Es un hombre al que aprecio, y su gestión al frente del Team suscita mi respeto. Pero su personalidad ilustra perfectamente ese tipo de narcisismo “a la inversa”, de narcisismo “simétrico” que consiste en disfrutar siendo odiado universalmente. No es menos reprensible, viscoso y patológico que el narcisismo consistente en pretender ser amado universalmente: son anverso y reverso del mismo síndrome. “Puesto que no puedo ser universalmente amado, seré universalmente odiado, y reinaré por el terror”. Era la psicología de Herodes, de Nerón, de todos los sátrapas que el mundo ha conocido. Pero Jafet no es un sátrapa, es un buen hombre, y creo que su problema no procede de una vanidad hipertrófica, sino más bien de su altísimo nivel de calorías emocionales.
Jafet ha logrado solito la proeza de hacerse odiar por los saprissistas, execrar por los liguistas, detestar por los cartagineses, y aborrecer por los sancarleños. ¡Vaya hazaña! ¡Hay que trabajar sistemática y disciplinadamente para lograr tan épica gesta! Y como si eso fuera poco, ha conseguido indisponer en su contra a toda la comunidad arbitral del país con sus constantes reparos y sus quejas que, a estas altura del juego, son ya un elemento constitutivo del espectáculo: la gente va a ver jugar a Herediano para disfrutar del partido y de la posterior rabieta de Jafet.
El problema es que esto perjudica a su equipo. La bilis y el jugo pancreático de su entrenador impregnan de su ácido tufo la totalidad del plantel. El Team termina pagando un alto precio en términos de popularidad gracias al eterno, desgarrador, lamentoso, gimiente llanto de Jafet. Llanto de Magdalena, de la Llorona, de María Callas, de la actriz Sarah Bernhardt, de desenlace operático de Puccini, de Libertad Lamarque cantando sus siempre lacerantes baladas. Cuidado amigo: no se convierta en una caricatura de sí mismo. Una cura de sobriedad y serenidad le caería bien.
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