La oferta sigue a la demanda, y los costarricenses parecen inclinarse cada vez más por los outlets, aquellas tiendas donde se ofrece cualquier tipo de producto a muy bajo precio, a cambio de que esté dañado o un poco pasado de moda.
Al recorrer una calle transitada —pensemos en Escazú— se aprecia el contraste: mientras un centro comercial tradicional permanece cerrado por la tarde, una plaza a cielo abierto mantiene su dinamismo con farmacias, restaurantes y, naturalmente, un outlet.
Allí es posible encontrar una batidora por ¢5.000, cuando en su tienda oficial costaría ¢40.000 o más. La oferta no se limita a pequeños electrodomésticos: libros, joyería, productos de belleza y aseo personal, dispositivos electrónicos, muebles e incluso maquinaria para hacer ejercicio llenan los estantes. Con precios tan llamativos, resulta difícil no sucumbir a la tentación.
Eso sí, muchos galerones no se esfuerzan por tener una línea decorativa personalizada; al contrario, para atraer más clientes, prescinden de la tradicional puerta de seguridad y exhiben su mercancía directamente en el bulevar, acera o cualquier punto de tránsito peatonal.
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Este fenómeno responde a un cambio en las dinámicas comerciales, según explicó Manuel Morales, director del Ministerio de Vivienda y Asentamientos Humanos (Mivah) y docente en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Para comprenderlo, es necesario remontarse a épocas pasadas, cuando las personas solían visitar parques o plazas para disfrutar de un helado. Con el aumento de la percepción de inseguridad, también creció el temor hacia los espacios abiertos y gratuitos. Los grandes beneficiados de este cambio fueron los malls, que terminaron por sustituir a los espacios públicos como puntos de encuentro.
El comercio, a su vez, se adaptó a las dinámicas de expansión urbana. A medida que las poblaciones se trasladaron a suburbios alejados de los centros, los negocios las acompañaron. Esto explica la proliferación de centros comerciales en barrios cada vez más distantes.
Ahora, según Morales, este fenómeno se repite en cierto grado con los outlets. Su crecimiento en zonas suburbanas es cada vez más evidente y, como consecuencia, afectan a los comercios más pequeños por su capacidad de oferta. “Tienden a irse comiendo a los pequeños comercios tradicionales que están a su alrededor”, señaló.
Para un emprendedor, resulta difícil competir contra un rótulo de “Todo a ¢1.000″. Para un consumidor, resulta fascinante acceder a dispositivos cuyos precios suelen estar inflados en otros comercios. Aunque apenas empezamos a entender estos espacios, pareciera que llegaron para quedarse.
