
“¿Viste el gol de Messi?”, me preguntó Víctor Ramírez, al final de la tarde del viernes en su oficina, mientras un violento aguacero reiteraba sobre el zinc su interminable precipitación de invierno y nostalgia.
“¡Claro, fue una genialidad!”, respondí. “Más que genialidad, ¡trabajo!”, replicó Víctor, cineasta, publicista y analista político.
“Lo que vimos en televisión no es más que el resultado de muchas horas de práctica, de la soledad de un muchacho en un estadio vacío, concentrado en el duro entrenamiento, ajeno al aplauso, al clamor de la multitud.
“Es el valor del esfuerzo, de la disciplina, de la constancia y, por supuesto, la evidencia de un hombre tocado por la magia”, añadió.
Un hombre tocado por la magia, es cierto. Pero, ¡cuánto afán por invocarla! Recordemos. Argentina vencía a México por la mínima en la semifinal de la Copa América. Era un juego muy cerrado. De pronto, Messi notó que el arquero Oswaldo Sánchez estaba salido y le globeó el balón, que aterrizó en el fondo de los cordeles. ¡Gestación y golazo!
Inquieto y sereno a la vez, con un énfasis verbal que acentúa el movimiento de sus manos, Víctor Ramírez es un juicioso observador de la conducta de los individuos.
Es, quizás, el intelectual que más ha profundizado en la dimensión humana y política de José Figueres Ferrer, el forjador de la Segunda República. Pero, también suele aderezar su picante conversación con tópicos futboleros.
Solo así. El golazo de Messi le sirvió a mi amigo Víctor para reiterar un principio universal. Que solo con afán y disciplina se alcanzan los frutos; que las obras de los grandes y la magia de los iluminados no son producto de la casualidad, sino de la transpiración.
“También cuenta la inspiración. Pero si te llega, que te agarre trabajando”, acostumbra repetir.
Más tarde, mientras conducía mi vehículo y las escobillas barrían los trazos de lluvia que aún resbalaban por el parabrisas, reparé en la soledad del creador. Y evoqué a tantos (deportistas o no) que se han forjado en el silencio.
Pensé en Rafael Ángel Pérez y en su calvario previo al triunfo de San Silvestre; en María del Milagro, en Sylvia, en Claudia; en Erick Zumbado, solos en madrugadas frías de gimnasio y piscina...
Y al relacionar, precisamente, a don Pepe con la lluvia, recordé un pensamiento suyo en los años 40, cuando vivía, frugal y humildemente, en La lucha sin fin : “Un techo donde no haya que estarse corriendo para evitar las goteras, ¡ah!, es ya una gran comodidad”.