Roberto García H.. 4 agosto, 2008
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Heredia. Según rezan los viejos códigos, un equipo se construye de atrás hacia delante. Entonces, Alajuelense va por buen camino.

Un ágil arquero; una defensa coordinada en la línea de cuatro; dos cortadores insignes y un mediocampo con el toque y las neuronas de Eliseo Quintanilla, son los haberes que conjugó el conjunto de Marcelo Herrera para edificar una clara victoria.

Las luces manudas se opacaron en la delantera, donde Windell Gabriel y Jean Carlo Solórzano se mostraron más bien como un par de artilleros sin municiones.

Entonces, como conclusión básica, se deduce que la Liga va bien, pero, atención, que el proyecto es solo una fase en ciernes.

La faena fue rojinegra. Y el ajedrez del sudor, ese duelo mental que se libra en el pequeño redil que la pintura blanca define para los estrategas, lo ganó ayer Herrera, el debutante argentino.

El guion de Paulo Wanchope se atascó en la duda, al no atinar a corregir las líneas torcidas que hacían ver la tempranera orfandad de Cristian Blanco en el sector de la creación, víctima propiciatoria del rigor y de la estatura de los artífices del gran círculo.

Ayer tuvimos la grata ocasión de presenciar un buen partido, con la tribuna al tope y la parroquia del entusiasmo; rojiamarilla de pasión; rojinegra en el grito.

Por qué sí. El dibujo estratégico de Marcelo Herrera definió con nitidez la coordinación de su línea de cuatro, Myrie, Nassar, Montero y Castro, con la eficaz tarea de escoba que adoptaron Cristian Oviedo y Ariel Rodríguez.

Eliseo Quintanilla cobró un tiro libre desde el costado derecho. El balón bien dirigido encontró la testa de Pablo Nassar y el capitán hundió el primer dardo (12’).

Y al 32’, el fantasma del error se asomó otra vez al espejo. Quintanilla envió de nuevo el balón al caldero. Saltó el capitán para repetir y hundir la daga, tras la salida errática del guardameta.

Línea de cuatro al centímetro; contención y enlace; un arquitecto, un buen capitán. Los apuntes apresurados en la libreta del primer tiempo sirvieron para verificar y crecer en la fase complementaria.

Aún más, en esta etapa, la Liga no se aminaló ni siquiera tras la inyección de adrenalina que impulsó a los locales tras el entretiempo.

Con más garra que ideas, Herediano avanzó y acortó luego de que Kenneth Vargas capitalizó un error garrafal de Montero (52’).

Mas, la mejor de las cuatro anotaciones fue la de Cristian Oviedo. Localizó un balón suelto fuera del área y despidió un trallazo. Ricardo fue estatua y drama, al 68’.

Por qué no. “Es inaceptable que nos hagan dos goles como los primeros”, manifestó Paulo Wanchope al final del encuentro.

Saco gris, sin ocultar su serena tristeza, el manejador local expuso sus conclusiones; eso sí, sin reconocer la superioridad del adversario.

Si Jafet Soto tenía que ingresar a resolver la falta de creación, su permuta no debió producirse por Cristian Blanco, a quien, en buena teoría, más bien tenía que respaldar.

Quien debió salir era uno de los dos hombres de contención, un escudo de más e innecesario, cuando atacar era el imperativo florense.

El ajedrez del sudor lo ganó ayer el guion nítido de un Popeye extranjero, contra la letra insegura del pensador de ébano.