Antonio Alfaro. 27 febrero

Es justo abrir con una realidad indiscutible: América es, por mucho, mejor equipo.

Las Águilas juegan un fútbol más dinámico, rápido en el ida y vuelta, más técnico, más preciso para el toque de primera o el pase profundo.

Sus jugadores son más completos, mejor preparados para el defensa-ataque y el ataque-defensa, así el delantero como el zaguero. En Saprissa, en tanto, fácilmente encontramos figuras desequilibrantes hacia el marco de enfrente con pocas herramientas cuando el rival tiene la pelota.

No se nota en el campeonato nacional, donde los Venegas, Bolaños, Torres o Angulos se abalanzan sobre la mayoría de rivales, pero la falencia es irrefutable, innegable, evidente cuando el cuadro rival tiene la capacidad (como explicó su técnico, el Piojo Herrera) de competir en fichajes con el mercado europeo.

Entonces, no alcanza el pundonor, sin duda presente ante el América. De eso no es culpable Vladimir Quesada.

Todos de acuerdo en lo anterior, vayamos al pecado capital del técnico saprissista: no haber dimensionado la diferencia entre su equipo y el de Herrera.

Solo así entendería el intento por jugar de tú a tú, como si enfrente estuviera Grecia, quizás envalentonados por la afición, el ¡sí se puede! interno y la esperanza de un ataque reforzado con legionarios repatriados.

¿Qué importaba defenderse en casa, dejar el ego en el cajón de reciclaje, plantarse, apostar a la salida en velocidad?

Vladimir Quesada, como muchos aficionados, no adivinó que la diferencia mandaba enconcharse. Después, una vez evidente el poderío rival, con el 2 a 0 en 35 minutos, tampoco logró que su equipo cerrara los portillos. Saprissa parecía seguir pensando en el marco de enfrente, como manda su estirpe, como manda la Cueva, como manda la S en el pecho, sin darse por enterado de los goles venideros en la meta propia. Me atrevería a apostar que en México no le pasa lo mismo.