Que el fútbol es un negocio lo sabemos todos. Pero para los aficionados, no es cuestión de saberlo.
El corazón del seguidor futbolero no entiende razones y así como lo entrega solo a unos colores, adora a los fieles que se ponen la camiseta de su divisa para toda la vida.
Lo malo para él es que los fieles se extinguieron o, mejor dicho, los acabó el meteorito del fútbol profesional.
Desde entonces cualquier beso al escudo puede ser el último, para una semana después, intentar enamorar a otra afición con la misma boca pero en diferente escudo. Está bien que la oferta y la demanda lo cambien de estadio, pero para el fanático está muy mal esa declaración de amor eterno que recuerda al Judas de las 30 monedas.
A nadie se puede reprochar por cambiar de trabajo en busca de mejoría. Todos lo hemos hecho. Pero el respeto por la empresa, al compañero y al jefe no pasa por andar en la solapa un pin de “Yo amo este trabajo”. No. Solamente hay que hacerlo de la mejor manera posible.
Máxime si el trabajo del hombre que juega al futbol arrastra pasiones de todo tipo, algunas normales y otras para tocar la puerta del manicomio. A uno de esos jornaleros de la pelota hoy lo pueden recibir como al Mesías y mañana como a un simple traidor, un ladrón de sentimientos o un pesetero de poca monta.
Así que si un futbolista no está dispuesto a sacrificar hasta la economía de su familia por un equipo (que no tiene por qué hacerlo), lo más honesto de su trabajo será jugar con la misma pasión que si nunca fuese a cambiar de camiseta. Lo demás sobra. Los besos, con más razón.
El “me quiero retirar en este equipo” no puede convertirse en un estribillo para enamorar a la grada mientras se acaba el contrato. Porque el aficionado profesa un amor eterno por esa camiseta y tal sentimiento merece el mayor respeto de todo quien llegue a ponérsela.
El negocio y la pasión pueden convivir sanamente. Dejar el recuerdo de faenas grandes, y no de besos falsos, vacuna al futbolista y al fanático contra los divorcios escandalosos.