En realidad no se apeó a ningún zopilote, pero pasó al anecdotario como “La jugada del zoncho”. Después de sobrepasar al portero limonense, con la bola picando a un metro del marco, Mauricio Montero le dio un patadón tal que la sacó del estadio.
Al Chunche se le perdonó el gazapo por varias razones. Era un jovencito de 19 años, rudo defensor, acostumbrado a “chollarse las nalgas” para evitar los goles rivales y no a meterlos, y la cancha poeta no era una mesa de billar. Además, la forma jocosa en que la relató, convirtió la escena en un acontecimiento más memorable que el mejor gol del año.
Lo que no es perdonable es ese mal endémico del fútbol local de estar “apeando zonchos”, desinflando nubes, aporreando palos de mango, o provocando goteras en los techos aledaños al estadio, a punta de bolazos que deberían terminar en las redes.
Los que siguen a equipos como Saprissa, La Liga o Heredia, que normalmente llevan el peso ofensivo, saben de qué escribo. Ellos sufren no por el asedio de los rivales sino por la inoperancia de sus delanteros para traducir en goles el dominio. Una y otra vez, el remate va a los palos, al portero, al árbol, al techo, a la nube o al pobre zoncho que sale a pasear con su traje negro de domingo.
El técnico y los aficionados son quienes sufren. El primero porque no encuentra palabras para explicar lo que los segundos preguntan: ¿qué diablos pasan haciendo toda la semana esos jugadores incapaces de meter un gol ni con el marco vacío?
Se preguntan: ¿Cómo es que ganan millones solo por jugar y a la hora de rendir el examen, se van con un cero en su hoja goleadora?
Y lo peor. El rival, que se defiende 80 minutos, con un par de contragolpes se lleva uno o los tres puntos. Para mayor dolor, el gol lo mete el “ex”, el que antes pateaba con los zapatos al revés o no era capaz de anotarle ni al arcoíris.
El fútbol tico ha ganado en dinámica, trabajo táctico y físico. Pero sigue siendo de potrero en el plano ofensivo.
Si las llegadas al marco rival se tradujeran en un 30 por ciento de efectividad, los fanáticos vivirían una permanente fiesta y los técnicos de los cuadros “chicos” tendrían que usar el ingenio para encontrar fórmulas de contención.
Pero normalmente son juegos del gato y el ratón. Un dominio avasallador pero inofensivo. El gato, casi siempre, se amarra las botas al revés.