Capítulo I: Costa Rica vs.España. En un estadio de Catar, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que unos temerarios e ilusos caballeros, ataviados de blanco, alucinando por la gloria, se estrellaron contra un rival colosal, armado de poderoso arsenal futbolero.
No solo tenían la estatura de unos gigantes, sino que además llevaban la furia y el poder de los molinos de viento. La quijotesca locura del “sí se puede” no alcanzó para superar la realidad de un duelo tan desigual, como aquel que procuró sin éxito el andante caballero de Cervantes.
A lo interno de La Roja tica intentaron gestar una quijotada, en donde la locura de pensar en lo imposible nos haría derrotar a aquellos bellacos disfrazados de monstruos futboleros.
“Luis Enrique no es el mejor técnico, porque ese soy yo”. “Queremos ir al Mundial con el objetivo de ser campeones del Mundo”.
Lo del soñador Suarez fue locamente contagioso. Waston, Calvo y otros siguieron al caballero andante en su delirio de creer en quimeras, como fieles escuderos cazadores de unicornios.
En el estadio Al Thumama los ticos encontramos a nuestra mamá, papá y a todos los parientes mayores que nos recordaron que entre España y Costa Rica existe una gigantesca distancia. Pero sobre todo, que para competirle hace falta mucho más que delirios y alucinaciones.

Solo la demencia que provocan los sueños de fútbol nos sugería un escenario inaudito. La Sele, clasificada en un repechaje, de milagro, cuarta de una de las zonas más pobres futbolísticamente, la imaginamos en la previa como victimaria de la otra roja, la de la furia, la que fue campeona del Mundo, alimentada por futbolistas de las más poderosas ligas del planeta.
Don Quijote nos heredó la manía de alucinar. Eso hemos estado haciendo desde la primera batalla en el Romel Fernández, en donde sobrevivimos a punta de heroicidad defensiva. Las principales imágenes de la eliminatoria son todas cuasi ficción: goles agónicos, las manos de Navas, los duendes mágicos desviando la pelta contra el poste.
La épica y el milagro se dieron la mano para rescatarnos de derrotas seguras. El Añíta Mikilona se convirtió en la armadura medieval de un equipo que cada vez fue más guerrero y menos futbolístico.
Un “Juntos hasta el último minuto” alimentó el sueño del milagro, cuya primera versión sucedió allí mismo, en Doha, frente a Nueva Zelanda, desatando esa locura de pensar que los gigantes de la Copa Mundo no serían imbatibles.
La realidad nos ha dado tan duro como aquel golpazo que don Quijote y su Rocinante recibieron de los molinos de viento. Lo peor: No hizo falta ningún gigante en el campo de batalla… Apenas un Pedri, Gavi y Alva , de 1.70 metros y la descomunal grandeza de su fútbol.
Esta vez el sueño se ha quedado dormido en el campo de los imposibles. La lógica de la realeza ha derrotado a los soñadores de ese mundo futbolero de pequeña estatura.
La batalla
El escudero, Sergio Busquets, hizo funcionar los molinos de Luis Enrique a la perfección. La caballería española acometió una y otra vez frente a una desarmada Costa Rica, frágil, lenta en la reacción, que no tuvo tiempo ni para sacudirse el polvo de la primera caída.
Arrastró su peor versión a lo largo de una fulminante batalla de 100 minutos. No hubo arrestos físicos ni reservas futboleras ticas, para al menos protagonizar un combate digno. 17 veces arremetieron contra nuestra la portería, ocho en forma directa y siete fueron las heridas mortales.
Los veteranos ticos de guerras épicas arrastraron piernas y las credenciales de sus mejores días. El gendarme de aquellas viejas glorias, un tal Keylor Navas, sufrió de orfandad y careció de los felinos reflejos con los que la historia le hizo un campo en el arte del combate futbolero.
El matagigantes no asomó ni la nariz. Ni un zarpazo fue capaz de lanzar frente al monstruo rojo que jugueteó con él desde el primer encuentro. Buscaba la pelota con letargo y sin convicción, mientras la danza del gol bendecía cada acometida de un rival que se relamió con el festín de su gran noche árabe.
Para las huestes de Navas fue larga, muy larga. Las mil y una noches en un drama de vergüenza y humillación. El equipo de la triste figura sucumbió sin dar pelea, despertando lástimas en el planeta futbol, que vio a artesanos enfrentados a una máquina destructora.
Esta vez a Suárez le tocó encarnar el papel de don Quijote. Solo que ahora sus rivales sí eran gigantes, sí estaban armados hasta los dientes y resultaron indestructibles, cual molinos de viento.
Fue ficción demencial creer en una victoria. El caballero andante reclutó a veteranos de guerras épicas para acompañar a una veintena de aprendices en el arte del combate futbolero. Pero la noche más amarga de todas reveló que unos están muy viejos y otros demasiado bisoños.
Luis Enrique I, elevado a Señor del ejército español, no ha tenido piedad con el nuestro. El Luis Fernando que, a puro verbo, nos hizo creer en la épica o al menos en la posibilidad de competir frente a los grandes de verdad.
La lucha la ha visto el planeta entero, que aun horas después no sale de su incredulidad. Trasciende La Mancha, porque en los tiempos modernos la ficción y la realidad viajan on line y no en caballos flacos y enjutos.
Solo hay espacio para sonrojarse por la humillación. De locos soñadores, los nuestros han pasado a alimentar la lista de los papelones. El rival ha bailado al son de más de 1.000 pases, un récord, y nos ha quitado la única arma posible del fútbol, la pelota, en el 82% de la refriega.
Se vienen los samuráis y los tanques alemanes. ¡Para ponerse a llorar! Al menos se agradecería un poco de cordura y sensatez, con buena dosis de autocrítica. Para no alargar el ridículo extra-cancha y que los críticos del Mundo nos califiquen con la contundencia del fiel escudero.
“En lo que toca- prosiguió Sancho- a la valentía, cortesía, hazañas y asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones. Unos dicen: “loco, pero gracioso”, otros, “valiente per desgraciado”, otros “cortés pero impertinente” y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a vuestra merced ni a mí nos dejan hueso sano”.