Revista Dominical

Costa Rica en 1821: un país donde no había fiestas ni eventos sociales, más allá de la misa

En el año de la Independencia, los ticos no realizaban festejos con muchos invitados, ni tenían sitios para su esparcimiento. En ese entonces, lo que existía, eran reuniones familiares donde se contaban anécdotas durante la comida

Cuando Guatemala declaró la Independencia, en octubre de 1821, hubo algunos festejos sociales en ese país, principalmente debido a que ya eran muchos días en los que la población llevaba presionando para separarse del imperio español.

Sin embargo, en Costa Rica, todo fue muy diferente.

Luego de quitarle las armas al gobernador Juan Manuel de Cañas, para defender la reciente emancipación y firmar el Acta de Independencia, en un cabildo abierto en Cartago los destacados miembros del ayuntamiento consideraron que podía ser una buena idea realizar un pequeño agasajo, con el fin de celebrar que Costa Rica ya era una nación libre.

Fue así como se dieron a la tarea de reunir, entre ellos mismos, algunas bebidas y productos para organizar la actividad. Sin embargo, finalmente, el evento nunca prosperó.

“En el cabildo de Cartago hicieron una colecta para tener recursos para la celebración, pero la colecta lo que dejó como saldo fueron ocho pesos, unos cuantos reales y 12 botellas de aguardiente… entonces no pudieron hacer la celebración, porque con esos ocho pesos no podían, no alcanzaba.

“Además, se supone que las personas del cabildo eran las más distinguidas, por lo tanto tenían que ser las personas con más recursos, porque eran los descendientes de la aristocracia”, comentó el historiador Enrique Martínez.

Con esa pequeña pero ilustrativa anécdota, queda en evidencia que la Independencia de Costa Rica pasó sin pena ni gloria. En el país estaban más preocupados por cultivar sus productos y coser su ropa que por el hecho de hacer un festejo (que tampoco era habitual) para celebrar la separación del imperio español.

Eso habla de la austeridad en la que vivía un país que, dicho sea de paso, era la provincia más pobre de la región.

200 años atrás, tal sencillez también predominaba en los diferentes aspectos de la vida diaria del tico. Eso se reflejaba en la educación, en los oficios, en la salud y en la vida social, entre otros.

“Era una Costa Rica muy sencilla, de hábitos sencillos, sin lujos. La gente no era exhibicionista en las cosas que tenía, era más bien austera, de hablar sencillo y bajo. No se hablaba a gritos y había una comunicación oral muy importante”, explica el historiador Vladimir de la Cruz.

Según detalla el experto, en el país predominaban comportamientos sociales que estaban reglados por la costumbre popular. En ese entonces era de suma importancia saludar con un buenos días, buenas tardes o buenas noches.

También era fundamental saludar a los mayores, así como callar ante ellos cuando era oportuno.

“Los niños callaban ante sus padres. Es decir, no se podía discutir con los papás y la palabra del papá era sagrada. Además, había rigurosidad para enseñar y una jaladita de orejas, o un pellizquito, no eran hábitos, eran costumbres que empezaban a mostrar comportamientos, o a desarrollar comportamientos de obediencia”, añade.

Eran sumamente honestos, al punto que se podía dejar una bolsa con pertenencias o algún dinero afuera de la casa y a la vista de los demás, que nadie la tocaba. Este fue un habito muy común, incluso hasta finales del siglo XIX.

“La vida era muy honesta y muy honrada. Nadie se robaba el pan, ni la leche ni nada de eso. En eso, había un criterio de honradez muy importante”, destaca el historiador.

Sin vida pública

El mercado de los sábados, que se realizaba durante las primeras horas de la mañana en la plaza central del pueblo, era la actividad social por excelencia. Este era el lugar en el que los vecinos se encontraban, conversaban e intercambiaban algunos productos.

Además, los domingos era la misa, donde asistían con sus mejores atuendos, pues allí se encontraban con las demás personas del pueblo y era el espacio de reunión por excelencia. Fuera de esos dos sitios no existía ningún tipo de espacio público o de recreación para poder salir de la casa.

“No había una vida pública, los espacios públicos no existían. No había parques, ni teatros. Cartago lo que tenía, por ejemplo, era una plaza central. A un lado estaba la iglesia, la casa del sacerdote, el cuartel y después había algunas casas alrededor de eso.

“Recordemos que en 1821 no había cantinas, no había pulperías como las conocemos ahora, no había sitio de reunión pública. Los primeros centros de recreación como los teatros aparecieron a mediados del siglo XIX en San José. Se trataba del Teatro Mora, pero al día de la Independencia eso no había”, comenta de la Cruz.

Y aunque no había sitios de esparcimiento, se acostumbraba a vivir intensamente en familia. La mesa era el lugar de reunión cuando se servía la comida. Allí se compartían experiencias de vida y se recordaban anécdotas de los abuelos y bisabuelos.

En ese entonces solía haber un culto hacia los antepasados, de quienes heredaban aspectos de honradez, de honestidad, de responsabilidad, de laboriosidad, de amor por el trabajo y de sencillez.

“Se enseñaba que la familia de uno valía por el trabajo, por la responsabilidad, por la austeridad, por la sencillez, por el respeto que se inculcaba para las personas. Y si la familia de uno valía, uno aprendía de esa manera que la familia del vecino también valía igual. Entonces se iba creando una idea de que los costarricenses valían todos y eso era muy importante en esa época antigua nuestra”, añade el historiador.

Eso sí, no eran frecuentes las visitas a las casas de la familia cercana o a la de los vecinos. Cuando las había, las visitas se recibían en el corredor de la casa, donde siempre había una banca de madera para sentarse a conversar.

Tampoco se hacían grandes fiestas con muchos invitados. Lo que se acostumbraba para celebrar algún acontecimiento era más bien una comida en la casa, únicamente con la familia. Claro está, que las familias más ricas tenían la capacidad de festejar de una manera un poco más opulenta.

Justamente, en la clase social más alta, para aquella época se propiciaban los encuentros entre familias adineradas. El objetivo de dichos encuentros, principalmente, era poder emparejar a sus hijos y mantener el poder adquisitivo entre las mismas.

Por otro lado, como no había electricidad, los ticos se alumbraban con antorchas o teas y la vida se reducía al día, es decir, del alba hasta el ocaso. Además, en las noches no se podía salir y era peligroso por los animales, más que todo fuera de la ciudad.

Si alguien salía por la noche era cuestionado por las autoridades policiales de la época

“Por parte de las autoridades coloniales y en los primeros días de vida independiente, se acostumbraba a tener un equipo milicia. Ese equipo tenía un conocimiento bastante amplio de la gente que vivía en el área donde ellos tenían que cuidar.

“Entonces, si la gente andaba de noche, podían pararla y cuestionar para dónde iban y si era el caso los acompañaba” relata.

Además, para el esparcimiento, existían juegos tradicionales, pero de acuerdo con de la Cruz eran muy rudimentarios. También tocaban algunos instrumentos musicales, como la guitarra.

Educación casera

Si bien para el momento de la independencia ya existía la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, la escuela de primeras letras, instaurada en abril de 1814 en San José, eran relativamente muy pocos los niños que asistían a recibir lecciones para aprender a leer y escribir.

En ese entonces las mujeres jugaban un papel de suma importancia en la educación de los niños, pues eran las madres quienes no solo inculcaban los valores religiosos desde la casa, sino que también eran quienes más influían en la formación de los niños.

“Los padres más bien eran alejados de esa enseñanza. Por supuesto que los papás no dejaban de tener su influencia y probablemente había muchos papás muy cercanos a sus hijos, pero ese ámbito era más de la mujer, ellas eran quienes marcaban las pautas. En muchos sentidos, al hombre se le respetaba casi como una autoridad, más bien”, afirma De la Cruz.

Además, las iglesias procuraban enseñar el catecismo a los pequeños y, para ello, los sacristanes y personas que trabajaban junto a los sacerdotes debían aprender el latín. No obstante, más allá de eso, los niños no tenían una educación y no sabían leer, ni escribir.

“Hablamos de una población totalmente analfabeta. En 1890, por ejemplo, sobre 340.000 habitantes, sólo el 10% sabía leer y escribir. Entre ellos los extranjeros alfabetas que vivían en el país. Es decir, era una población muy baja”, asegura el historiador.

Además, el experto añadió que ese porcentaje comprendía a los niños y niñas que iban al Liceo de Costa Rica, al Colegio de Señoritas o al Colegio San Luis Gonzaga. Fuera de eso, el resto de la población carecía de algún tipo de conocimiento académico.

Sin embargo, a pesar del limitado acceso a la educación, durante la década de los años 1820 hubo desarrollo de medios de comunicación, aún cuando todavía no se había introducido la imprenta en Costa Rica.

El primer Jefe de Estado de Costa Rica, Juan Mora Fernández, impulsó los periódicos manuscritos en forma de murales, los cuales se colocaban en sitios estratégicos. Estos estaban a cargo de un grupo de personas en específico, quienes tenían grandes responsabilidades.

“Debían cuidar que ahí no se pusieran textos u otros manuscritos que ofendieran, que difamaran, que mintieran, que insultaran, que atentaran contra la autoridad o que llamaran a disturbios públicos. En caso de que eso pasara, era sancionado el responsable de cuidar el mural.

“Entonces es muy interesante, que en una etapa en que no teníamos imprenta, se impulsó el mural como un medio de comunicación y un periódico mural para informar”, añadió De la Cruz.

Cuando se requería que la gente se informara, lo que se hacía era tocar campanas. Entonces ponían a repicar las campanas de la iglesia o las campanas del ayuntamiento. De esta manera, paulatinamente, la gente se reunía para ver qué era lo que iban a decir.

Ya reunidos, a los costarricenses se les leía un bando en un papel, ya fuera con una disposición legal o se les informaba de algún acontecimiento.

“La práctica de las campanas se cambió después por las sirenas de San José. Cuando tenían una noticia importante, tocaban sirenas y todo el mundo se agolpaba. Y esa forma de comunicarse se mantuvo por varias décadas y para ciertos grandes eventos. Sin embargo, para 1886, ya había periódicos”, agrega.Ropa hecha a mano y trajes de domingo: así vestían los ticos en 1821

Una nueva Costa Rica

Luego de la independencia, Costa Rica comenzó a experimentar un avance muy positivo, pues antes de 1821 el país dependía de lo que impulsaba el régimen colonial español a través de los virreinatos y de la capitanías generales, las cuales iban administrando la información que llegaba desde el país europeo y los avances que se daban en todos los campos.

Sin embargo, al proclamarse libre e independiente, la nación tuvo que empezar a caminar por cuenta propia y a labrar sus propios caminos.

“Aún cuando nos metimos en las Provincias Unidas de Centroamérica, tuvimos que desenvolvernos de manera autónoma, porque nosotros éramos la provincia más alejada de toda la región. Desde el Virreinato en México, éramos el punto más lejano en la Capitanía General de Guatemala.

“Además, las malas condiciones de infraestructura de caminos, donde predominaban los trillos, las veredas y los caminos de barro, hacía más compleja la forma de comunicarse, entonces estábamos muy aislados. Y cuando empezamos a caminar en el período Independencia, tuvimos que empezar a revolucionar eso”, comenta el historiador.

La revolución inmediata más importante se da al declarar la independencia, pues todas las tierras que pertenecían al rey pasaron a ser tierras estatales.

De esta forma, el jefe de gobierno y las autoridades gubernamentales, tuvieron la posibilidad de redistribuir tierras. Así se comenzaron a asignar propiedades para el cultivo del café, que tan solo un par de décadas después, ya era el producto más importante.

Además de dar tierras y almácigos, daban apoyos y hasta premios para quien descubriera caminos para ir a cultivar.

Eso sí, si la tierra no se cultivaba en un periodo de cinco años (que en esa época era el tiempo que duraba la mata de café para producir la primera cosecha) se la quitaban a los propietarios y se la entregaban a otra persona.

“El proceso colonizador es el que revoluciona, porque empieza a meter a la gente. El Valle Central se empieza a poblar más y alrededor de eso empiezan a descubrirse una gran cantidad de cosas. Ya hacia 1850, con las actividades del café, la industria del grano de oro se había desarrollado a tal punto de que aquí se hicieron inventos para trabajar el café, como máquinas que permitían descascar, descascarar al vapor y secar.

“Por otro lado, por primera vez en el mundo, aquí se hicieron las patentes de café y eso significaba que aquí había un talento científico, también asociado al desarrollo de la industria del café. No sólo en el cultivo, sino en las técnicas del beneficiado, que era la forma como se procesaba el grano de oro”, detalla De la Cruz.

Fue así como aquella pequeña y olvidada provincia de la corona española empezó a construir su futuro. Fueron hombres y mujeres preocupados y trabajadores que, a punta de esfuerzo, tomaron las riendas de un país recién nacido, respirando hondo y muy fuerte los nuevos aires de independencia.

Kimberly Herrera

Kimberly Herrera Salazar

Periodista graduada de la Universidad Internacional de las Américas. Licenciada en Comunicación de Mercadeo de la Universidad Americana.