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Andrea Vargas, el ángel de las vallas

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Un mediodía de esta semana en Guanacaste, mientras releía a la sombra de un almendro Cien Años de Soledad, pasó un animal prehistórico que no supe distinguir entre garrobo o iguana. Yo sentí que el reptil me había saludado a dos metros de donde me hallaba. Entonces, imbuido en el relato de los fierros imantados del gitano Melquiades, con los que José Arcadio Buendía ambicionaba extraer todo el oro de la tierra, me dio por relacionar una cosa con la otra, como si la gigantesca lagartija se hubiera escapado de las páginas de la novela.








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