Revista Dominical

El avión que pasó de chatarra a una peculiar habitación de hotel en Manuel Antonio

En una de las zonas de mayor biodiversidad de nuestro país, un Boeing 727 que fue abandonado en el aeropuerto Juan Santamaría terminó convertido en una esplendorosa suite. Esta es la historia del hombre que lo hizo posible y de cómo llegó allí la aeronave.

¿Es un ave?... ¿Es un avión?... ¡Sí, es un avión! No crea que sus ojos lo engañan. Eso que emerge en medio del bosque tropical de Manuel Antonio es un Boeing 727 convertido en una de las habitaciones de hospedaje más singulares de Costa Rica.

El verde intenso de la selva es interrumpido por un color naranja encendido que resulta difícil de ignorar... Es el fuselaje de una aeronave que se asoma imponente sobre pedestales de 15 metros de altura, con una vista privilegiada de la costa y el exuberante bosque.

Se ubica dentro de la propiedad del hotel Costa Verde y le ofrece a sus huéspedes la posibilidad de dormir en medio de la jungla costarricense con todas las comodidades de la vida moderna. En resumen, es un espacioso avión transformado en una suite de lujo.

Aunque este hotel cuenta con un total de 85 habitaciones, sin duda, la que más llama la atención es la 727 Casa Fuselaje. Este avión, de 1965, fue convertido en una habitación con dos amplios cuartos, cada uno con su baño privado, y otras amenidades como sala de televisión, comedor, aire acondicionado, cocina y una terraza con hamaca.

El responsable de esta hazaña es el empresario estadounidense Allan Templeton, propietario de Costa Verde, quien hizo de Costa Rica su hogar desde finales de los años 70.

Si desde afuera el hospedaje cautiva la atención, por dentro es igual de llamativo. Tras subir una amplia escalinata de caracol se llega a la entrada privada que recibe a sus huéspedes. Al abrir la puerta, lo reciben sus paredes de madera redondeada que crean un cálido ambiente rústico, decorado con muebles de madera de teca.

“La intención con nuestro diseño es simular como si el avión hubiera aterrizado en la selva, por eso lo pusimos en alto y para no cortar nada de árboles. Lo que hemos hecho para que las habitaciones fueran más cómodas y grandes, fue bajarle casi un metro al piso original, entonces no se siente claustrofóbico y hay más espacio para muebles que están hechos con curvas para que calcen”, explicó Templeton.

“La habitación es silenciosa, todo está hermético y sellado, es el lugar más quieto de todo el hotel. Las ventanas no son muy grandes entonces se pone oscuro muy rápido, es el lugar ideal para desconectarse del mundo”, destacó el empresario.

El baño de la habitación principal es uno de los puntos focales, ya que al estar ubicado en la parte delantera brinda la posibilidad inigualable de tener la mejor vista.

“Mantuvimos los asientos del capitán y el copiloto, por lo que es una emoción muy grande, en especial para los más niños”, resaltó el norteamericano.

Idea novedosa

Con una especialización en economía de países en desarrollo, Templeton es graduado de la prestigiosa universidad de Yale. Para su singular proyecto, se inspiró en un artículo que una vez leyó en la revista Forbes, en donde un empresario de Tennessee intentaba vender casas a prueba de huracanes construidas con fuselajes de aviones Boeing 727.

Estas singulares casas podían girar con la dirección del viento y, según su creador, serían indestructibles.

Este concepto le llamó poderosamente la atención a Templeton, así que contactó al inventor con el objetivo de poder ver una muestra del ingenioso producto terminado. Para su sorpresa, aún no había logrado vender ni una sola casa, por lo que no tenía nada que mostrarle.

Pero la semilla creativa cayó en terreno fértil y quedó bien plantada en su mente.

De inmediato Templeton, quien también es propietario del restaurante El Avión -que se ubica a un lado de la carretera principal que comunica a Quepos con las playas de Manuel Antonio-, empezó a buscar la forma de plasmar aquel ambicioso proyecto, adaptado al trópico costarricense.

“En los años 90 y por un espacio de unos diez años vi entre las dos pistas del aeropuerto Juan Santamaría un casco de un 727 totalmente botado. Los bomberos lo usaban para sus prácticas, pero nadie tenía la menor idea de quién era el dueño y cómo llegó ahí”, contó el hotelero, quien de inmediato pensó en la posibilidad de adquirirlo.

Pero aquel sueño se complicó al toparse con un importante obstáculo: no había un propietario definido de aquel gigantesco caparazón. No obstante, no se dio por vencido.

“Finalmente en Coopesa (Cooperativa Autogestionaria de Servicios Aeroindustriales) encontré unos faxes viejos del dueño del avión, quien debido a que la nave tenía unas fracturas en ambas alas no pudo obtener una nueva certificación (para seguir volando), así que lo dejó, luego le sacaron todos los repuestos y los bomberos lo tomaron para sus prácticas”, agregó.

“Finalmente, en el 2006, encontré el número del señor. Lo llamé y le dije que quería el casco y me lo regaló, luego pasé un año hablando con Aduanas para ver qué impuestos le iban a poner, porque era chatarra. Finalmente llegamos a un acuerdo de $1.000, hoy en día no creo que serían tan buena gente (ríe). Con el año de trámites me costó más por el abogado y todo lo demás. Lo gratis a veces no es gratis”, reflexionó Templeton.

Fuera como fuera, por fin tenía en su poder el avión que tanto anheló. Ahora solo le quedaba un pequeño inconveniente por resolver: cómo llevarlo desde el aeropuerto Santamaría, en Alajuela, hasta su propiedad en Manuel Antonio.

El traslado

“No se podía trasladar entero, así que lo dividimos en seis partes. Estuvimos trabajando durante diez días desarmando el avión, quitamos entre 10.000 y 15.000 remaches y cargamos cinco camiones de grandes plataformas”, recordó Templeton, quien está nacionalizado como costarricense.

“Los primeros cuatro (vehículos) pasaron sin problema sobre el puente del río Parrita y el quinto quedó una hora atrapado en medio puente con parte del fuselaje por fuera, con carros esperando a ambos lados y todos muy enojados conmigo. Fue un trabajo muy difícil”, narró.

Finalmente lograron llegar a su destino, pero el trabajo apenas empezaba. Debían rearmarlo y definir en qué lugar de la propiedad se ubicaría y, especialmente, cómo lo colocarían con el menor impacto posible en el medio ambiente.

“Tuvimos que pensar más de un año en cómo hacer la construcción porque, aunque lo parezca, no es nada obvio”, afirmó.

Una grúa de 90 toneladas fue necesaria para colocarlo sobre sus pedestales y para ello se requería un área plana para darle estabilidad a la grúa. Así que solo había una opción, colocar la grúa en uno de los parqueos internos del hotel. Tras varios días de intenso trabajo por fin se logró instalar a aquel gigante de metal en su lugar.

El avión había operado en Sudáfrica y sus últimos años de servicio fueron para la compañía colombiana Avianca, razón por la cual conserva los colores que tiene en la actualidad.

Luego se construyeron las terrazas, el interior y la escalinata que lleva a los huéspedes hasta el área elevada, por donde se entra a la 727 Casa Fuselaje. Fue así como a finales del 2008, dos años después de su adquisición, la suite entró por fin en operación.

Según destaca Templeton, la fama de este aeroplano convertido en habitación de hotel ha trascendido nuestras fronteras y se ha convertido en una escala obligatoria para quienes trabajan en la industria de la aviación.

“Hemos tenido pilotos que se han hospedado con nosotros, incluso uno me contó que él voló este avión cuando todavía estaba en operación y por eso no pudo resistirse a hospedarse en la 727 Casa Fuselaje”, contó Templeton.

El costo de esta habitación en temporada baja es de $360 más IVA por noche, mientras que en temporada alta puede hospedarse ahí con su familia o amigos por $560 diarios más IVA. No incluye desayuno.

El eslogan de Costa Verde es “todavía hay más monos que personas” y es que, gracias a su ubicación colindante con el Parque Nacional, es imposible caminar por la propiedad y sus senderos internos sin toparse con los simpáticos titís o los astutos cariblancos que hacen las delicias de los turistas.

“Tenemos tres tipos de tucanes, osos hormigueros, dos tipos de perezosos, puerco espín, tenemos muchos animales porque estamos en un área protegida que no hay gente cazando”, destaca el empresario.

Sin embargo, al explorar la propiedad, también descubrirá que esta habitación no es la única aeronave que se esconde dentro de la propiedad. Pero que no cunda el pánico, ya que Templeton asegura que su idea jamás será que hayan más aviones que personas.

Más aviones

727 Casa Fuselaje fue solo el comienzo de esta pasión de transformar aviones en hospedaje, ya que en la actualidad Costa Verde cuenta con otras dos cabinas de vuelo (la mitad delantera de la aeronave) disponibles para alojar visitantes de todo el mundo. Estas son conocidas como Cockpit Cottage.

Ambas cuentan con espaciosas camas, cocinas, baños privados y, por supuesto, la infaltable vista panorámica. Al igual que su “hermana mayor”, el interior está construido con madera de teca redondeada para respetar la forma cilíndrica de la cabina.

Asimismo, debido a que el mercado de bodas ha crecido exponencialmente, una de las novedades en las que trabaja Templeton es una habitación especial para luna de miel y bodas, que se construye en una cuarta cabina de avión.

La romántica habitación tendrá una tina con una vista increíble al mar y se ubicará dentro del espacio del hotel, exclusivo para mayores de 17 años.

“Estamos tratando de construir algo espacioso donde se puede tener una fiesta. Empezamos a trabajar en esto antes del covid, pero paramos por un año y esperamos que esté terminado en un par de meses, falta muy poco”, aseguró el estadounidense, quien resaltó que se hacen esfuerzos para no afectar la vegetación, incluso una de las palmeras se incorporó al diseño en donde se ubicará la tina.

Por su parte, la cola del mismo avión se está habilitando en otro sector cercano, que servirá para que las parejas tengan espacio para cambios de vestuario, maquillaje y otros apuros nupciales. Se ubicará al lado de uno de los restaurantes del hotel, con la idea de que la celebración posterior a la boda se realice en ese lugar, con opción de catering service.

“Costa Rica tiene que ofrecer un producto diferente, ya llevamos más de 25 años ofreciendo lo mismo, y los turistas quieren ver más que animales. Pienso que el mercado de las bodas es perfecto”, afirmó.

Este inquieto hombre, que disfruta de nadar hasta las islas ubicadas frente a la playa principal de Manuel Antonio y que recoge la basura y los cocos del suelo para dárselos a la esposa de uno de sus empleados que tiene un negocio de aceites, es sin duda el capitán de la nave.

Ese capitán que, con astucia y creatividad, ha apagado la señal de uso del cinturón para que usted se pueda mover con la libertad en la cabina y explorar todo lo que este mágico lugar ofrece.

Tico por elección

Gracias a su trabajo de voluntariado en los Cuerpos de Paz, Allan Templeton tuvo la oportunidad de conocer algunos de los lugares más hermosos y lejanos de su natal Connecticut, entre los que destacó Costa Rica, que con el tiempo se convertiría en su hogar adoptivo.

“Al terminar la universidad entré al Cuerpo de Paz. Fue una oportunidad enorme para mí para llegar a Costa Rica y la Micronesia, que es un área muy difícil para vivir, allí bajé como 30 libras por los parásitos intestinales. Así que quería buscar un lugar donde la gente tuviera una vida más sana y hubiera agua potable. Costa Rica, en aquel tiempo y al igual que ahora, realmente ofrece salud pública”, destacó el hotelero.

Mientras seguía con su idea de encontrar ese paraíso que llamaría casa, Templeton aprendió español en San José.

“(De Micronesia) Recordaba las islas altas pegadas al mar y con vistas increíbles, así que pregunté por un lugar similar en Costa Rica, en el que la selva se fundiera con el mar”, recordó.

La respuesta que obtuvo fue unánime: Manuel Antonio.

“En aquel tiempo el bus duraba cinco horas, así que en el primer feriado, que fue un 12 de octubre, me vine para acá. Yo venía desde Limón, así que duré todo un día viajando. Era una época muy distinta, así que cuando llegué a Quepos tuve que caminar hasta Manuel Antonio (unos 8 km), porque solo había dos buses, uno en la mañana y otro en la tarde, pero cuando llegué y lo vi, supe que este era el lugar”.

“Fue un cambio de vida muy grande, pues significaba dejar el estado de Connecticut, que es un estado pequeño pero importante, ya que es un centro de múltiples industrias, tal vez de los estados de mayor ingreso per cápita. Así que dejar semejante lugar para venir al trópico parece un poco diferente, pero es básicamente por ser rebelde, no es lo que mis padres hubieran querido, pero yo siempre soñaba con vivir en el trópico. Costa Rica y el Cuerpo de Paz, puedo decir, que es la historia más interesante que he tenido en mi vida”, confesó.

Así que cuando vio la oportunidad que buscaba no lo dudó y adquirió una propiedad con la mejor vista que encontró de la zona costera. Un pequeño paraíso donde el mar y el bosque se hacen uno, y en el que un avión 727, que una vez fue chatarra, aterrizó en su destino definitivo.

Gerardo González

Graduado de la Universidad de Costa Rica en Comunicación Colectiva. Especializado en gastronomía, turismo y entretenimiento.