Vamos a empezar a la tica, dándoles la razón a dos posiciones contrapuestas, aunque de inmediato escogeremos un bando: es válido y respetable que el presidente de Saprissa, Roberto Artavia, aspire al puesto vacante en el Comité Ejecutivo de la Fedefútbol. Y también es válido y respetable que el jerarca del fútbol playa, Stewart Gómez, aspire a ese mismo cargo.
Ahora sí, al agua: Roberto Artavia debe ser el elegido para el cargo el próximo 21 de abril. Por currículum suyo y del equipo que representa, a los asambleístas de la Federación se les presenta una decisión que, en teoría, no tendría que representar mayor misterio.
Artavia es un reconocido consultor internacional y su CV da para reventar el LinkedIn: doctor en Harvard, exrector del INCAE, especialista en estrategia empresarial y desarrollo sostenible, vinculado a grandes firmas y proyectos transnacionales.
Aterrizó en el fútbol después de acumular décadas de experiencia en las grandes ligas del mundo corporativo. Aunque en realidad, ya había tenido contacto al más alto nivel con la propia Fedefútbol, pues hace pocos años lideró el grupo que diseñó el Plan Estratégico quinquenal.
De Stewart Gómez, se conoce su trabajo en el fútbol playa, una de las ligas de menor impacto que integran la Federación. En el 2024, el Comité de Ética de la propia Fedefútbol emitió una sanción en su contra por presuntos manejos irregulares de dinero en una gira de la Selección de Playa en El Salvador.
Gómez refutó las acusaciones y, en una reciente entrevista con La Nación, explicó que no hizo nada incorrecto, que debió reaccionar rápido para atender necesidades de la Selección en el momento -dentro de las particularidades de la pandemia- y que todo se debía a una puja política para apartarlo. Cada vez que por propósitos informativos consideremos necesario recordar el antecedente de ese castigo, reproduciremos también el descargo de don Stewart, como corresponde.
Por la figura de Roberto Artavia, por la entidad que representa, y -dicho sea con todo respeto- al compararlo con las credenciales de su oponente, parece increíble que sea necesaria una elección. No se trata de darle a Saprissa un puesto porque sí; se trata de reconocer trayectorias tanto del equipo como de la persona.
Roberto Artavia no tendría que estar aspirando a un puesto en la Federación; es este deporte en pleno el que debería estarle pidiendo que por favor ponga su experiencia y talento al servicio del fútbol nacional.
Sin embargo, al parecer, se están tejiendo alianzas tempraneras de cara a la elección de todo el Comité Ejecutivo de la Fedefútbol, prevista para agosto del 2027. Solo así se explica que, ante la disparidad de las candidaturas, todavía haya duda de quién será el elegido.
Ojalá los asambleístas tomen su decisión basados en el currículum personal y el peso de las instituciones que respaldan a los dos aspirantes. Resultaría terrible para el fútbol nacional votar por cálculo político. Además, sería un reprochable acto de incoherencia que respetables dirigentes critiquen esas prácticas en público y las apliquen en privado.
