Lysalex Hernández A.. 17 noviembre, 2018
Eva Rubinstein llega cada jueves a la tienda para darle seguimiento a la actividad en el negocio. La empresaria tiene como tradición repartir confites entre su equipo de trabajo, ya que siente que cada uno de ellos “son sus chiquitos”. Fotografía: Mayela López
Eva Rubinstein llega cada jueves a la tienda para darle seguimiento a la actividad en el negocio. La empresaria tiene como tradición repartir confites entre su equipo de trabajo, ya que siente que cada uno de ellos “son sus chiquitos”. Fotografía: Mayela López

Hace 80 años, León Rubinstein y su esposa Lola llegaron a Costa Rica con el objetivo de dejar atrás la guerra en Polonia y comenzar a construir su legado: el Almacén La Ópera

No hay duda alguna. La palabra tiempo resulta tan absoluta y determinante que es imposible no detenerse y pensar en ella. Resulta una tarea titánica si se resume a un número: 80 años.

Para ponerlo en perspectiva, esto significa que han transcurrido, hasta este preciso momento, un total de 29.200 días; 700.800 horas; 42.048.000 minu tos y 25.240.608.000 segundos.

Para León Rubinstein, un hombre de nacionalidad polaca que tomó la decisión de salir de su país junto a su esposa Lola y sus hijos, para no ser testigo de la guerra, estos números formarían parte de la inseparable herramienta de trabajo de uno de sus hijos, Salomón: una libreta en la que apuntaba todos los detalles de su labor del día a día. Cada una de estas hojas fueron testigos de una historia que comenzó a gestarse desde el momento en el que decidió que las calles de San José, en Costa Rica, lo llevarían a darles un futuro a sus seres queridos y, posteriormente, a cada uno de sus empleados, esos a quienes podría decirse que consideraba su familia escogida.

Los primeros meses de su nueva vida transcurrieron vendiendo, de puerta en puerta, todo lo que sus clientes le solicitaban. Sin embargo, fue en la reventa de telas donde halló la oportunidad de progresar, cuando en 1938 adquirió su primer local, que con los años se convirtió en un edificio de cuatro pisos.

Sonia Cascante (fotografía superior) llegó a buscar una tela para el traje de un nieto. Esta costurera conoció el almacén gracias al oficio de sastre que ejerció su esposo, Juan Rafael Vargas, durante muchísimos años. Fotografía: Mayela López
Sonia Cascante (fotografía superior) llegó a buscar una tela para el traje de un nieto. Esta costurera conoció el almacén gracias al oficio de sastre que ejerció su esposo, Juan Rafael Vargas, durante muchísimos años. Fotografía: Mayela López

Ubicado en la Calle 4, en San José centro, el Almacén La Ópera se ha convertido en el punto de encuentro en el que sastres, costureras, diseñadores de moda y personas que buscan adquirir textiles de calidad.

Atravesar su enorme y sorprendente fachada de madera, que contrasta con las motos, buses y automóviles que pasan frente a ella, es adentrarse en un mundo en el que las telas no solo sirven para crear todo tipo de prendas de vestir, sino que también son el motivo para que los más de 20 empleados que laboran allí se superen.

Retazos de vida

Para Eva Rubinstein, nieta de don León, y quien actualmente es la que lidera este negocio que ha pasado de generación en generación, la clave para mantenerse vigente en esta industria es lograr un equilibrio entre el pasado y lo que son las nuevas tendencias.

“Siempre recordaré las palabras de Salomón, mi papá, quien siempre decía que el éxito del almacén dependería de que supiéramos leer las necesidades de nuestros clientes, porque no solo vendemos telas, sino que también queremos ofrecerles la educación para que sepan valorar los textiles”, rememora Eva mientras se acomoda en una de las sillas de las oficinas administrativas.

Los más de mil artículos que forman parte del inventario actual de la tienda son la búsqueda constante de ese balance. No en vano lo primero que salta a la vista son casimires de color vibrante y que, de alguna extraña manera, pero de forma perfecta, se mezclan con los clásicos de algodón y poliéster.

“Para serle honesta, los casimires de colores fucsia, naranja o verde, y que saltan a la vista cuando se entra a la tienda, no estarían aquí si mi abuelo estuviera vivo, porque él apostaba más a lo clásico. La verdad es que, en un inicio, yo no estaba muy convencida, pero decidí aceptar la recomendación que me hizo uno de mis tres hijos”, asegura entre risas.

Cuando se le pregunta si la devoción a este negocio y las telas es algo que se hereda, afirma que no, que en realidad esto es algo que se debe cultivar día a día. Esto es algo que ella, al igual que su abuelo y su padre, inculca en todo el equipo de trabajo.

“Desde que se inició el negocio siempre tuvimos como filosofía que no solo se trataba de vender la tela, sino que lo que queremos es que nuestros clientes aprendan y desarrollen un conocimiento sobre nuestros productos. El objetivo es que ellos sean capaces de imaginar la prenda final con tan solo sentir los textiles que están tocando”, expresa Rubinstein.

Luis Alfaro tiene 23 años de viajar diariamente en bus entre Naranjo y San José. Fotografía: Mayela López
Luis Alfaro tiene 23 años de viajar diariamente en bus entre Naranjo y San José. Fotografía: Mayela López

La fidelidad de los clientes, esos que en cuestión de dos horas llegan a ser más de 30, reconocen en este almacén –que debe su nombre a la fascinación de León por la ópera– un espacio que les ha permitido construir recuerdos a través de la fabricación de prendas de vestir.

Tal es el caso de Sonia Cascante, quien llegó a la tienda en busca de una tela a fin de elaborar un traje para su nieto, y que fue recibida con un caluroso y entrañable saludo, por parte del vendedor Marco Ávila. Volver ese día al almacén resultó realmente especial y nostálgico.

“Yo soy costurera y mi esposo, Juan Rafael Vargas, que ya falleció, era sastre. No recuerdo cuánto tiempo tenía sin venir al almacén, pero para mí, el poder hacerlo hoy, es reencontrarme con mi marido y todos los recuerdos que tengo de él y la dedicación de su trabajo”, dice.

Su hija Melissa Vargas, de 33 años, recordó que cuando era una adolescente viajaba de Coronado a San José con una lista en sus manos, en la que su papá le decía cantidades y tipos de tela a comprar.

Conlos ojos aguados, esta joven comentó que nunca podrá olvidar la emoción que sentía, junto a sus hermanos, de llegar al almacén a comprar las telas para que su papá confeccionara los uniformes escolares.

“En este lugar viví gran parte de mi infancia y adolescencia, además de que me permitió valorar un oficio tan hermoso como es la sastrería y todo la dedicación y esfuerzo que hay detrás de cada confección de prendas”, relató Vargas.

Priscilla Corrales desborda pasión cuando habla de cada uno de los textiles que se pueden adquirir en el almacén. Ella tiene tres años de laborar en la tienda. Fotografías: Mayela López
Priscilla Corrales desborda pasión cuando habla de cada uno de los textiles que se pueden adquirir en el almacén. Ella tiene tres años de laborar en la tienda. Fotografías: Mayela López

Labor que inspira

Cada uno de los espacios del Almacén La Ópera esconden innumerables historias, y en las que sus colabores reconocen, con mucha satisfacción, el orgullo de ser parte de esta empresa familiar.

Uno de ellos es Guido Ramírez, gerente administrativo, y quien desde hace 36 años trabaja en el lugar, por lo que ha sido testigo de la evolución del negocio. Para él, lo más valioso es que a lo largo de los años ha mantenido intacta su filosofía de hacer que el empleado se sienta realmente valorado.

Según dijo, aunque solo tiene el bachillerato del colegio, ha podido escalar posiciones en todo este tiempo, ya que comenzó siendo empacador, luego pasó a ser vendedor y ahora lidera una de las gerencias.

“Saber que siempre tuve esa oportunidad de superarme hizo que me esforzara día a día. Hoy, cuando estoy a tan solo tres años de pensionarme, disfruto por igual estar en la gerencia o aquí, entregando las compras que realizan los clientes”, expresó.

Al hacer un repaso por estos años, recuerda con especial cariño las visitas hechas a la tienda por deportistas como Claudia y Sylvia Poll, además de Nery Brenes. A ellos también se suman el árbitro Wálter Quesada, el cantante Gilberto Hernández y varios diputados, políticos y embajadores del país.

Guido Ramírez, gerente administrativo de la tienda, tiene 36 años de trabajar en el almacén. Fotografías: Mayela López
Guido Ramírez, gerente administrativo de la tienda, tiene 36 años de trabajar en el almacén. Fotografías: Mayela López

Por su parte, Luis Alfaro, quien tiene 23 años de laborar en el almacén como bodeguero, tiene todo este tiempo viajando diariamente entre Naranjo, donde reside, y San José. Aunque ha tenido oportunidad de cambiar de trabajo, no lo ha hecho porque siente que este es su hogar.

“Hay quienes piensan que es un sacrificio levantarme a las 3:30 a. m., de lunes a sábado, para tomar el primer bus que sale de Naranjo a San José. Esto lo hago desde hace 23 años y nunca he sentido que sea así, al contrario, cada día significa una nueva oportunidad para hacer lo que más me apasiona. Allí está el éxito de una empresa, en que no lo vean a uno como un simple número, sino como una persona que puede aportar activamente a su crecimiento”, expresó Alfaro.

En la búsqueda de ese equilibrio constante, Priscilla Corrales, quien desde hace tres años labora como diseñadora textil y encargada del mercadeo del almacén, siente que con su llegada las nuevas generaciones podrán apreciar la calidad de las telas y aprovechar su versatilidad en la confección.

Para esta joven, es importante que se le dé el lugar que realmente merece el trabajo de los diseñadores, sastres y costureras, ya que en el esmero que ellos le ponen a los detalles es lo que vuelve a cada pieza única.

“No solo somos un lugar que vende telas. Poco a poco hemos ido demostrando que ofrecemos experiencia y guía para que los clientes sean capaces de ver más allá de lo que tienen ante sus ojos”, Corrales.

El Almacén La Ópera tiene muy claro su razón de ser: hacer de los textiles un mundo lleno de posibilidades para crear valiosos recuerdos.