Revista Dominical

107 años y dos pandemias: Conozca la historia del carpintero tico Juan Gabriel Hernández

La covid-19 no es la única pandemia que le ha tocado atravesar a este centenario costarricense nacido en 1913. Y pese a que no recuerda mucho de aquella época, este aficionado empedernido del Saprissa, amante del baile y del periódico, goza de buena salud y muchas anécdotas

En un sillón color naranja ubicado junto a la puerta de la casa y frente a una ventana, reposa Juan Gabriel Hernández Matamoros.

A su lado izquierdo, doblado por la mitad, se encuentra el periódico que recién terminó de leer hace unos minutos y que por ningún motivo le puede faltar; mientras que a su derecha lo acompaña un bastón, que desde hace algunos años es un amigo inseparable.

En ese sillón don Juan permanece sentado por varias horas, principalmente después del infaltable café de la mañana que le alista Griselda Duarte, su cuidadora. Este sitio tan sencillo pero tan lleno de tranquilidad, se ha convertido en uno de sus lugares favoritos dentro de su casa, ubicada en Los lagos, en Heredia.

Han sido 107 años de anécdotas y caminos recorridos y hoy disfruta de esa calma que le da su hogar, mientras recuerda desde su sillón tantas historias vividas. Goza de buena salud, una lucidez envidiable y todos los días agradece por tener la oportunidad de coleccionar tantos momentos únicos.

Don Juan nació el 19 de octubre de 1913 en Naranjo, en Alajuela y a lo largo de toda su vida ha sido testigo de momentos que no muchos han presenciado o no recuerdan. Entre ellos, las erupciones del volcán Poás hacia finales de las décadas de 1920 e inicios de los años 1930 y la guerra civil de 1948, así como la creación del Deportivo Saprissa, equipo de sus amores.

También es uno de los pocos ticos con vida que fue testigo de los estragos de la gripe española, la pandemia que llegó a Costa Rica en 1920 y provocó la muerte de 2.298 personas (para ese entonces la población del país rondaba las 500.000 personas).

Sin embargo, don Juan no recuerda muy bien cómo fue ese tiempo. Para ese entonces era un niño de siete años sin preocupaciones, que vivía entre las montañas y pasaba los días jugando con sus hermanos.

Lo cierto es que es uno de esos poquísimos costarricenses a los que les ha tocado vivir dos pandemias y atravesar por todo lo que esto representa.

De la covid-19 no sabe mucho, pero tiene claro que no puede salir de su casa, pues es una enfermedad peligrosa. También sabe que ya no lo pueden llevar al Hospital de Geriatría y Gerontología Raúl Blanco Cervantes para que lo atienda la doctora (Xinia) Ramírez, a quien tanto aprecia.

Se ha tenido que acostumbrar a las caretas y a la mascarilla cuando recibe alguna visita, así como al alcohol en gel y a no ver a toda su familia reunida, como tanto le gusta.

“No puedo salir por esa enfermedad que hay, entonces ya no puedo ir al hospital, pero la doctora siempre me manda saludos y me llama y sabe cuáles medicinas me hacen falta, es muy buena. Yo ahora en lo que pienso es en mis familiares, solo le pido a Dios que los acompañe a todos y que los libre de esta enfermedad”, dice.

Después de estar la mañana descansando en su sillón, a don Juan, quien utiliza un audífono para escuchar mejor, le gusta pasar algunas horas en su taller de carpintería, oficio que aprendió siendo un adolescente.

Este se encuentra en un rincón de su casa y allí tiene todas sus herramientas y lo que realmente le apasiona.

“Yo tenía varios tíos que eran carpinteros y yo les ayudaba y ahí aprendí del oficio. Después había un señor en San Juan de Naranjo que era especialista en hacer carretas y bastidores de carreta y mi mamá me decía 'Juan voy a hablar con fulano para que le enseñe a usted’ y él me enseñó a hacer carretas y todo eso y para mis papás fue muy bueno porque ellos tenían bueyes y yo les hacía las carretas. Yo la verdad es que aprendí a hacer de todo”, recuerda.

Fue carpintero y maestro de obras por más de seis décadas, específicamente hasta los 80 años, cuando sus hijos le pidieron que dejara de hacerlo pues consideraban que ya era un trabajo riesgoso para él: las fuerzas no son las mismas y toda la vida trabajó sin ser asegurado, razón por la cual, hoy no tiene una pensión.

Sin embargo, pese a que sus seis hijos no le permiten estar mucho tiempo en el taller, todos los días se da una escapadita, ya que además de ser un oficio, este siempre será su pasatiempo favorito.

También saca un ratito en el día para ver televisión, principalmente las noticias y no se puede perder las películas de Cantinflas.

Los secretos

Comer bien, dormir mínimo ocho horas diarias, no consumir licor, no fumar y trabajar mucho. Esos han sido los secretos que don Juan afirma que lo mantienen con muy buena salud hasta ahora.

Además, madruga mucho, para que el día le rinda bastante. Se levanta todos los días a las 5 a. m. y hace algunos ejercicios livianos que le recomiendan los médicos.

Sin embargo, toda su vida ha sido un hombre sano y afirma que eso le ha permitido no tener enfermedades, acopiar fuerzas y llegar a la edad que tiene.

“Yo tengo que andar con bordón porque la circulación me molesta y me puedo caer, pero yo me siento muy bien, a mí lo único que me molesta son las piernas, por eso paso mucho rato sentado en el sillón”, detalla.

Don Juan creció entre las montañas de Naranjo y empezó la escuela a los seis años, sin embargo, no la pudo terminar ya que sus papás Simón Hernández y Ana Francisca Cleta Matamoros, lo sacaron cuando llegó a cuarto grado.

“Yo tenía siete hermanos, pero solo yo les ayudaba porque a los demás les gustaba ir a trabajar a otro lado para que les pagaran, entonces ahí fue donde ya mis papás vieron que no les servía que yo siguiera en la escuela, porque tenía que trabajar con ellos, entonces me sacaron y ahí aprendí agricultura”, afirma.

Trabajaba sembrando café, caña, plátano, yuca y de todo lo que sus papás cultivaran; cuando podía ganarse algo, se iba a darse una vuelta a un teatro que había en Naranjo y en el que cobraban seis reales por la entrada.

Y aunque el trabajo era duro, afirma que la vida iba más lenta y se disfrutaba más.

“Lo único que había en Naranjo era un salón de cine y entonces mi vicio era ir ahí para entrar a ver una película, porque a mí me gustaba mucho eso. En ese tiempo no había nada, ni televisor, ni radio, ni nada, es decir, cuando eso no habían aparatos eléctricos, ni nada. Pero era más bonito había más cosas bonitas que ver, era mucho más tranquilo y había mucho campo.

"La vida era muy sencilla, las viviendas eran ranchos y los techos eran de paja. Yo me acuerdo que cuando estaba joven hice mi rancho a pura paja en la finca donde vivían mi papá y mi mamá”, explica.

Sus mejores memorias de esa época están acompañadas de caballos, ya que este era el medio de transporte por excelencia. Tenía que atravesar ríos, montañas y caminos de barro para trasladarse de un lugar a otro pero era feliz, respiraba aire puro.

En esas andadas conoció a Claudia Rodríguez, con quien se casó en 1936 y con quien compartió su vida por 72 años, hasta el 2008, cuando falleció. Juntos procrearon siete hijos.

De anécdotas

A lo largo de estos años don Juan ha coleccionado momentos que son y seguirán siendo inolvidables y se ríe con solo recordar tantas cosas que le han pasado.

Por ejemplo, recuerda cuando una ocasión en un paseo a Caldera, en Puntarenas, perdió su plancha de dientes.

“A mí me gustaba mucho ir a la playa y cuando nos metimos al mar yo no me esperaba aquellas olas grandísimas y cuando me di cuenta me botó una y perdí la plancha y ya buscando por todos lados no la encontré y luego, en una carnicería encontraron en un pescado una plancha y era la mía”, recuerda entre risas.

Pero eso no fue lo único que le pasó, en más de una ocasión lo asustaron La Llorona y El Cadejos y aunque ahora recuerda con una sonrisa aquella experiencia, no siempre fue así.

“Mis papás tenían una finca en Zarcero y hubo un tiempo en el que había que ir a traer el maíz allá. Y un día, cuando íbamos varios bajando por una cuesta en Barranca, por donde pasa un río, se presentó una mujer y se montó en la carreta y nosotros estábamos muy asustados y decían que era La Llorona”, recuerda.

Además, asegura que “a nosotros nos gustaba mucho andar a caballo y de repente se oía una bulla muy extraña y decían que era El Cadejos, pero uno nunca lo veía. La verdad es que me asustaron muchas veces”.

Sin embargo, también ha experimentado algunas situaciones que lo han hecho temer por su vida y la de su familia. Una de ella fue cuando llegó la guerra del 48, pues él y sus seres queridos siempre fueron calderonistas, es decir, del bando contrario.

"Fue terrible, fue un desastre. A nosotros como éramos contrarios al gobierno de Liberación nos maltrataban mucho, nos perseguían y todo, nosotros nos teníamos que quedar en la casa, callados, sin hacer nada porque nos perseguían. En eso mis hijos eran estudiantes y había algunos amigos que me decían ‘Juan vamos a pelear a tal parte’ y yo les decía que mejor no, que yo no quería nada de eso.

“Ellos trataban de ser valientes, y no es que yo no fuera valiente, sino que yo me ponía a pensar que qué ganaba yo con eso”, explica.

Además, en ese entonces pensaba en que su esposa estaba a punto de dar a luz. De hecho, entró en labores de parto en medio de la guerra y tuvo que salir escondiéndose por los cafetales a altas horas de la noche, para buscar una partera.

Y por eso, poco a poco se fue desencantando de la política, aunque asegura que siempre será mariachi y fiel seguidor del Partido Unidad Social Cristiana.

Pasión

Don Juan es un hombre muy apacible...hasta que Saprissa pierde.

Saprissa es la única excepción para desvelarse y no acostarse a las 7 p. m., como de costumbre, pues le gusta ver los partidos hasta el final.

Es un saprissista de esos que ha estado con el equipo desde el día de su fundación, en 1935. Desde sus primeros partidos el equipo lo enamoró y ha sido testigo de cada victoria, de cada derrota y de cada campeonato.

“Me gustaba Saprissa porque era un equipo muy bueno y sigue siendo muy bueno y es campeón. Siempre iba al estadio con los chiquillos, porque en ese tiempo era muy barato todo y era algo que me encantaba y a todos los hice saprissistas. Bueno, hubo uno que no, Luis Enrique, mi hijo. Él me molestaba y llegaba a las fiestas gritando ‘¡Liga, Liga!’”, asegura.

Es tan saprisista que su familia asegura que si pierde un partido, se acuesta enojado y al día siguiente no hay persona en el mundo que logre que don Juan lea el periódico. Simplemente se niega a ver las noticias sobre las derrotas del equipo de sus amores.

Y aunque le ha traído uno que otro colerón, también le ha dado experiencias inolvidables. La más reciente fue para su cumpleaños 107, cuando recibió el mejor regalo que pudo imaginar: el popular exarquero morado José Francisco Porras lo llamó para felicitarlo.

También tiene una camiseta firmada por todos los jugadores, tazas, banderas de su equipo y hasta una mascarilla, que se aprecian desde la sala de la casa.

Pero Saprissa no es la única pasión de don Juan: le encanta jugar lotería, chances y tiempos de la Junta de Protección Social y no hay sorteo en el que no participe. Eso sí, este no es un gran vicio.

Lo que sí le encanta es bailar y no puede escuchar una canción en la radio, porque ya está abriendo la pista.

“A mí siempre me ha gustado bailar y me encanta escuchar a Los Panchos y yo le digo a la muchacha que me ayuda ‘quitame eso y poneme Los Panchos’, pero últimamente me pongo a bailar con lo que sea. A mí lo que me jode son las piernas, por la circulación, entonces no puedo bailar mucho tiempo”, cuenta.

Antes, cuando era un niño y no habían orquestas, ni grupos, el que se encargaba de poner el baile era un señor que tocaba acordeón pero eso era suficiente para don Juan.

Ahora su sueño es cumplir 110 años, para poder volver a celebrar su natalicio tal y como lo fue en el 2013, cuando llegó a los 100 años y le hicieron una gran fiesta, con la Orquesta de Lubín Barahona y festejó con toda su familia bailando.

Su deseo es poder reunir de nuevo a los músicos, a sus seres queridos y bailar a lo largo de la celebración.

“Solo Dios sabrá cuánto tiempo más voy a estar aquí, pero yo estoy feliz y quiero seguir llevando la vida que he llevado hasta ahora”, finaliza.

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