Álvaro Torres recibió su carné de socio de la Liga en quinto grado de la escuela, hace 76 años. Se crió mirando una escena: Su padre, el exjugador Carlos Torres, acompañando en ataque a Alejandro Morera Soto y a Salvador Soto El Indio Buroy, dos ídolos históricos.
En esa época, Alajuelense lanzó un sistema de socios juveniles y su progenitor, que además de futbolista era directivo, no dudó en afiliar a su hijo pagando 50 céntimos.
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A sus 85 años, don Álvaro vive a 600 metros del Estadio Alejandro Morera Soto, quien fue un buen amigo para su padre y al mismo tiempo familiar de su madre. Un escenario que conoció cuando el club recién compró el terreno y colocó las primeras latas.

Quizás, por eso es inevitable que en la familia de don Álvaro, el socio más antiguo del club, se mantenga la regla que instauró su mamá: "Aquí el familiar que es saprissista no entra en la casa".
Con la ayuda del departamento de comunicación de Alajuelense, La Nación contactó a don Álvaro, rojinegro desde las entrañas y hasta que "Dios dé vida".
Este acérrimo seguidor manudo tiene rituales que ha mantenido a lo largo de su vida.
Por ejemplo, cuando la Liga pierde un clásico, se pone la camiseta manuda y sale a la calle. Desde la percepción de este aficionado, es un símbolo de que aún en las malas hay liguistas.
Es la misma razón por la que afirma que puede faltar al estadio, pero no a las reuniones de socios de cada diciembre, en donde se toman las decisiones más importantes de la institución.
Todavía recuerda con cariño cuando caminaba por la calle que colinda con el Morera Soto, cuando el reducto era solo un proyecto en construcción, con una pequeña gradería de madera.
Dejó en el pasado las épocas en las que, siendo un joven fanático, defendía al club hasta a los golpes. Hoy vive el fútbol con más tranquilidad, pero la misma pasión.
En su memoria guarda un partido en especial, un clásico en 1951 que Saprissa ganaba 1 por 0, proclamándose campeón, pero en la última jugada la Liga consiguió el empate y se dejó el título.

"Me acuerdo haber visto la banca del Saprissa pegando brincos en el planché del Nacional, celebrando. Y en un contragolpe, después de tres conas seguidas, Édgar Núñez le metió el bombazo. Ese tiro fue el empate y terminó el partido", cuenta Torres.
Después de algún tiempo desanimado, don Álvaro Torres vive el clásico del domingo con ilusión, a la espera de un 3 por 0 a favor de los rojinegros que los coloque como líderes solitarios del certamen.
"La Liga tiene un equipo muy bueno, con una base de hondureños, que no se arrugan. También me gusta José Miguel Cubero. Desde que supe que era de Valverde Vega sentí que podía jugar en la Liga y hacerlo bien", asegura.
Al estadio asiste con una gorra rojo y negra y en ocasiones se pone la camiseta del club. Le gusta caminar al reducto y devolverse a su casa.
Recuerda con especial aprecio al lateral Erick Molina, un futbolista de antaño a quien considera brillante.
Y guarda un recuerdo que le eriza la piel aún hoy en día: El empate de la Liga frente a Boca Júniors de Argentina, en un amistoso disputado en 1950, que finalizó 1-1.
"Es el partido más bonito que vi en toda mi vida", concluyó.
