Amado Hidalgo. 27 marzo

Todos los actores en el fútbol debemos entender el peso y el valor de la crítica. De lo contrario, el hígado o el corazón nos van a pasar factura a la vuelta de la esquina. O, mejor, nos dedicamos a otra cosa.

Es cierto que estamos ante una época difícil para el futbolista, entrenador o dirigente. Le toca lidiar con el juicio de los periodistas y de quienes ejecutan ese linchamiento público en las redes sociales, donde todos somos víctimas del irrespeto, la descalificación y todo tipo de palabrotas.

Es fácil entonces, que un jugador, acosado por las críticas, los memes y “la chota” en el ciberespacio, estalle en un momento de frustración contra un periodista, ya que no puede hacerlo contra decenas de anónimos detractores, ocultos bajo seudónimos o arropados por la camiseta del fanatismo y el odio del “anti”.

Como reproché la actitud de Jafet Soto contra un periodista de Repretel, hoy toca hacerlo con Marco Ureña y su episodio, ante cámaras y micrófonos, cuestionando a un comunicador y su medio, con calificativos que son intolerables.

Aun si el futbolista manudo estuviese convencido de que la crítica en su contra o hacia la Liga ha sido injusta. Ni siquiera eso le da el derecho a “basurear” a quien ejerce la tarea de juzgarlo por su trabajo en la cancha. Al menos no en la forma y el momento en que lo ha hecho.

Todos somos sujetos del error. El jugador en la cancha, el técnico en el banquillo, el dirigente en su escritorio y el periodista ante el micrófono o su computadora. Al reportero lo juzga y lo condena o absuelve el lector, el oyente, la masa consumidora, que de vez en cuando lo aplaude y casi siempre lo lincha, sin tener por eso derecho a devolver el insulto en redes sociales o a librar batallas contra esos molinos de viento.

Si el periodista no es capaz de convivir con esos cientos de críticos cibernautas, debe cambiar de profesión. Lo mismo hay que decir del actor, futbolista-entrenador-directivo. Imagínense lo aburrido e inútil de una prensa que, al unísono, pregone solo bellezas, elogios y hazañas, ocultando los errores, desaciertos o tropiezos.

La intolerancia a la crítica denota falta de inteligencia emocional de alguien que escogió un trabajo donde él es escaparate, pues vive de vender ilusiones y jugar con las emociones de los demás. El crítico es su complemento, para bien o para mal.

Lo que no parece conveniente es que el comunicador de profesión caiga en la trampa y el exceso de convertir las redes sociales en una extensión de su trabajo. Suficiente poder da el micrófono o la cámara como para “tuitear” o usar otros medios de interacción, abiertos al público, con el fin de pregonar sus posiciones personales. Eso ya es jugar con fuego.