Aún recuerda el planché y la pared de cemento en San Francisco de Calle Blancos. Le pegaba al balón con su pierna derecha y rebotaba en el muro hasta caer de nuevo en sus pies.
Jugaba con sus amigos a pegar la pelota en la pared a un solo toque. Y la llegaba más lejos que el resto. Al final, llegó tan largo que cruzó 15.697 kms para caer en Australia, en un trayecto con rebotes en Alemania (en un mundial) e India, hasta rodar y detenerse en el Puerto.
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En Puntarenas dejará de rodar el balón para Carlos El Zorro Hernández. Con 18 años de carrera, 38 de edad, más de 50 cañonazos que terminaron en la red, y un sin fin de historias, el hoy veterano jugador alista su última andadura, al lado de su amigo y excompañero Luis Diego Arnáez, quien le pidió que lo ayudara a ascender al equipo porteño.
El Zorro pospuso un retiro que parecía inminente. Después de abandonar Liberia movió sus contactos en busca de un nuevo destino, pero no consiguió colocarse en el fútbol de Primera. También lo intentó en la segunda categoría de Australia, sin encontrar respuesta.
Será en Puntarenas en donde ajuste la mira y gaste sus últimos balazos. Con un futuro estable, sin tantas congojas, el Zorro solo quiere disfrutar.
Muy lejos quedaron las penurias de sus comienzos, cuando lavaba carros y hacía de ‘guachimán’ para pagar los pases de bus que le permitían asistir a las prácticas.
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“Salía tallado”, recuerda. Una parte del dinero iba directo a la buchaca de su madre, quien tenía que darle de comer a él y a sus ocho hermanos; la otra tajada apenas si alcanzaba para pagar el trayecto de ida y vuelta a Alajuela.
A duras penas se sostenía financieramente, hasta que consiguió dar el salto a la división de honor. Ya en la Liga se proyectó para conseguir su primer contrato afuera con el Melbourne Victory de Australia, el club que le permite vivir tranquilo hoy en día.
El Zorro le debe su estabilidad financiera a los seis años que jugó en la tierra de los canguros. Aun cuando vivió un divorcio que golpeó sus finanzas, al final ganó el dinero suficiente para construir su casa, unos apartamentos y darse algunos ‘gustos’, como un buen carro.
La idea de volver al trajín del entrenamiento diario y el estrés mediático no le seduce. Prefiere disfrutar sus últimos días de fútbol y después hacer otra cosa, hasta que alcance el dinero.
"Ser técnico sería volver a lo mismo. A estar presionado, a estar concentrado, a ir hoteles y levantarse temprano. Quiero salir un poco de la rutina", explicó El Zorro.

La despedida. Desde su regreso al fútbol tico, Hernández ha anhelado jugar un semestre en la Liga para despedirse con el mismo club con el que se formó y jugó la mayoría de su carrera.
Probablemente no lo hará y así lo reconoce. Con los años aprendió que una carrera prolífera vale el doble que una despedida emotiva. El zorro gritó, lloró, se comió goles, los celebró, fue a un mundial, jugó y ahora le toca pensar en la antítesis de lo que abundó en su carrera.
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Le toca pensar en el descanso, la tranquilidad, llevar las cosas con calma y disfrutar de los pequeños detalles, que a veces pueden igualar la felicidad de celebrar un gol a estadio lleno.
Con el retiro tan cerca, el Zorro disfruta de todos los flashazos que guarda de su pasado. En la calle le recuerdan a menudo el gol que le anotó a Estados Unidos en la eliminatoria y le permitió a la Sele sellar el boleto al Mundial de Alemania en el 2006.
En el Mundial no pudo ser titular, pese a que jugó desde el arranque en todos los juegos de preparación. A última hora, Alexandre Guimaraes lo mandó al banquillo.
De su paso por Alajuelense todavía palpita con un gol que le anotó a Herediano en el tiempo de reposición, en el segundo tiempo extra de una serie semifinal.
Un ‘zapatazo’ cuando ya la gasolina se había acabado.
Y los títulos... tres con la Liga y varios con el Mellbourne, además de un gol frente a la Juventus de Turín en un juego amistoso que también es parte de sus ‘trofeos’ mejor guardados.
