"Hasta que al fin me van a realizar una resonancia en la Liga, así podré ver qué tengo”, confiesa Marco Ureña, notablemente molesto luego de sufrir otra lesión. Regresó a las canchas después de padecer un tirón en la zona posterior del muslo derecho, y salió como relevo.
El discurso del delantero evidencia una molestia, dirigida hacia la Liga, y al mismo tiempo abre una interrogante: ¿si al delantero erizo y a los otros lesionados de la Liga se les hubiera realizado una resonancia magnética, habrían disminuido las lesiones y las recaídas?
No necesariamente. La Nación se lo consultó a los doctores Carlos Palavicini y Willy Gálvez, quienes explicaron el proceso completo que se necesita para que un futbolista vuelva a jugar, desde el día en que se lesiona, hasta el diagnóstico requerido de acuerdo a la lesión.
En primera instancia, es importante entender que el médico deportivo evalúa el tipo de examen que precisa el futbolista, según la zona de la lesión. Se le puede realizar una radiografía, un ultrasonido, una resonancia magnética o una miniartroscopía diagnóstica.
La exactitud de cada examen varía, pero ninguno sustituye lo que el médico examina previamente al determinar el tipo de dolencia.
El ultrasonido es muy efectivo en lesiones musculares o tendinosas, como tendón de Aquiles o pubalgia, por ejemplo.
En cambio, la resonancia resulta mejor para dolencias articulares en la rodilla, hombro, tobillo o cadera. En caso de una fractura por estrés, puede funcionar un TAC.
Palavicini explicó que “la resonancia es una técnica muy interesante porque se pueden ver las estructuras por dentro, de forma que se va interpretando lo que se ve en las imágenes. Se puede saber si existe lesión de menisco, de ligamento o si no hay nada”.
Gálvez recalcó que la ciencia médica no depende de un examen. Lo que quiere decir que primero se definen los síntomas del jugador, luego se elabora un diagnóstico y, si es necesario, se elige el método requerido para confirmar o detallar adónde está la molestia.
“Es muy atrevido que Ureña diga, ‘mándeme la resonancia para ver lo que tengo’. Primero toca decir qué es lo que piensa el médico”, indicó Gálvez, quien explicó que aún después de realizarla y de que el jugador se recupere, tiene un 20% de probabilidades de recaer de su lesión.
El delantero mencionó que durante la semana previa al nuevo resentimiento, que se produjo durante el cotejo ante Herediano, no sufrió ninguna molestia. Es decir, después de una semana de actividad física todo parecía estar correctamente.
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Para este tipo de casos se recomienda la presencia de un readaptador físico, que es un especialista (a veces médico o en otros casos fisioterapeuta) que se encarga de planificar el regreso del jugador a las canchas. Esto evita la subjetividad del futbolista que, por ansiedad u otros motivos, dijo que ya 'está bien', cuando en realidad le falta tiempo para recuperarse.
Ahora bien, Palavicini recalcó que para lesiones de rodilla o tobillo, la resonancia brinda un resultado más exacto. Realizar este examen cuesta entre $300 (¢183.000) y $400 (¢244.000).
Es habitual que el jugador empiece a trotar y a realizar algunos ejercicios básicos cuando la cicatrización está muy avanzada.
Otros casos. Ureña también se refirió a las lesiones de otros futbolistas del equipo.
"Ya ellos saben, no es un tema de Marco, es Róger (Rojas), es Kenner (Gutiérrez) por ejemplo, es (Allan) Miranda que viene de una molestia, todos los lesionados que hemos tenido, es algo preocupante que no es que hay que decirle al presidente, es que él tiene que darse cuenta y a ver qué va a pasar con la parte de nosotros", manifestó.
Aunque parezcan casos fortuitos, Gálvez detalló que existe un estudio de FIFA que demuestra un aumento en el número de lesiones de los equipos cuando se produce un cambio de técnico.
Variar la metodología de entrenamiento afecta directamente a los jugadores, que estaban acostumbrados a trabajar de otra manera y, habitualmente, con otro preparador físico.
También hay un 20% de probabilidades de recaer de una lesión, recalcó Gálvez.
Palavicini añadió que después de mes y medio de inactividad, el jugador pierde condición física, lo que posteriormente resiente al regresar a la cancha para un partido profesional.
Esto al final aumenta el riesgo de que recaiga de su lesión.
