para aguantar la ida al hospital.
Todo salió bien cuando llegó al centro médico. Lo atendieron velozmente, lo trataron, hicieron visitas al hospital para recuperar la piel y le dieron de alta. Justo el día que le dieron el visto bueno, Maykol quiso agradecerles de una forma especial: cantarles.

Fue entonces que el niño les cantó una ranchera y dejó conmovidos a sus doctores, tanto que, cuando les avisaron que Kim Phuc y Nick Ut llegarían al hospital, lo contactaron para ofrecerles cantarles a ellos.
Esa es la razón por la que hoy Maykol “se salvó” de su examen y más bien pasó la semana entre partituras y micrófonos.
El pequeño, que heredó el don de cantar de su madre, estaba entusiasmado por el encuentro. “Yo pasé mucho dolor”, dice Maykol, quien muestra una confianza a la hora de hablar que parece superior a la de sus 11 años de vida.
“A mí los doctores me sanaron y me quitaron ese dolor. Estoy muy emocionado por conocer la historia de ella (de Kim). Todos me han dicho que me va a impactar mucho y que es una historia muy linda”, cuenta.
Una hora más tarde, Maykol le cantó a la señora Kim y al señor Nick la canción Qué bonita es esta vida, de Jorge Celedón. Al finalizar su canto, acabó fundido en un largo abrazo que nunca olvidará.
Conociendo su historia
Cuando la señora Kim y el señor Nick entraron al auditorio del hospital, los aplausos y las sonrisas los reciben. Ella retribuye el cariño abriendo los brazos y gritando “pura vida”.
Se mira feliz, pero según cuentan los doctores que la acompañaron a lo interno del hospital (esa parte de la visita fue restringida a medios de comunicación), para la señora Kim la experiencia significó revivir memorias al ver aparatos médicos y tratamientos por los que ella pasó durante cinco décadas. Fue hasta el año pasado que ella finalizó su rehabilitación láser para recuperar su piel.
“Son muchos los recuerdos que tengo”, cuenta en su ingreso al auditorio, “por eso quiero contarles mi historia para que sepan que el dolor no lo es todo”.

“Es un milagro que yo esté aquí”, dice ella, al contarle al público que, tras el auxilio que le dio el fotógrafo Nick, en el hospital sanaron sus heridas, pero creyeron que no sobreviviría. La enviaron a la morgue durante tres días de bombardeos, hasta que su mamá la encontró. Estaban esperando tomar su cuerpo para llevarlo a su aldea y enterrarlo, pero, por supuesto, su madre la encontró viva.
Su padre logró contactar a un viejo amigo que trabajaba en una clínica que tenía un área especializada para quemaduras. Desde ese momento pasó 14 meses internada para, después, ser operada en 17 ocasiones.
En el auditorio, hay cuatro sobrevivientes de quemaduras, contando a Maykol. Ellos la miran con atención, en especial cuando los ve a los ojos.
“Sé que los procesos de rehabilitación son largos, pero deben tener fe en que las cosas van a estar bien. A mí la fotografía de mi quemadura me persiguió para siempre, pero también significó un renacer”, dice.
No se equivoca. La foto tuvo dos impactos principales en su criterio: la primera fue ser un símbolo sobre la necesidad de la paz y sobre lo execrable que es la guerra. La imagen sirvió como bandera para buscar la retirada de fuerzas armadas y devolver la calma a Vietnam.
En segundo lugar, ella asegura que la llevó a un camino de perdón y reconciliación con su pasado. Gracias a ese camino, ha podido llevar un mensaje de amor a todas las latitudes, lo cual es lo que más llena su vida.
“Que estas heridas no les arrebaten sus vidas”, les dice, aprovechando para mostrar más fotografías en las que aparece con su esposo Bui Huy Toan, con sus dos hijos y con sus tres nietos. “Mi vida se llenó de amor”, añade.
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Hay lágrimas en el público. Es inevitable. Además, la señora Kim muestra un video del día que conoció a un alto mando de las fuerzas estadounidenses, que fue parte del ataque a su aldea.
En el audiovisual, se ven los dos abrazados, reconciliados. El oficial, quien ahora es pastor evangélico, cuenta que a él le dijeron que la operación había sido un éxito porque habían evacuado civiles pero que, al día siguiente, se topó con la foto de Kim llorando y corriendo, y su vida se oscureció.
Pasó años en adicciones, en las sombras, en la depresión, hasta que en un evento público que Kim realizó en Estados Unidos logró conocerla y ella, sin pedírselo, le perdonó por lo que hizo.
La conmoción entre todos los asistentes a la charla es evidente. Es una historia de tragar grueso.
“Tenía mi corazón del color del café y me di cuenta que tenía que cambiar mi corazón o iba a morir”, dice. “A veces no nos perdonamos con nuestra propia historia, con lo que hemos vivido, y sin eso cuesta mucho salir adelante. Espero que mi historia pueda servir para ustedes”, finaliza.
Respirar profundo

Cynthia Bermúdez es la presidenta de la Asociación Sobreviviendo a Quemaduras y asegura que no hay relato más poderoso que el que pueda dar la señora Kim.
“La supervivencia a las quemaduras es muy alta, pero el proceso de rehabilitación es muy largo y difícil para los pacientitos”, dice.
En el Hospital de Niños, por ejemplo, hay 300 niños hospitalizados y otros 300 que se encuentran en consulta externa. Fuera de este centro médico, no hay un registro unificado sobre las quemaduras en menores de edad.
En los datos del hospital, el 70% de quienes sufren quemaduras son menores de cinco años. “Entonces es importante tener en cuenta que las cicatrices no crecen, pero los niños sí, y eso puede hacer que un niño pase 10 años en procesos reconstructivos, lo cual requiere de gran fortaleza física y mental”, cuenta.
Entre los invitados a este encuentro, está en la primera fila un muchacho de 20 años llamado Santos Bonilla. Tras las palabras de la señora Kim, él aplaude con fuerza y está atento al momento en que llamen para tomarse una fotografía con ella.
La historia de Santos ha gravitado en los medios de comunicación durante mucho tiempo. Cuando tenía 2 años, un cilindro de gas explotó en la casa en la que vivía en Barrio Luján. El hogar fue consumido por las llamas y un grupo de bomberos logró sacar al pequeño del peligro.
Las secuelas del incendio fueron graves. Su cuerpo está quemado en un 97% pero, como en las grandes historias como la que cuenta la señora Kim, sus ganas han podido más.
Santos llega al encuentro vestido como bombero, un sueño cumplido. “Desde pequeño quería serlo, estoy muy feliz de haber cumplido mi sueño, de que me apoyaran, de que me becaran para convertirme en alguien que pueda servir a los demás”, dice.
Santos comparte ese espíritu con la señora Kim, quien, al crecer, quiso convertirse en doctora. Ella, de adulta, estudió odontología con el propósito de poder servir a los demás.
El muchacho se ve identificado en ella, en ese espíritu de poder llevar un mensaje de esperanza. “Soy una persona feliz; me siento realizado al estar cumpliendo mi sueño de servir”, dice el muchacho, que labora en el área de comunicación de la Estación de Bomberos Metropolitana Norte.
Tanto Santos como la señora Kim tienen una historia que se llena de luz a pesar del pasado lleno de tristezas y sombras. Por eso, cuando Santos sube a la tarima donde ella se encuentra, de inmediato se funden en un abrazo.
El auditorio los mira y les aplaude. Todos se conmueven. El abrazo dura mucho, pero finalmente acaba. El recuerdo, eso sí, será para siempre.
