Don Norberto mira la Catedral Metropolitana desde la ventana de su taxi. Los minutos pasan despacio desde la parada. Pasan diez, quince minutos...
En pleno centro de San José cuesta que alguien levante la mano para pedir un viaje, cuenta (tal vez uno cada tres horas), algo inconcebible una década atrás.
Cada mañana, don Norberto enciende el carro a las seis. Lo apaga cerca de las diez de la noche. Son dieciséis horas de trabajo para sostener una deuda de ¢12 millones que arrastra desde la pandemia. “Antes no trabajaba así”, dice. “Ahora no queda de otra”.
Don Norberto (que pide resguardar su identidad) saca su billetera y me enseña su licencia de conducir. “Vea, vea. Desde esa fecha soy taxista”, me dice y me señala el año: 1986. “De ahí al 90 fue la mejor época... Uno hacía mucho menos horas que ahora porque todo el mundo pedía. Ahora estoy ahuevado, no veo cómo vamos a salir de esta”.
Este taxista mira con nostalgia la época en la que podía llamar con certeza a su gremio como “fuerza roja”. Recuerda cuando las cooperativas reunían cientos de taxis, las radios no dejaban de sonar y los hoteles llamaban constantemente para recoger turistas.
En su cooperativa, donde antes de pandemia había entre 200 y 250 carros, ahora quedan unos 80. No es el único que ha visto tal declive. A comienzos de julio, más de 2.000 taxis dejaron de prestar servicio en todo el país tras vencer el plazo para renovar las concesiones sin que el gobierno aprobara una nueva prórroga.
Hoy, explica, buena parte del trabajo llega por medio de empresas e instituciones que necesitan facturas para justificar sus gastos. En el resto de la competencia admite que Uber les gana el pulso.
“Mientras pago combustible, mantenimiento, revisión técnica, seguros, cargas sociales y cerca de ¢74.000 mensuales solo por el seguro del vehículo, ellos (Uber) nada, no le dejan plata a Hacienda, todo se lo lleva gente que ni vive en el país”.
Incluso si la legislación permitiera integrar los taxis a aplicaciones como Uber (tal como está planteando la transnacional), él asegura que no lo haría. “La aplicación se lleva un porcentaje y el carro, las llantas y el mantenimiento los pongo yo. Así no se vale”, argumenta.
En su reflexión, don Norberto también señala responsabilidades dentro del propio gremio. Recuerda que antes los taxistas recibían cursos de relaciones humanas y que la principal lección era sencilla: “Yo dependo del cliente, no el cliente de mí”. A su juicio, esa cultura de servicio se fue perdiendo con los años, al igual que los controles sobre quién podía conducir un taxi y el seguimiento a los concesionarios. “Y Uber también sufre eso, uno sabe de conductores que andan manejando sin responsabilidad, usted ya sabe...”, dice, haciendo una seña con sus dedos refiriéndose al fumado de marihuana.
Otro aspecto que le parece injusto es que cuando un taxista cambia de vehículo debe entregar las placas del carro anterior y esperar meses para completar los trámites del nuevo. Durante ese tiempo prácticamente no puede trabajar. “Son tres meses sin ingresos”, lamenta.
En medio de la conversación aparece el recuerdo más duro. “Tuve un compañero que estaba tan asfixiado por las deudas que se quitó la vida. La verdad es que aquí la estamos pasando mal, yo quisiera que también la gente piense que esto son muchas familias”. ¿Pero de quién es la culpa? Don Norberto dice, contundente, “del Estado. No hacen nada. Lo que proponen ahora no va a solucionarnos nada”.
En la fila de espera frente a la Catedral tratamos de intercambiar algunas palabras y algunos nos dijeron que era culpa de “nosotros”, refiriéndose a la prensa. Otros dijeron que están “demasiado ahuevados” como para ponerse a hablar de esto. Casi todos rechazaron conversar.
En el Parque Central, conversamos con algunos transeúntes quienes cuentan que han reducido la utilización del taxi. María, de 30 años, cuenta que agarra taxi si sale de un evento de noche, hay uno cerca y así no espera los minutos que dure el Uber. Fernanda, de 18, cuenta que su abuelo siempre usa, pero ella no.
Doña Maruja, de 55, cuenta que casi siempre sus hijos la llevan a hacer vueltas fuera de su casa, pero que continúa usando taxi por costumbre. “Diay, es que están ahí”, dice. Antonio, de 41, dice que dejó de usar taxi porque sentía que siempre la María estaba afectada. “Lógico voy a ahorrar más en Uber”, dice.
Por su parte, Javier, de 32, recuerda con molestia los enfrentamientos que hubo entre los taxis y los Ubers a los pocos meses de su implementación en el país. “Recuerdo que se agarraban feo, que se trataban muy mal. Uno no se podía bajar cerca de una parada de taxis porque se hacía un pleito”.
Puede leer el reportaje completo sobre la situación social y legal de los taxis aquí.
