
Cuando a Pedro le preguntan por sus amigos, responde escueto: no los llama, desconoce a qué se dedican, ignora sus rutinas. Si la consulta gira en torno a su trabajo, se apresura a elogiarse porque en la oficina es un “héroe”. Al comparársele con Narciso, la figura de la mitología griega que murió ahogado al enamorarse de su propio reflejo, resulta casi lógico etiquetarlo como un narcisista.
Quien conviva con alguien similar a Pedro podría llegar a la misma conclusión, ya que muestra una preocupación excesiva por sus necesidades mas no las ajenas; pero para concretar esta sospecha, vale repasar las quimeras y la ciencia alrededor del narcisismo.
Antes de identificar este trastorno, primero hay que entender que nadie se salva: todos tenemos una cuota de narcisismo en nuestro sistema. Se trata de un impulso por sentirse especial y único, ampliamente vinculado al egoísmo, la vanidad y los comportamientos pasivos agresivos.
Eso sí, para padecer el trastorno, estas características tienen que ser persistentes. Ninguna persona narcisista presenta los comportamientos de manera pasajera; la necesidad de auto-admiración es constante e inquebrantable.
No es una manera afable de vivir, pues se vuelven dependientes de la superioridad y la persiguen a cualquier costa. Si participan en un voluntariado, no lo hacen por altruismo, sino para impresionar y recibir algún beneficio a cambio.
En ese sentido, los narcisistas pueden convertirse en personas dañinas, vengativas o insensibles al aprovecharse de las vulnerabilidades de los demás; se mueven por beneficio propio, aun cuando reconocen que sus acciones son “malévolas”.
Y cuando no alcanzan la gratificación, la dificultad para regular emociones les pasa factura: se sienten agraviados, adoptan el papel de víctima, desconfían de sus círculos y se aíslan. Esa angustia, naturalmente, termina por golpear sus vínculos cercanos.

Rasgos predominantes en un narcisista
Lejos de la creencia popular, no todos los narcisistas son iguales. Investigaciones publicadas en la revista Journal of Personality and Social Psychology señalan que existen variantes del trastorno, y una persona puede exhibir más de una.
La más habitual es el narcisismo agencial: alguien seguro de sí mismo, asertivo, presumido y enfocado en el estatus, el poder y el éxito. Algo así como Pedro, que siempre alardea de su puesto.
Después está el narcisismo neurótico, que se caracteriza por una necesidad constante de validación y una alta sensibilidad a la crítica y al rechazo. Por lo general, quienes lo presentan son inseguros e incluso se avergüenzan de sus falencias.
En tercer lugar figura el narcisismo antagónico, caracterizado por una competitividad extrema, hostilidad y disposición a explotar o menospreciar a otros con tal de sentirse superior. Por ejemplo, cuando Pedro acapara las reuniones para discutir sus logros sin reconocer el esfuerzo colectivo.
En caso de que usted conviva con alguien con estos rasgos y quiere esclarecer si es narcisista, lo recomendable es abordar el tema en un espacio tranquilo y seguro. Si la persona reacciona con reproches o furia, dese por satisfecho con la confirmación.
En cambio, si su respuesta muestra una reflexión, existe la posibilidad de un cambio. Al considerar los sentimientos de los demás, aunque sea un poco, las tendencias narcisistas pueden atenuarse. No todo está perdido, aun cuando el reflejo sea demasiado seductor.
Los casos clínicos de narcisismo son infrecuentes (entre 1% y 2% de la población). Hay rasgos como sentimiento de superioridad, inclinación al engaño y tendencia a culpabilizar a otros.
