El año es 1977. Saprissa y Cartaginés disputan la gran final. Sería el sexto título del glorioso hexacampeonato morado. Un jugador cartaginés ve al portero Marco Rojas adelantado. Lo baña con un globito, una de esas vaselinas que por su nombre sugieren algo inocuo, pero que son una puñalada al corazón de cualquier equipo. Vi el balón proyectado por el atacante, y me dije: “Ni modo: gol de Cartago”. A menos de que se modificaran los postulados de la geometría euclidiana, y se refutara la física einsteniana y sus complejas ecuaciones sobre el espacio-tiempo, aquel insidioso disparo cóncavo, parabólico, hipócritamente inofensivo, sería gol. Su autor comenzó a celebrarlo. Su afición seguía, extática, el curvilíneo decurso de la pelota, en cámara lenta…
Para estupor de todos, Marco Rojas recula dos pasos, y luego se lanza hacia atrás, queda suspendido horizontal en el espacio… realiza un giro inexplicable, y a mano cambiada, con la punta de la uñas, desvía el balón sobre el larguero. Fue una imagen para la eternidad, una visión que atesoro. Una parada tan impensable, sobrehumana y mítica como aquella con que Gordon Banks aborta el gol de cabeza de Pelé, en el partido Brasil-Inglaterra del mundial 1970.
Marco Rojas debe ser consagrado en el Salón de la Fama del Deporte Costarricense. Se lo merece a cantaradas. Fue declarado por el saprissismo el mejor portero en la historia del equipo. Con un 33% de los votos, muy por encima de Keylor Navas y el Flaco Pérez. Recojan firmas, y envíen a quien corresponda una petición para que se le rinda este homenaje. Designen un comité abocado a esta misión. Y háganlo ya, cuando, con 66 años de edad, es aún un hombre joven. No esperen a que tenga 95 y se encuentre en estado comatoso, in articulo mortis. ¡Qué gran caballero, qué aristócrata, qué príncipe, qué cultura, que don de gentes, qué carisma, qué clase la de este inmenso deportista y mejor ser humano!