José Pablo Alfaro Rojas. 21 noviembre

El bus guarda silencio y el camino se hace eterno. Paolo Jiménez se sienta en el último asiento, mira por la ventana y no logra conciliar el sueño. Puede que haya jugado su último partido en la máxima categoría, sería un final algo triste para el niño que tocó por primera vez la grama del Fello Meza a los 9 años, cuando un vecino lo matriculó en la escuela de fútbol del club.

El retiro prematuro es lo de menos. Ya había decidido con antelación que si Cartaginés no le renueva su contrato, igual se marchará como brumoso. A Paolo le preocupa más ver el rostro de su hijo, impotente ante la nueva eliminación de su padre.

Paolo bajó del bus y se lo topó de frente. Ninguno supo qué decir, solo se abrazaron.

"Ese bus era un cementerio", confiesa Jiménez, todavía dolido.

Jiménez no puede esconder el trago amargo de la eliminación, cuando San Carlos anotó un gol en la última jugada y lo eliminó del torneo. Fotografía: José Cordero.
Jiménez no puede esconder el trago amargo de la eliminación, cuando San Carlos anotó un gol en la última jugada y lo eliminó del torneo. Fotografía: José Cordero.

El veterano blanquiazul llega a su casa y se recuesta sobre el respaldar de la cama. Sufre de insomnio. La falta de sueño se mezcla con los pensamientos masoquistas, “¿qué habría pasado si se gana aquel partido, o si hago aquel pase?”. La culpa es inevitable.

Le frustra pensar que perdió otra oportunidad de hacer historia; puede que sea la última.

Cuando debutó con Cartaginés, hace ya 18 años, soñaba con que, al final de su carrera, una gradería exhibiera una placa con su nombre.

Después de 10 torneos consecutivos sin clasificar, el presente es como un reloj de arena; se mueve lento, pero no se detiene. Ya falta poco para que llegue a su final.

A sus 36 años, Paolo sabe que esa placa no llevará su nombre hasta que levante la copa.

Hasta hace unas horas, no lo veía tan lejano. Soñaba con vencer a Limón y que San Carlos tropezara frente a Guadalupe. Imaginaba el recibimiento de la feligresía brumosa en la llegada del autobús, extasiados con una clasificación soñada. Adiós a la maldición, pensaba.

Cuando concluyó el partido en el Ébal Rodríguez y aguardaban el pitazo en Guadalupe, Jiménez reunió a sus compañeros en el centro del campo y algunos se arrodillaron, un evidente simbolismo: si ganamos, ganamos todos; si perdemos, perdemos todos.

Tropezaron, de nuevo.

Ya en el vestuario se hizo una oración; agradecieron por un año intenso y de pocas lesiones graves. Luego tomó la palabra Hernán Medford, que intentó consolar al grupo con un agradecimiento por el esfuerzo y la victoria en el Caribe.

Jean Scott no puede creer que Cartaginés haya quedado fuera. Fotografía: José Cordero.
Jean Scott no puede creer que Cartaginés haya quedado fuera. Fotografía: José Cordero.

Paolo subió al bus, se sentó en el último asiento, llegó a su casa, durmió poco y este jueves a las 8 a. m. estaba en el estadio Fello Meza, el último día antes de salir a vacaciones.

Luego deberá negociar su continuidad con la dirigencia; él quiere jugar un año más.

Jiménez siente doble culpa: la impotencia del aficionado y la vergüenza del futbolista.

“Soy aficionado a Cartaginés y por eso siento la frustración de la grada, pero todavía lo vivo con más intensidad, porque también soy jugador y sé que es mi responsabilidad”, reconoce.